Autor: Cierva y Hoces, Ricardo de la. 
   El Centro: ideología y posibilidad política     
 
 ABC.    28/06/1977.  Página: 3-4. Páginas: 2. Párrafos: 11. 

MARTES. 28 DE JUNIO de 1 9 7 7.

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EL CENTRO: IDEOLOGÍA Y POSIBILIDAD POLÍTICA

AQUÍ está el centro. Le centre existe dicen ya hasta las pancartas de los chistes franceses. Volvió a su

cenotafio, que nadie debió remover, la frustración de don Manuel Pórtela Valladares. Aquel centro era

una imposición oportunista sin hueco entre dos bloques inevitablemente suicidas; este centro ha sido la

respuesta —improvisada, imperfecta, desorganizada, pero imparable— a una fortísima demanda popular.

La primera tarea que tiene delante hoy el centro es adecuar urgentísimamente su oferta a la demanda; por

eso, que no por apetencias personalistas de nadie, se constituye, hora a hora, el gran partido que le piden

sus electores, su pueblo. Por eso mismo, la segunda tarea —simultánea— es 1» disolución de los

personalismos, el descarte de toda tentación de culto a. la personalidad, que además se ha notado más en

los propagandistas que en

Por Ricardo de la CIERVA

los altos inspiradores de la campaña. El partido del centro lo ha inventado el pueblo. Ha sido éste un

fenómeno evidente, surgido en mil puntos de la campaña. Aporto mi vivencia: era en Balsapintada,

linderos del campo de Cartagena. Cuando la campaña discurría aún incierta y no faltaban incitaciones al

desánimo. Un trovero famoso, Juan Franco, pidió la palabra. Esta fue la palabra y, desde entonces, el

lema:

Votando al Partido Centro salvamos la situación.

Durante la campaña —todos los partidos exhibieron con mayor o menor fortuna la imagen de sus líderes

nacionales y locales— el personalismo era un» referencia, un resumen, una necesidad. Ahora, en el

momento de la construcción —y en el caso del centro, en el momento de la creación—, el personalismo

no debe convertirse en culto, sino transformarse en objetivación. Es una de las conclusiones más claras

que se deducen de las conversaciones entre los parlamentarios electos y el primer candidato.

ES también el momento de abordar serenamente las dos principales acusaciones que. por la derecha y por

la izquierda, se han dirigido al incipiente centro durante la campaña. Primero, que el centro carece de

identidad, porque no posee una base ideológica. Segundo, que el centro será imposible a la larga porque

es un aglomerado de intereses oportunistas y no una gran opción política permanente. La delimitación

política del centro es tan clara que calaba inmediatamente, durante la campaña, en los millones de

españoles a quien se proponía. (¿En qué nube, por cierto, ha vivido las elecciones un político insigne para

declarar después que el centro no ha dado mítines porque teme el contacto popular?) Por la derecha, e!

centro limita con el continuismo; en el que hay hombres y valores muy estimables. Por la izquierda, el

centro limita con el marxismo; en el que hay hombres y valores muy estimables. Respeto el deseo de

quienes pretenden ahora crear otro centro entre Unión del Centro y el Partido Socialista Obrero Español;

eso mismo decían ser tres importantes grupos que por desgracia no han logrado un solo escaño en las

elecciones; como probablemente sucederá a quienes traten de repetir la experiencia desde posiciones

todavía más difíciles —en el fondo más derechistas— y desde luego extra-parlamentarias. No veo, fuera

de la utopía, espacio entre el centro y el Partido Socialista Obrero Español; si el centro de verdad se

configura como centro: si el Partido Socialista Obrero Español mantiene su línea decidida y moderada.

LA síntesis ideológica del centro es el gran reto Que ahora se ofrece a ios pensadores políticos que con

tanta calidad y número tan alentador se han integrado en el centro. La tarea es profunda; pero no ardua. El

centro no es un oportunismo, sino una confluencia. La combinación, que no confusión ideológica, puede

brindar en el crisol popular posibilidades insospechadas, porque las tres grandes corrientes ideológicas del

centro podrán ahora aprovechar toda su virtualidad y prescindir de sus aspectos menos universales, más

discutibles. La corriente político-cristiana vertebrará con su legado humanista y su horizonte trascendente

las masas de un país que será, por los siglos de los siglos, culturalmente cristiano en sus raíces y en su

expresión; mientras la absorción de algunas marcas específicas diluirá toda antinomia de confesionalidad.

La corriente liberal impregnará al centro con su tradición de lucha por los derechos humanos y políticos,

sin necesidad de vinculaciones clasistas ni específicamente capitalistas. La corriente socialdemócrata

asegurará la presencia del centro en los mismos límites de] marxismo, potenciará una política social y

económica sin connotaciones derechistas y prescindirá, a su vez, de equívocos y purismos que a veces

han podido resultar chocantes en circunstancias que ahora parecen superadas. Si de todo este conjunto tan

potencialmente coherente no puede surgir una base ideológica fecunda es que no se busca una ideología

política, sino el sucedáneo de una dogmática.

ESTO no quiere decir que el centro sea una posibilidad fácil. Recuérdese lo que indicábamos en un

artículo anterior; hasta ahora han fracasado los diversos proyectos de centro que se han abordado en la

España contemporánea Las dificultades internas del centro —aparte la inmensa dificultad que va a

suponer el hecho de gobernar con un partido en gestación y en circunstancias de crisis histórica y crisis

económica aguda— son, básicamente, cuatro:

Primera, la tenaz pervivencia de los personalismos, sobre todo, entre la clase política madrileña, que lleva

un par de años jugando al centro y ahora se dedica afanosamente a la busca y captura de Ministerios y

demás premios a sus relevantes servicios políticos, en vez de meditar en serio sobre el futuro después de

montar una durísima autocrítica sobre el pasado v en concreto sobre los notorios fallos de la campaña

electoral, sobre todo, en Madrid.

Segunda, los graves obstáculos que se yerguen ante los primeros pasos del centro en el planteamiento y

realización de la reforma fiscal y económica, porque ésa será la verdadera piedra de toque para ver que el

centro no es un sucedáneo o un alias de la derecha.

Tercera, la solución del inevitable rozamiento (que puede generar energía política si se enfoca bien, o

degenerar en esterilidad política si se convierte en choque frontal) entre la enorme corriente populista y

los inevitables círculos elitistas que figuran sospechosamente en los nudos de decisión del centro y que, si

se imponen (o si no aceptan la reforma profunda de sus propios excesos de poder), provocarían

inevitablemente la frustración del centro, para lo que no faltan precedentes históricos muy significativos

en este país tan propenso a la pervivencia disimulada o descarada, según las épocas, de las oligarquías y

las inercias privilegiadas, decir que el centro no debe convertirse en una nueva tecnocracia, y corre ese

peligro.

Y cuarta, la capacidad del centro para encauzar los cuatro problemas específicos que jamás ha llegado ni

siquiera a plantearse en serio la derecha tradicional española: las autonomías regionales, la recuperación

de esa juventud irremisiblemente perdida por el régimen anterior desde 1956, la equiparación de la mujer

—tema retórico para el centro en las elecciones, como para todos los partidos— y el planteamiento de una

política cultural que la derecha tradicional española, en sus momentos de máxima lucidez, sólo ha

conseguido confundir con el problema educativo.

El pueblo español ha creído en el centro. Ahora el centro debe demostrar, ante todo, que cree en sí mismo.

— R. de la c.

 

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