Autor: García San Miguel, Luis. 
   Interpretación del Centro     
 
 El País.    28/06/1977.  Página: 9. Páginas: 1. Párrafos: 17. 

EL PAÍS, martes 28 de junio de 1977

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OPINIÓN

TRIBUNA LIBRE

Interpretación del Centro

LUIS GARCÍA SAN MIGUEL

El Centro polariza, desde su nacimiento, y más ahora, tras las elecciones, la atención de casi todo el

mundo e, inevitablemente, muchas simpatías y antipatías. Se dijeron tantas cosas de esa formación, que

ya no es fácil saber de qué se trata. Cada partido rival puso en circulación «su» interpretación del Centro

(lo mismo les ocurre, por supuesto, a otras formaciones, pero de eso no tratamos ahora) que pudo, en

algún momento, desorientar al elector. Pero en un clima de información democrática siempre ocurre eso:

el ciudadano se encuentra con opiniones diversas, o contradictorias, de las cosas y ha de formarse su

propia opinión. Ese el riesgo, pero también la grandeza de la democracia. Ya no hay, o ya va dejando de

haber, una interpretación oficial de las cosas. Es preciso lanzarse a pensar por cuenta propia. En lo que

siga voy a tratar de dar mi propia interpretación, posiblemente equivocada, pero, desde luego, escrita sin

ánimo partidista.

Composición social del Centro. Se admite generalmente que las ideas están condicionadas por la posición

social y que, por ello, a la hora de interpretar cualquier fenómeno político, conviene tener presente

quiénes son las personas que participan en él. Carecemos, por ahora, de un estudio sociológico serio sobre

el fenómeno centrista y debemos contentarnos con formular algunas hipótesis.

En este punto la mía es la siguiente: los «centristas» son, en su gran mayoría, profesionales liberales y

funcionarios públicos de buen nivel, esto es, personas de clase media alta. Abundan entre ellos los

letrados de diferentes organismos públicos, notarios, registradores, abogados en ejercicio, médicos,

etcétera. Escasean, en cambio, los empresarios o banqueros y brillan por su ausencia los obreros e incluso

las gentes de clase media baja. Téngase en cuenta que estoy refiriéndome a militantes y no a votantes (es

obvio que entre estos últimos habrá gente de toda posición, en proporciones variables).

Brillan también por su ausencia los escritores, artistas píaseos, poetas y, en general, los hombres de

cultura. Lo que constituye, por cierto, una de las importantes limitaciones de la organización. No quiero

decir que, como pensaba Platón, los filósofos deban gobernar, pero es claro que toda organización política

necesita poner en los papeles su ideología y ha de hacerlo con cierta originalidad y atractivo. Es decir,

necesitan ideólogos. Y en el Centro Democrático, salvo poquísimas y no muy notables excepciones —los

«Tácitos», en muy primer lugar—, casi nadie es capaz de escribir con un mínimo de gracia e inteligencia.

Tampoco abundan los buenos oradores: en algunos mítines (concretamente en Asturias) los líderes no

hablaron, sino leyeron unas cuartillas plúmbeas y mal hilvanadas. Areilza era, quizá, el único orador de

garra, además de bastante buen escritor, pero sus colegas le echaron la zancadilla a las primeras de

cambio. Se quedaron sin nadie. No es que no tengan ideología. La tienen, y muy «vendible»: la de la

reforma. Lo que no tienen es ideólogos. Tienen cosas que decir, pero apenas saben cómo hacerlo, porque

son hombres de expediente, de póliza, de oficina. Burócratas, quizá inteligentes y eficaces como tales

(aprenderse de memoria los 490 tomos del Castán no es empresa fácil), pero muchos de ellos incapaces

de ir mucho más allá del «aquí le falta a usted la póliza de tres pesetas».

Orígenes políticos. Otros partidos rivales acusan a los centristas de franquistas, lo que, dicho sin más

especificaciones, constituye una verdad a medias. Es cierto que muchos, quizá la mayoría de los

centristas, fueron franquistas. Hombres de la Oposición «fetén» no hay en el Centro más que uno:

Álvarez de Miranda, y pare usted de contar (el partido de Álvarez de Miranda ha sido «invadido», por

otra parte, por gentes de la UDE, en su gran mayoría franquistas, de manera que si el líder es

antifranquista, el partido ya no lo es). No parecen tener razón, por tanto, los hombres del Centro que

intentan presentarse como superadores de la díalécticafranquismo-antifranquismo, al menos no la tienen

en lo que se refiere a la composición social de la organización. Es verdad que el Centro es un nido de

franquistas.

Pero aquí lo de la verdad a medias: decir que el Centro es franquista no es decir toda la verdad. Porque los

franquistas del Centro constituyen una clase muy peculiar de franquistas: la que se ha venido llamando

evolucionista o reformista. Son franquistas que «se cargaron» al franquismo: desmontaron el aparato del

Movimiento, legalizaron al Partido Comunista, convocaron elecciones, etcétera. Suárez es el prototipo de

este franquismo: nadie más franquista que él, pero también nadie más antifranquista, porque sin su

intervención el franquismo seguiría vivo y coleando. Y si no, que se lo pregunten a los franquistas

«ortodoxos», que lo ponen de traidor para arriba.

Orientación ideológica. Los centristas son, actualmente, claramente demócratas. Están dispuestos a traer a

este país una democracia de tipo occidental, sin trabas ni cortapisas, y dieron pruebas inequívocas de esa

disposición. La democracia no hubiera venido sin la intervención decidida de Suárez, que pasará a la

historia como protagonista de una de las más insólitas operaciones políticas que jamás hayan sido. No

quiero decir que él lo haya hecho todo: la Oposición y el Rey desempeñaron un papel decisivo como

motor del cambio. Pero es evidente que la intervención de los reformistas y, especialmente, de Suárez fue

muy importante y que, a fin de cuentas, ellos protagonizaron el cambio.

Por todo ello, me parece que el Centro constituye, a corto plazo, la opción más democrática posible.

Muchas personas pueden presentar un pasado más resuelta y gallardamente democrático. Se han dejado la

piel en la lucha contra la dictadura. Tienen «méritos», pero, desgraciadamente, no tienen fuerza. Es triste,

pero es así. Y otros que tienen fuerza quizá no tengan voluntad para traer la democracia. Suárez parece

ser la máxima posibilidad democrática del país, en las actuales circunstancias. Me hubiera gustado ver la

democracia traída por Ridruejo o por Tierno, pero no ha podido ser. Lo siento de veras. Es uno de los

casos en que el buen sentido se abre camino en la historia a través de la mediocridad.

El Centro como organización. Se ha hablado bastante de las tensiones internas que han sacudido al

Centro. Es posible que en otros partidos también las haya habido, aunque no hayan salido a la luz pública.

En todo caso, las del Centro no fueron pequeñas. Lo que se explica en buena medida, porque siendo una

coalición no hubo nadie capaz de imponer en ella cierta disciplina.

Gran parte de las tensiones provienen de la tardía, pero masiva, entrada de los hombres de Suárez.

Muchos militantes de la primera hora, que aguantaron los malos momentos y pusieron en pie la

organización, fueron desplazados sin miramientos por los que esperaron cómodamente a que el pastel

estuviera preparado y llegaron a la hora de los postres. Eso quizá sea también una necesidad histórica,

aunque humanamente sea triste.

Pero a los centristas no les quedaba otra salida que engancharse a las faldas del presidente. Que los

centristas no sean brillantes no quiere decir que carezcan de inteligencia, y tuvieron la bastante para

comprender que su carisma es escaso, que el atractivo popular político de bastantes de ellos no llega ni a

los parientes en segundo grado y que si hubieran salido solos a la palestra (especialmente sin Areilza)

corrían el peligro de recibir una soberbia corrida en pelo. ¿A quién puede encandilar el discurso de

muchos de los centristas? Algunos, con saludable realismo, no sale de la oficina y, si tomaran la palabra,

iban a perseguirles, como un castigo del cielo, las querellas por intrusismo de los fabricantes de

somníferos.

Sí, tenían que agarrarse a las faldas de Suárez para volver al poder o continuar en él.

Esa operación no es ciertamente un derroche de elegancia. Compáresela con la de Fidel en Sierra

Maestra, jugándose la vida para llegar a la poltrona, o con otras que todos conocemos, no tan arriesgadas,

pero bastante más gallardas. Pero la escalada de los centristas, si no fue elegante, sí fue enormemente

eficaz. En poco tiempo montaron de la nada una cucaña que funcionó a las mil maravillas. Así es la praxis

de los burócratas astutos. Y así se escribe la historia.

Ojeada al futuro. Hasta hace poco, los centristas solían presentarse como alejados de la izquierda y de la

derecha. Esto, a mi juicio, no es verdad. Es verdad que están alejados del fascismo y del comunismo, pero

no que lo estén de la izquierda y de la derecha. Son clarísimamente de derechas. Son, hoy por hoy, la

médula de la derecha, por muy civilizada que sea, que sí lo es. Y, como hay otras fuerzas de derechas

revoloteando a su alrededor, todo hace suponer que terminen juntándose con ellas. Es decir: todo hace

suponer que terminen unidos a buena parte de Alianza Popular y de la Democracia Cristiana. Hasta hace

poco no estaba claro si esta última iba a terminar imponiéndose en el futuro partido conservador, como

ocurrió en Alemania, o si éste, como aconteció en Francia e Inglaterra, iba a ser aconfesional, y, por tanto,

liberal-conservador.

Ahora, tras el resonante fracaso electoral de la Democracia Cristiana, la incógnita parece haberse

despejado. ¿Asumirá quizá el Centro la etiqueta populista, especie de Democracia Cristiana vergonzante?

En resumen: van a seguir mandando buena parte de los de siempre, pero, y esto es muy importante, de

otra forma. Lo cual, después de todo, en un primer momento, quizá no esté mal.

 

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