Autor: Ramírez, Pedro J.. 
   España y los árabes     
 
 Diario 16.    22/06/1981.  Páginas: 1. Párrafos: 26. 

Diario 16/22-junio-81

PEDRO J. RAMÍREZ*

España y los árabes

EL comunicado de la Oficina de Información Diplomática, que hace unos días subrayó el fin de la visita

de Jaled de Saudia, es un documento escandalosamente ingenuo en el que España hace suyas de forma

indiscriminada las posiciones de los árabes ante los principales apartados del cada vez más complejo

conflicto de Oriente Medio,

A través de este documento nuestro Gobierno renuncia, de hecho, a diseñar una posición propia ante los

problemas de la zona lo cual es coherente con la tradicional pereza de los hombres de la «carriere»,

asumiendo lisa y llanamente las opiniones interesadas de uno de los litigantes. Como si éste fuera un

juego de buenos y malos, España está con los árabes y punto.

Pérez Llorca viene a pagar así la enorme deuda de gratitud contraída por sus antecesores como

consecuencia del abrumador apoyo del mundo árabe a la causa de la democracia española. Dicho apoyo

incluye campañas tan inolvidables como la Marcha Verde sobre el Sahara; el hostigamiento, captura y a

veces asesinato de nuestros pescadores; las amenazas continuas de Hassan con relación a Ceuta y Melilla;

la invención argelina del problema de Canarias y su grotesca internacionaïización; o por no prolongar

demasiado la lista el eficaz entrenamiento de los terroristas de ETA en campos militares situados en

Argelia, Libia, Líbano y Yemen del Sur.

Puede alegrarse que el comunicado español no va a tener trascendencia de ninguna clase y que se inscribe

mas bien en el etéreo ámbito de la política de gestos. Y éste sí que es un terreno en el que no hemos

cesado de recibir constantes muestras de amistad. Recordemos, por ejemplo, los comentarios despectivos

de Hassan sobre la democracia española delante del Rey y del jefe del Gobierno; la vejatoria antesala de

dos horas a que Gaddafi sometió a don Jum de Borbón, como prólogo a una demencial entrevista, cuando

éste fue enviado a Trípoli en misión oficial; el desconsiderado juego del ratón y el gato que Chadli

empleó con Adolfo Suárez durante su improvisada visita a Argel; o la sensación de ridiculo en que quedó

atrapado el futuro duque cuando sus anfitriones iraquíes lo dejaron tirado en Bagdad, para poder atender a

su viejo amigo el rey de Marruecos que, casualmente, pasaba por allí.

Una ficción política

No me gustaria que tan expresivas pinceladas me llevaran a caer en una trampa equivalente, aunque

opuesta, a la que quiero denunciar. Declararse globalmente a favor o en contra de los árabes es cuando

menos una simplificación imprudente. El mundo árabe es una realidad cultural y religiosa, pero también

una gran ficción política que se esfumaría el mismo día que desapareciera el conflicto con los judíos.

En el propio tema de Oriente Medio una cosa es la fachada y otra los verdaderos intereses de cada estado

de la zona. Los jeques de Riad estarán teóricamente satisfechos con el comunicado del Gobierno español,

pero a la vez son conscientes que nada comprometería tanto la estabilidad de su califato como el

cumplimiento de algunos de los «desiderates» incluidos en el documento.

Para un país que, tras encontrar en el petróleo una portentosa fuente de riqueza, ha encomendado la

protección de su desarrollo a las poderosas alas de los AWCAS norteamericanos, la creación de un estado

palestino de orientación marxista-leninista en el banco occidental del Jordán supondría, por elemplo,

añadir un nuevo foco de contagio a los ya existentes en Libia, Siria o Irak.

Por la misma regla de tres hay que pensar que, más allá de las posiciones oficiales, a los saudies no les

causaría excesiva satisfacción asistir a la anexión siria del Líbano con el concurso de la OLP, que es

exactamente lo que ocurriría si Israel se desentendiera de la guerra civil que asola el hermoso país de los

cedros. Incluso parece legítimo creer que en Riad se habrá respirado con alivio tras el condenable raid

aéreo iaraelí que ha yugulado el poder nuclear de Saddam Hussein, frenando sus ambiciones hegemonicas

en la región.

La muletilla de la tradicional amistad hispano-árabe, utilizada en el tosco comunicado de la OID, es una

de las grandes filfas de ese cervantino retablo de inexistentes maravillas que es nuestra política exterior.

Baste pensar, por ejemplo, dentro de esa misma dinámica de la simplificación, que desde el desastre de

Annual hasta la campaña de Ifni, el único pueblo que durante el siglo XX ha estado en guerra con España

ha sido el pueblo árabe.

El único fundamento cierto de esa .relación diferenciada de España con los árabes no es de índole

histórica, cultural o económica, sino que tiene un triste origen político. Me refiero a la estrategia

empleada por France pata romper el cerco internacional que le vino impuesto por el carácter totalitario de

su régimen. Mientras el mundo libre nos daba ostensiblemente la espalda, España se refugió en todos los

foros internacionales en el lazareto compartido por el feudalismo árabe y las dictaduras latinoamericanas.

Es deprimente que las rémoras del pasado sean invocadas ahora como ejes vertebrales de la proyección en

el mundo de nuestra joven democracia.

La aportación del Rey

Lo antedicho no significa, por supuesto, que la España democrática no aporte al abanico de nuestras

opciones internacionales ninguna relación gratificante con ningún país árabe. La estancia del rey Jaled en

Madrid, símbolo tangible de la estrecha amistad entre la monarquia saudita y la Corona española, indica

todo lo contrario.

Paradójicamente, siendo el nuestro un régimen constitucional en el que el Rey actúa al servicio de la

política exterior del Gobierno y no a la viceversa, el principal y más presentable activo en las relaciones

con los árabes proviene de ía aportación personal de Don Juan Carlos. Nada tendría de extraño que el

gran impacto que su visión de estadista, bonhomia y sentido de la amistad han causado en las cortes de

Amman o Ryad fuera capitalizado en favor de Tos intereses nacionales, sí nuestra diplomacia tuviera

capacidad técnica e imaginación suficiente para ello.

Como por desgracia estas premisas no se cumplen, Don Juan Carlos termina convertido en avanzadilla y

portaestandarte de un ejército poco menos que inexistente. La pobreza de la acción exterior de los

gobiernos de UCD ha ido colocando al Rey durante estos últimos años en más de una situación incómoda

desde la perspectiva constitucional. A menudo se ha pedido de él mucho más de lo que de acuerdo con

sus funciones tendría la obligación de dar, generándose asi una dinámica que, por ejemplo, ha creado en

la opinión pública la idea de que el comercio de petróleo entre España y Arabia es asunto de las

respectivas casas reales y negocio del que podrían intentar beneficiarse avispados cortesanos.

En este contexto se inscribe también el gol informativo que, al amparo de las dificultades de verificación

propias de una calarosa tarde del Corpus, logró colarnos a los medios de difusión españoles la agencia

marroquí MAP. Radio Nacional de España llegó a abrir hasta ocho de sus servicios informativos con la

falsa noticia también DIARIO 16 mordió el anzuelo de que el Rey había hecho unas declaraciones a un

periódico saudí, pronunciándose en contra del reconocimiento de Israel.

Que yo sepa el Ministerio de Asuntos Exteriores no ha hecho gestión alguna para esclarecer un «montaje»

tan dañino para España, habida cuenta que serán muchos lo medios occidentales que habrán recogido la

noticia, distribuida luego por France Press, y no el categórico desmentido de La Zarzuela.

En cualquier caso, España puede sentirse orgullosa de su amistad con la Arabia de Jaied y de Yamani, un

país que trata sinceramente de dar el salto hacia la modernidad, conservando sus tradiciones; un país que

en el seno de la OPEP actúa de barrera de contención frente a quienes ven la relación entre países

productores y países consumidores poco menos que en términos de lucha de clases; un pais que parece

firmemente dispuesto a honrar sus compromisos defensivos con un Occidente a cuya recuperación

económica ha vinculado su propia prosperidad.

Tan positiva valoración no puede hacerse, sin embargo, extensiva a otros vínculos establecidos con el

mundo árabe, como, por ejemplo, los basados en la pueblerina fascinación de Adolfo Suárez por el

sanguinario Saddam Hussein, quien tan pronto como inició su ofensiva expansionista contra la maltrecha

Persia de Jomeini, se apresuró a esgrimir el supuesto apoyo español a su impresentable causa.

Indolencia antijudío

Pero sobre todo nuestras buenas relaciones bilaterales con Arabia Saudi y otros países árabes no deben

empujarnos a mantener la posición indolentemente antiisraelí que se refleja en la declaración de la OÍD.

Al demandar la retirada judía de los territorios ocupados e insistir en el derecho de los palestinos a la

autodeterminación, este documento hace una lectura parcial y tendenciosa de la resolución 242 de las

Naciones Unidas, pues nada añade del principio, también reconocido por la comunidad internacional,

según el cual Israel ha de contar con fronteras seguras.

Es muy fácil hablar desde una poltrona del palacio de Santa Cruz de la devolución de los territorios

conquistados en la Guerra de los Seis Días, con la misma distante tranquilidad con que se podria hablar de

la retrocesión del lejano Sahara. Las cosas cambian cuando uno se da cuenta sobre el terreno de que esos

«territorios ocupados» buena parte de los cuales ya han sido devueltos incluyen también unas colinas a

menos de diez kilómetros de Jerusalén, desde las que la artillería árabe podría jugar al tiro al blanco

contra la Knesset o Parlamento judio.

Es tan grande la simpatía que en Israel se siente hacia lo español, que bastarían unos cuantos meses para

que a partir del establecimiento de relaciones diplomáticas, Tel-Aviv hiciera tabla rasa de todo lo anterior

y nuestro país quedara situado en una inmejorable situación para contribuir activamente a la búsqueda de

una paz global en la zona. Una paz global con la que tan incompatible resulta la enloquecida política

integrista de asentamientos ilegales y bombardeos electoralistas del Gobierno Begin como las vigentes

pretensiones de visionarios como Gaddafi y centuriones nuclearizados como Saddam Hussein de borrar a

Israel, la única democracia en la zona, del mapa torturado de.Oriente Medio.

Sólo por la vía de la negociación podrá alcanzarse esa paz, pues ninguna de las dos superpotencies está

dispuesta a consentir una victoria militar plena de una de las partes. Cuando los acuerdos de Camp David

significaron la irrupción de una cierta esperanza, por muy precaria que fuese, España se desvinculó

groseramente del proceso, impidiendo incluso la parada y fonda en nuestro pais de ese gran ingeniero de

la tolerancia llamado Anuar el Sudat, Era la época en que nuestra política exterior revestía su debilidad de

tercermundismo estúpido.

Ahora que el presidente del Gobierno parece dispuesto a hacer valer los derechos y simultáneamente

honrar los deberes de España como miembro del club de las democracias Ubres, nuestros diplomáticos no

pueden seguir permitiéndose el lujo de alegar, con el penúltimo wnisky entre las manos, que los árabes

son nuestros amigos y que a los judíos ya se les puede caer encima la propia estrella de David.

§ Lo Monarquía de Jaled severía seriamente comprometida, si se cumplieran óiganos de los deseos

«filoárabes» del comunicado final español

 

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