Autor: Calleja, Juan Luis. 
   El papel del Centro     
 
 ABC.    01/07/1977.  Páginas: 1. Párrafos: 13. 

UNA vez más el pluralismo de un pueblo ha quedado s i n representación en su Parlamento, reducido al

dualismo por la necesidad ineludible de sumar votos y ganar. De nada han servido las fórmulas para

evitarlo. Ya están ahí perfilados los dos bloques: el marxista y el contrarrevolucionario,

¿Contrarrevolucionario?

Después de una campaña donde (salvo en los mítines que muy pocos vieron) los marxistas hablaron en

tono conservador, callando la naturaleza de su ideología, s i n pronunciar siquiera una vez la palabra

«marxista» en las intervenciones televisadas que podían escachar todos los españoles, hay que pre-

guntarse por qué se han portado así. Parece indudable que, por alguna razón, la que fuese, les convenía. Y

de ahí deduzco que los marxistas han conquistado a gente que prefiere no oír la palabra ´marxista» ni

tonos revolucionarios. Entonces nos preguntamos también: ¡os que votaron al P.S.O.E., ¿saben lo que han

hecho? Tierno Galván ha contestado que la mayoría ignora lo que significan el socialismo y el marxismo.

El bloque marxista, pues, se compone probablemente de marxistas conscientes y de conservadores

inconscientes. Y, por esto mismo, resulta imposible imaginar que ¡a U. C. D. haya tenido un número

significativo de votos revolucionarios. A mi juicio, ni uno. Por eso, el bloque no marxista es

contrarrevolucionario y no de centro, sino de relativa derecha.

Aunque, en esta ocasión, la U. C. D. ha logrado muchos votos con el nombre de Centro se los ha dado esa

relativa derecha, de la que en seguida hablaremos, la única que queda en España y que no se distingue de

la que votó a Alianza Popular. Son la misma cosa; pero a Alianza votaron grupos con un sentido más

exigente de ciertas calidades que pueden pedirse a la conducta política.

La derecha española de hoy tiene muy poco que ver con la contemporánea de Antonio Maura o Eduardo

Dato. En algún aspecto está a la izquierda de un Manuel Azaña. ¿Qué habría pasado en las Cortes de la

República si, por ejemplo, Gil Robles o Calvo Sotelo hubiesen acusado a las izquierdas de proponerse, en

¡o social, lo que se hizo en los últimos

EL PAPEL DEL CENTRO

cuarenta años? Imaginémoslo, en aquel país miserable, donde prometer calzado para todos conquistaba

sufragios:

•Señores diputados de la Izquierda: sus señorías exigen, y es un disparate ruinoso, que los trabajadores

puedan veranear en Benidorm; que tengan refrigerador eléctrico y lavadora mecánica en su casa; que el

patrono no pueda despedirles; que ganen su salario, tanto si trabajan como si no; que vistan tan bien que

parezcan burgueses; que tengan piso propio...

Un diputado de la izquierda, con una carcajada sarcástica, te hubiera interrumpido en el colmo de la burla:

*¡Sí, ya! Y que vayan en coche, y que tengan televisión cuando se invente, y que se ponga a su

disposición un sistema de seguridad social con clínicas y camas dignas de que se mueran en ellas un

conde, un duque y hasta un jefe de! Estado. ¡No bromee su señoría con los programas de nuestros

partidos, que sólo piden justicia y un trato humano para el pueblo oprimido, y no fantasías de Julio

Verne!*

Quien hizo realidad /as fantasías de Julio Verne no fue la izquierda. Fue una política de procedimientos

imperiosos, sí, pero de signo centrista; extremo centrista, dije en cierta ocasión porque no era democrática

en el sentido liberal de la palabra. Aquella política ha dejado impracticable la derecha antigua y ha

transformado el conservadurismo español en una relativa derecha, en algo muy parecido a la

socialdemocracia en sus fines.

La U. C. D., por un lado, y los marxistas, por otro, habrían de habérselas con aquellas fantasías de Julio

Verne ya cumplidas. La papeleta se las trae, porque no bastará aplicar una política socialdemócrata para

mejorar las cosas sensiblemente. La inercia informativa del franquismo y su desdén por las relaciones

públicas, que alguno de sus responsables acaba de revalidar *cum laude* de palabra y obra, permitieron

que se haya creído, dentro y fuera de España, que aquí sólo viven doscientas familias a hombros de un

pueblo que padece hambre y sed de justicia. El despiste nacional en este punto es tan grande que ha

asustado el rumor de que el nuevo Gobierno seguirá una política social demócrata. Pero, señores, ¿qué

otra podría elegir si estábamos en eso, más o menos? ¿La marxista? Contra ella han votado los

contrarrevolucionarios en mayoría.

Dar marcha atrás es comprometido y avanzar será difícil. En España hay varios Bancos nacionales; en

Suecia, si no me equívoco, sólo uno. En España, la mayor parte de las grandes empresas son obra del

Estado; y si hasta los comunistas prometen, por táctica, respetar tas pequeñas y las medianas, ¿qué puede

hacer la U. C. D. ? ¿Desnacionalizar las grandes empresas? ¿Declararlas más nacionales? ¿Y qué remedio

social tienen los arrendamientos urbanos, quietos, en realidad, desde no sé cuándo? ¿Qué política cabe en

favor del pueblo-inquilino? ¿Rebajar aún más los alquileres? ¿Apalear los jueves a los propietarios? Y si

se aumentan los recibos o se dejan libres, ¿no estaríamos dando marcha airas a favor de los supuestos

ricos? A mi juicio sólo hay rutas abiertas a ¡a novedad en e) pensamiento liberal que cuenta con un sector

en la U. C. D. Pero el retroceso, anti popular, sería enérgico y muy provechoso para la oposición

marxista.

Por eso el papel de la U. C. D. será, casi inevitablemente, el de un partido social-demócrata. Parece que

no tiene otro, aunque lo encuentre ya muy trillado.

Juan Luis CALLEJA

 

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