Autor: Hernández Domínguez, Abel. 
   La crisis     
 
 Informaciones.    01/09/1977.  Páginas: 1. Párrafos: 4. 

LA CRISIS

Por Abel HERNÁNDEZ

UNO se fue de vacaciones confiando en que la clara luz de agosto iluminaría algo el negro túnel en el que

estamos metidos. No ha sido así. La tormenta nacional, con nubarrones de malos augurios, ha ido paralela

a la cadena de borrascas meteorológicas. La situación económica, política y social se ha deteriorado aún

mas este verano. Amplios sectores de la España real, fuera de la Villa y Corte, están convencidos de que

esto va de mal en peor. Y uno se fía más de la España real que de la España política.

Lo primero que se observa desde la distancia es precisamente el divorcia creciente entre los políticos de la

capital (por muy «representantes» que sean y cualquiera que sea su ideología) y el pueblo que les votó.

Este pueblo, que no entiende demasiado de política y que se acercó a las urnas el 15 de junio confiando en

que todo Iba a cambiar para mejor, se siente escéptico, defraudado y frustrado. De ahí a aceptar que

cualquier tiempo pasado fue mejor no hay más que un paso. Si no se pone urgente remedio a la crisis de

autoridad que padecemos; si los políticos no suspenden el peligroso espectáculo de la frivolidad que están

representando, y si los responsables de la economía nacional (Administración, sindicatos y empresarios)

no llegan pronto a un acuerdo para proporcionar oxigeno a las empresas, la democracia en este país va a

durar menos de lo que muchos piensan.

«Este no es un Gobierno de partido, sino un Gobierno partido», nos acaba de decir un alto cargo de la

Administración con agudeza. Esta es seguramente una, de las claves para entender algo de lo que está

ocurriendo. La crisis interna en el Gabinete Suárez, la crisis de fondo, aunque externamente se guarden

las formas, parece fuera de duda. Tres ideologías, en muchos puntos antitéticas, unidas sobre todo por la

ambición de poder de sus dirigentes y por la destacada personalidad del presidente Suárez, tenían que dar

como fruto la disensión en breve plazo. Y así ha sido, según testigos fidedignos. El Gobierno no gobierna,

sino que hace política, a veces discrepante entre los propios ministros, cuando la política debería dejarse a

las Cortes. Además, está perdiendo, lógicamente, la iniciativa política.

El deterioro de la autoridad es patente. Y los partidos de la oposición de izquierdas parecen empeñados en

minar aún más esa autoridad y preferir la anarquía a la democracia. Desde sus cómodos balcones

aplauden insensatamente a los grupos demócratas y revolucionarios —a los grupos extraparlamentarios

que toman cuando les parece la calle. En esta izquierda parlamentaria (comunistas y socialistas) empieza

a detectarse además una cierta idea de revancha más que de limpia alternativa de poder. El hecho de que

parlamentarios del P.S.O.E. hayan sido protagonistas últimamente de algunos incidentes que están en

manos de los jueces no es un espectáculo muy edificante y puede ser sintomático. Si quiebra

definitivamente la autoridad, no vendrá la anarquía, sino el autoritarismo. Esperemos que alguna vez pase

la borrasca y brille esplendoroso el soL Este curso, que ahora empieza, va a ser decisivo. Algún día habrá

que salir de la crisis permanente.

 

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