Autor: Herrero y Rodríguez de Miñón, Miguel. 
   Por un Gobierno de legislatura     
 
 Diario 16.    03/06/1977.  Páginas: 1. Párrafos: 8. 

Por un Gobierno de legislatura

Miguel Herrero de Miñón Candidato por Madrid de la Unión del Centro Democrático

Si la Monarquía española ha de ser —y no puede ser otra cosa una "democracia coronada", la futura

Constitución ha de establecer el sistema parlamentario. En efecto, dejando al lado refinamientos teóricos

que sería peligroso ensayar en estos momentos, el parlamentarismo es la única vía para hacer compatible

la esencia irrenunciable de la democracia —el gobierno de la mayoría— con el carácter vitalicio,

hereditario y, por tanto, irresponsable políticamente de la Jefatura del Estado.

La mecánica parlamentaria es sobradamente conocida. No importa; repitámosla una vez más. El pueblo

«elige unas Cortes por sufragio universal; alguno o algunos de los partidos políticos concurrentes a las

elecciones obtienen la mayoría en la Asamblea; el Gobierno se forma en función de esta mayoría, es

solidario con ella y se mantiene en tanto en cuanto cuente con el apoyo de la misma. El Rey, sin duda,

reina porque ejerce una magistratura simbólica de alto valor; porque excepcionalmente ejerce su arbitraje;

porque, en expresión famosa, "es informado, es consultado y puede advertir". Pero el Rey ni gobierna ni,

lo que es más importante, responde de la conducta del Gobierno, puesto que éste no depende de su

confianza, sino de la confianza de la Asamblea. Formalmente se llamará "Gobierno de Su Majestad". (De

hecho —y en algunas monarquías, como Suecia o Japón, de derecho— no se tratará del Gobierno del

Rey, sino del Comité Ejecutivo de la Cámara.

De suyo, el Gobierno parlamentario ha de ser fuerte y estable, puesto que cuenta con la mayoría del

Cuerpo legislativo, algo que no le ocurre necesariamente al presidente de los Estados Unidos.

Ciertamente no han faltado casos que permitan temer lo contrario. Piénsese en la España de los años

treinta, en la Francia de la IV República o en el actual régimen italiano. En todos estos casos, la

inestabilidad gubernamental se debe la factores exógenos a la mecánica parlamentaria, v. gr., el

fraccionamiento de los partidos en Francia e Italia y la inmoderada intervención del poder moderador en

España.

Para corregir estos defectos bastan las fórmulas técnicas de la Constitución. Por ejemplo, Alemania en los

años veinte conoció tantas crisis como España en los años treinta, Francia en los cincuenta e Italia en la

década siguiente. Por EL contrario, bastó introducir entre íos germanos unas nuevas y más adecuadas

normas políticas para remodelar el sistema de partidos y obtener una inigualada estabilidad

gubernamental en la República Federal.

No quiere ello decir que el sistema alemán sea «e1 más idóneo para la futura Constitución española.

Consiste dicho sistema —la moción de censura constructiva— en que Él Canciller (jefe del Gobierno),

elegido por la Dieta (Parlamento) al comienzo de cada legislatura, no puede ser destituido por ésta más

que si la misma asamblea elige, simultáneamente, un nuevo jefe de Gobierno.

En verdad que esta fórmula elimina la composición de "mayorías negativas" capaces de derribar un

equipo gubernamental, pero ineptas para formar otro, como sería, por ejemplo, el caso de una conjunción

entre izquierdas y derechas contra un Gobierno moderado de centro. Sin embargo, la censura constructiva

no elimina la posibilidad, harto viable en unas Cortes muy fragmentadas como lo serán las de este país, de

que se construyan efímeras coaliciones idóneas para dar a luz no menos efímeros gobiernos. La tentación

de acceder al Poder y de presidir un gabinete ministerial, aunque sea durante pocos meses o, incluso,

semanas podría ser demasiado fuerte para bisoños parlamentarios.

Contra este morbo infantil de nuestra democracia, que tan letales efectos puede tener en su desarrollo y

maduración, se impone un remedio tan radical como el peligro que se trata de atajar. Las Cortes se

pensarán muy reposadamente la censura al Gobierno y la correspondiente dimisión de éste si la crisis del

mismo lleva automáticamente aparejada la disolución de la Cámara. Los diputados, siempre refractarios

ante unas elecciones, huirán del riesgo de comparecer ante los electores como frívolos causantes de la

inestabilidad del Gobierno.

A esta fórmula se llama "Gobierno de legislatura". Constituidas las Cortes, se designa un presidente del

Gobierno de acuerdo con la mayoría política de la o las Cámaras, y éste configura y modifica libremente

su equipo ministerial. Las Cortes, censurando o retirando la confianza al presidente, pueden provocar en

cualquier momento su dimisión, de manera que se garantiza plenamente la responsabilidad política del

Poder ante la Cámara. Pero si la censura se produce y el Gobierno dimite, las Cortes también se

Disuelven y todos, gobernantes y diputados, comparecen ante los electores. La responsabilidad

parlamentaria se prolonga, de esta manera, en una responsabilidad democrática integral que garantiza la

claridad en Las opciones electorales y la prudencia y constancia en las posiciones de los diputados.

 

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