Autor: Medina González, Guillermo. 
 Suárez, la UCD y el Gobierno (y III). 
 Secuestro y revancha de las ideologías     
 
 Informaciones.    12/09/1977.  Páginas: 1. Párrafos: 17. 

Suárez, la U.C.D. y el Gobierno (y III)

SECUESTRO Y REVANCHA DE LAS IDEOLOGÍAS

Por Guillermo MEDINA

ACABAMOS de dejar atrás un sistema político que ha rechazado y atacado las ideologías, que las ha

negado y proscrito, y cuyas «ideólogos» han proclamado su ocaso; un sistema basada en la autoridad

personal —la antiideología—, cuya propaganda se esforzó par atar con sal las fuentes de la creación

intelectual e ideológica y borrar cualquier forma de sistema de ideas, ya fuera marxísta, liberal,

socialdemócrata o humanista cristiano. No es extraño que al salir a la luz o constituirse de nueva planta

los partidos políticos, los componentes ideológicos quedaran relegados a un segundo plano y las bases

doctrinales aparecieran borrosas y ambiguas, aplazándose, por razones de cohesión interior y de urgencias

electorales y políticas, la clarificación ideológica interna.

PRAGMATISMO POR TODAS PARTES

En las elecciones del 15 de junio no sólo no se expusieron y votaron opciones ideológicas, sino que

incluso la derecha y el centro mostraron su pobreza doctrinal y los partidos de izquierda se cuidaron

mucho de exponer unas posiciones ideológicas radicales que habrían contrastado con la moderación de

sus programas. Por eso escribí entonces que por unas u otras causas los partidos que concurrieron a las

elecciones tenían algo de partidos de la oportunidad. Con esto no hay que entender que fueron

oportunistas, sino que los condicionamientos de la realidad y las circunstancias hicieron aparecer a los

partidos desdibujados y esquivos a las definiciones.

Los problemas ideológicos quedaron aplazados, pero no resueltos. La Alianza Popular, que no tenía una

ideología, no puede sobrevivir con empuje a su relativo fracaso electoral, aunque no fue la limitación

doctrinal la causa de éste, sino la imagen que dio de oposición a un cambio histórico inevitable. En la

Unión de Centra la desideologízación fue evidente. Sus componentes ideológicas, tras el difícil y ética,

pero escasamente eficaz testimonio en la oposición, quedaron como congelados por la entrada en escena

de Suárez y los «independientes». Los partidos de izquierda, en los cuales el debate ideológico suele ser

más vivo, eludieron, por su parte, ciertas definiciones ideológicas, que quedaron pendientes y aún no

resueltas. Las evitaron con ataques al régimen anterior, con denuncias, «slogans» y puyas al Gobierno de

la transí cien. Los comunistas pusieron en práctica una doctrina del realismo y una perspectiva ideológica

eurocomunista cargada de interrogantes, y cuyo debate se circunscribe esencialmente a los militantes. En

cuanto al P.S.O.E., brillaron más su eficiente organización y el entusiasmo de los militantes que la

claridad de sus metas ideológicas; sobre el partido de Felipe González pesa la incógnita de qué tendencia

ideológica —desde el socialismo radical de unos a la socialdemocracia de los menos— prevalecerá y si el

partido logrará mantener unidas todas sus corrientes después de esa clarificación. En fin, entre los grandes

derrotados del 15 de Junio estaban los partidos que confiaron el éxito a la posesión de una etiqueta

ideológica, como fue el caso de la Federación Demócrata Cristiana.

Las mismas características y naturaleza del proceso democratizador español, gradual y posibilista, han

relegado a segundo plano debato, ideológicas que hubieran podido servir para desviar la atención de los

problemas más inmediatos. La primera fase de la transición ha sido una etapa pragmática, y con razón ha

podido escribir Ignacio Sotelo («Diario 16», B-9-77J que «el pragmatismo de Suárez ha arrastrado el

pragmatismo de los demás políticas, y a la inversa, de modo que hoy en España, a diestro y siniestro, no

se divisan más que pragmáticos, pero muchos de ellos sin la habilidad negociadora que por lo menos el

señor Suárez ha puesto de manifiesto».

LA REVANCHA DE LAS IDEOLOGÍAS

Ahora bien, si el pragmatismo de la primera etapa ha evitado la radicalización y ha facilitado el realismo

y la negociación, la ordenación de un espectro de fuerzas políticas claro y estable, que es, junto con la

aprobación de la Constitución, lo que caracteriza la segunda etapa de la transición, a partir de las

elecciones del pasado 15 de junio, plantea inevitablemente el problema de la clarificación y definición

ideológicas de los partidos. Las ideologías, relegadas, secuestradas, van a tomarse su revancha y

reaparecer como factores que ligan hacia dentro y diferencian hacia fuera contemporáneamente.

Veamos hoy los problemas y posibles soluciones en la crisis de opción ideológica de la U. C. D. El tema

lo tienen planteado casi todos los partidos, aunque no con las mismas características y premura. Si el P. S.

O. E., por ejemplo, tiene un problema de clarificación doctrinal, no es de opción ideológica —el socialis-

mo—, sino de definición de los perfiles, limites y objetivos finales en función del marxismo. El caso de

U.C.D. es de naturaleza diferente. Este partido vive la tensión entre quienes lo ven como «un partido de

convergencia ideológica» (Arturo Moya, delegado del presidente Suárez), «que no tiene ideología, sino

que es una suma de ideologías», y quienes pretender permanecer en la U.C.D. sin

dejar de afirmar la pertenencia a su ideología propia, anterior a la formación de la Unión.

El problema es complejo, pero solucionable si se enfoca con objetividad, independencia y racionalidad.

Comencemos por el origen. U. C. D. surge como una necesidad histórica: ofrecer en el proceso de

transición una alternativa al continuismo neofranquista y a la ruptura izquierdista. La formación de un

bloque centrista que encauzara hacia la democracia buena parte del llamado franquismo sociológico,

evitando la polarización a su derecha e izquierda, ha prestado un servicio al país que sería inicuo negar.

Consiguió superar la dialéctica reforma ruptura y la amenaza de espiral revanchismo continuismo, al

ofrecer una alternativa de cambio democrático como modelo y de «ruptura legal» como forma. Esa

opción centrista la apoyaron grupos de las tres ideologías centristas generalizadas en Europa, pero es

evidente que no se ofreció a los electorales como una opción ideológica, sino como una alternativa

moderada, bastante pragmática, casi como «de salvación nacional» frente a las otras opciones electorales.

Pasada la campaña electoral y la formación del nuevo Gobierno, era previsible que se planteara la

necesidad de definir la naturaleza y sustrato ideológico de U.C.D. Aquí surge el debate de la carreta y los

bueyes. ¿Qué es primero? ¿Debe preceder la clarificación ideológica a la institucionalización del partido o

primero hay que organizar el partido y ya se definirá después su ideología? No caben muchas dudas, a mi

modo de ver: la ideología precede—o al menos es contemporánea— a todo lo demás. Sin definición

ideológica no hay auténtica institucionalización de un partido, y éste, a falte de aquélla, no podrá servir de

sustentación duradera a su gobierno. Dos partidos pueden tener un programa semejante, casi idéntico,

pero serán dos partidos diferentes en tanto tengan dos ideologías diferenciadas. Es así porque la ideología

es lo que da proyección histórica y continuidad a un partido por encima de las circunstancias, del éxito o

del fracaso electoral y del líder que lo presida. Pasadas las elecciones, la U. C. D. busca organizarse como

una alternativa social y política permanente, mis allá de la necesidad histórica que la motivó (y cuyas

causas, por otra parte, permanecen vigentes), y es entonces cuando inevitablemente surge el problema

ideológico.

La tensión dentro de U.C.D. se establece entre grupos adscritos a cada una de las tres ideologías

[socialdemócrata, liberal y demócrata cristiana} entre sí, y entre el conjunto de estos tres grupos, por una

parte, y quienes, independientes o de escasa trayectoria ideológica, intentan sintetizar esas ideologías en

un común denominador —una especie de cuarta ideología— de nuevo cuño. Entre cristianodemócratas,

socialdemócratas y liberales hay suspicacias de orden ideológico en cuanto sospechan que uno de los

grupos pretende la hegemonía sobre el resto. Y los tres grupos aparecen identificados frente a cualquier

intento de suprimir sus respectivas personalidades ideológicas.

Quienes buscan la síntesis ideológica argumentan, y no sin razón, que las tres ideologías viven en toda

Europa un proceso de convergencia, y que las afinidades son mayores que las diferencias; aducen que lo

contrario es peligroso y puede conducir a la fragmentación del centro político. Todo esto es cierto y hasta

puede añadirse que la verdadera diferenciación dentro de U.C.D. no es entre aquellas tres corrientes

ideológicas liberal, demócrata cristiana y socialdemócrata [históricas], sino entre una gran corriente

Liberal - conservadora, la nueva derecha democrática, y una tendencia demócrata-progresista

[renovadas]; los demócratas cristianos, en crisis de identidad desde el derrumbamiento de la unidad

política de los católicos, son generalmente liberal-conservadores, mientras los socialdemócratas se

identifican con la corriente progresista y los liberales luchan con dificultades para conseguir una propia

identidad entre conservadores y progresistas.

Pese a todo lo anterior, de nada sirve desconocer que la pluralidad ideológica —bien de las tres ideologías

tradicionales, bien de un nuevo replanteamiento de éstas en las dos nuevas grandes corrientes— son una

realidad dentro de U. C. D. Lejos de ser un handicap, ese pluralismo puede proporcionar riqueza y

versatilidad y permitir a U. C. D. cubrir el ancho espectro político de un partido que no es sólo ya el

centro, sino también la derecha democrática y que no tiene reparo en llevar a cabo, como en las

circunstancias actuales, un programa de centro-izquierda.

Ante la U.C.D. se abren tres opciones: la unidad por la síntesis, la unidad por identificarse con una de sus

ideologías internas y en tercer lugar organizar institucionalmente una pluralidad interna. Veamos la

primera. Pretender una síntesis de las diferentes tendencias de U.C.D. es hoy irreal; puede ser el resultado

de un proceso, pero en modo alguno cabe concebir que esa síntesis puede ser impuesta por el

voluntarismo de sus defensores. En cuanto a la opción por alguna de las posibilidades ideológicas que

existen en U. C. D., significaría la fractura y el suicidio de la Unión (en esto sí coincido con la tesis de

Arturo Moya citada antes).

FEDERACIÓN DE CENTRO DEMOCRÁTICO

Sólo queda como opción realista la tercera: la coexistencia de tendencias ideológicas y su proyección

positiva en un proyecto político común de largo alcance y de sentido histórico. No son viables ni la

síntesis en «una ideología resultante», ni la absorción del todo por una de las partes. La U. C. D. no puede

ser ni un partido unitario —eso lo empobrecería absurdamente— ni una mera alianza electoral. Su

estructura habrá de ser lo suficientemente fluida para permitir la diversidad interna, evitando la rigidez

que conduce a la fractura, y lo suficientemente sólida para garantizar la unión frente a los demás en el

proyecto común. En un planteamiento semejante caben, desde luego, grupos independientes de centro que

no se identifiquen específicamente con alguno de los ingredientes ideológicos de! espacio político; su

función puede ser muy positiva como «cemento» del conjunto y crear un factor de integración. En tanto

que perteneciente a este sector de U. C. D., Adolfo Suárez podría conservar el liderazgo del partido, cuyas

diferentes corrientes ideológicas verían mal ser presididas por un líder de otra corriente.

La fórmula de la pluralidad dentro de U. C. D. precisa para ser operativa un cierto tipo de estructura

partidaria más cercano a la federación que a la unión. ¿Federación de Centro Democrático en vez de

Unión de Centró Democrático? Por ahí debía haberse empezado. Es preferible una federación sobre bases

reales que un teórico unitarismo apoyado no en la unidad ideológica, sino en el personalismo. La fórmula

federal —u otra semejante— del partido U. C. D. permite la unidad de acción para que éste pueda cumplir

lo que sus electores y la sociedad esperan de él. También es la solución para el problema del

reconocimiento internacional de U. C. D. La Unión Europea Demócrata Cristiana y la Internacional

Liberal están dispuestas a reconocer como interlocutora española una U. C. D. (mejor, F. C. D.) dentro de

la cual sus respectivos correligionarios conserven una mínima personalidad.

 

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