Autor: Lago, Julián. 
 José Maldonado expresidente de la II República. 
 España despertará republicana     
 
 Interviú.    31/07/1980.  Página: ?-16. Páginas: 3. Párrafos: 69. 

José Maldonado, ex - presidente de la II República

“ESPAÑA DESPERTARÁ REPUBLICANA”

«Suárez aspirará a ser presidente de la III República como a ser dictador, si llegara el caso: carece de

convicciones y le sobra oportunismo político»

«Se puede ejercer de oposición a la Monarquía con la intención de derrocarla constítucionalmente»

«Tarradellas sabrá por qué se hizo juancarlista. Pero es más respetable morir en la indigencia que vivir en

la opulencia, teniendo a veces que sonrojarse»

Por JULIÁN LAGO

Fotos: G. GALLEGO

- Que sí, don José, que le piden cuentas de cien millones de pesetas de cuando presidió la República.

- Es la primera noticia que tengo. Bueno, no le doy importancia: será una maniobra más para

desprestigiar a los republicanos.

- Pues la denuncia parte de Izquierda Republicana.

- ¿De Izquierda Republicana? Mire, cuando liquidamos las instituciones, liquidamos todo, y el Gobierno

no dejó dinero. Hemos resistido modestamente, como hemos podido. Nosotros daremos cuenta a quien

tengamos que dársela.

- ¿Quiénes son ellos para pedirme cuentas a mi? Nuestra gestión no ha podido ser más honesta, y no le

quepa la menor duda, querido amigo, de que los de Izquierda Republicana mienten malévolamente.

Y don José, don José Maldonado —el cráneo pulido por el paso del tiempo; los ojos pequeños tras sus

gafas de concha; la voz firme— intenta disimular su indignación desde la veteranía que le dan sus ochenta

años. Presidente de honor de Acción Republicana Democrática Española, más conocida por ARDE,

ministro de Justicia con Sánchez Albornoz, don José Maldonado fue el último presidente («pero no un

nostálgico») de la II República en el exilio, hasta su autodisolución a raíz de las elecciones del setenta y

siete:

— A pesar de todas las campañas, tengo la seguridad de que, como ocurrió el histórico 14 de abril del

31, España otra vez volverá a acostarse monárquica y despertará republicana. Sí, mucho antes de lo que

creen algunos optimistas del actual régimen.

— Pero, mientras tanto, ustedes lo tienen muy mal.

— Posiblemente peor que ningún otro partido.

— A lo mejor es que contra Franco vivían hasta mejor.

— Hombre, tampoco es eso. Contra Franco el republicano no vivía mejor que ahora, eso hay que

decirlo. Porque nosotros entonces teníamos abiertas de par en par las puertas de la cárcel y recibíamos

toda clase de vejaciones. No, por lo menos a eso ahora no se atreven, aunque sí se atreven a ponernos

trabas para impedir que nos conozcan.

— ¿El pueblo no habrá perdido su republicanismo? ¿Usted no cree?

—No; el pueblo no ha perdido el republicanismo, que es un sentimiento legítimo que hemos de conquistar

democráticamente, es decir, aprovechando las posibilidades que esta pseudodemocracia nos permite.

— Vamos, que está usted pensando en que la III República se encuentra a la vuelta de la esquina.

— Hombre, hombre... no tengo ese optimismo, pero sí que puede estar al cabo de una acción, inteligente

y sensata, capaz de atraerse a grandes sectores de opinión de la sociedad.

— De momento y en primer lugar, tendrían que conseguir el eco de los partidos de la izquierda

parlamentaria que están inhibidos.

— En efecto, y me parece que tanto el pesoe como el pecé están cayendo, que han caído ya, en una

terrible contradicción.

—¿Usted los ve como traidores a la causa republicana?

—Yo lo que veo es que han dejado de ser republicanos, aunque no ignoro que en el seno de ambos

partidos, lo que ellos llaman las bases, hay un fervor republicano no desaparecido.

— Pues poco lo expresan.

— Porque las expresiones a veces dependen de los momentos coyunturales, de que las circunstancias

que las frenan sean limadas, aglutinando a la oposición republicana. Y eso tiene que quedar claro: que se

puede ejercer de oposición a la Monarquía, con la intención de derrocarla, por los cauces constitucionales,

naturalmente.

— Pero ésta es una Constitución monárquica, según reza en la letra de la ley.

- Sí.

— Luego ustedes actúan al margen de ella.

— No, nosotros no estamos al margen de ella; luchamos para desde dentro cambiarla, pero la acatamos.

Para nosotros hay una cosa elemental, que es la libertad, la libertad individual, y el respeto a la

democracia. Con la combinación de la libertad y el respeto a la democracia la sociedad tendrá que ir

evolucionando hacia formas más progresistas, y la misión de un partido de izquierdas, nosotros somos

republicanos de izquierdas, es facilitar ese avance social hacia metas de mayor justicia, de mayor

honestidad.

— Lo de izquierdas, don José, no se lo cree nadie.

— Vamos a ver si nos entendemos. Nosotros somos republicanos, republicanos de orden, eso sí; pero el

orden es el respeto a la justicia, a la honestidad: el orden no es el pato y tentetieso. Azaña representó en

este sentido, una idea de transformación en la sociedad española, de honda transformación, y ésta es

nuestra herencia.

— Ahora el azañismo está de moda.

— Eso parece.

— Tanto que incluso políticos de ucedé, como Fernández Ordóñez, lo reivindican.

— El pensamiento de Azaña es también y consustancialmente republicano. De modo que para decirse

discípulo, o seguidor, o admirador, o idólatra de Azaña hay que comenzar por proclamar que la forma de

Estado que se propugna es la republicana. Nosotros no somos sólo una oposición al Gobierno sino al

régimen, y no una oposición de salón dispuesta, por omisión o por acción, a sostener el sistema

monárquico.

— Hablamos de la Monarquía, de esta Monarquía.

— Maticemos: para mí esta monarquía es la continuación del franquismo, es la continuación de los

intereses que patrocinaron al régimen franquista. Pero en la España de hoy aquellos herederos han

comprendido que esa política era insostenible y han encontrado la manera de perdurar marchando por los

cauces de la democracia. ¿Que Juan Carlos ha colaborado a traer la democracia? Hombre, el reinado de

don Juan Carlos habrá que juzgarlo con un poco más de perspectiva.

- Ya...

— Pero yo creo, por otro lado, que los monárquicos, y no es un consejo sino una observación, utilizan

excesivamente al Rey, sacándole de su papel, lo cual es peligroso.

— ¿Suárez está, quizá, comprometiendo demasiado al Rey?

- Me hace usted una pregunta harto difícil de contestar. Yo no sé si don Juan Carlos estará

demasiado comprometido con el señor Suárez, o el señor Suárez está comprometido demasiado con la

política del Rey.

— A lo mejor, Suárez podría mañana ser republicano.

— A lo peor, porque cuando un señor ha sido falangista y, sin solución de continuidad, se hace

demócrata, o titulándose de centroizquierda, le hace a uno pensar que todo es posible.

— Incluso aspirará a la presidencia de la III República, que usted espera.

— Aspirará a ser presidente de la III República como, si llegara el caso, a ser dictador. De lo que carece,

desde luego, el señor Suárez es de convicciones y lo que le sobra es oportunismo político. ¿Qué

ocurre, entonces, cuando el que gobierna tiene esos comportamientos? Ahí están los resultados: la

economía no encuentra horizonte, y no entremos ya en el tema de las autonomías.

— Si, sí, entremos en él.

— ¿Qué quiere que le diga?

— Por ejemplo, si las autonomías no encierran en si mismas la organización de la sociedad a través de

un Estado federal vergonzante.

— Es posible que la definición dada por usted sea la más acertada: un Estado federal vergonzante, eso.

Pero yo, desde mi punto de vista, he de confesarle que sí soy un fervoroso partidario de las

autonomías pero no de la república federal. Dada nuestra mentalidad y a la vista de la experiencia

habida, un nuevo intento de república federal podría conducir a situaciones análogas a las padecidas

durante la I República, y eso sería catastrófico.

- Sin embargo, don José, las autonomías son insuficientes para solucionar algunos fenómenos

históricos.

— ¿Se refiere usted al del País Vasco?

— Sobre todo.

— El problema vasco es un caso aparte.

- Que está ahí sin resolver.

— Sí, pero el problema tampoco se resuelve con una solución federal. Porque la aspiración de un

sector, espero que no mayoritario pero sí importante, de la sociedad vasca no se conformaría con una

república federal. A lo que aspiran, y usted lo sabe, es a otra cosa.

— ¿A la independencia, acaso?

— A la independencia, sí señor. Y a mí como español no me satisface en absoluto esa posición. Por una

razón que voy a explicarle: porque en el mundo en que vivimos los pequeños estados están

condenados a ser pequeños satélites de otros estados y si de por sí España...

- ...Oiga, ¿usted no dice Estado español?

—No, no me gusta decir Estado español. Perdone, le decía que si de por sí España no constituye una

entidad estatal de suficiente extensión y tiene que someterse a muchas presiones exteriores, supóngase lo

que ocurriría con un País Vasco independiente. Hay que buscar una fórmula de unidad y de convivencia,

que hay muchísimas, perfectamente dignas para todos, sin romper España, y sin recurrir al federalismo.

- Pues hay vascos que van incluso más allá. —¿Más allá?

— Sí, a una confederación de Euskadi con el resto del Estado.

— Pues no, eso resulta inadmisible; no, no. En ese caso, sería mejor una fórmula federativa, porque eso

supondría un pacto entre Estados, y a ese pacto se puede llegar si el pueblo vasco es independiente.

— ¿Con la República no se respiraba el grado de independentismo que ahora se respira?

— No. Esa fue la doctrina de los Estatutos de Autonomía de la República: estaba perfectamente

establecido que no había posibilidades de relación independiente entre los diferentes entes autonómicos.

— ¿Por qué, entonces, se ha producido esa radicalización? ¿A qué se debe el actual sentimiento

separatista?

— Pues, sencillamente, a la política ferozmente centralista del franquismo. Antes del derrocamiento de

la República, el sentimiento unitario era mucho mayor que ahora, y lo que ha disgregado a los españoles

ha sido precisamente los cuarenta años, que no en balde fueron una imposición de los vencedores de una

cruenta guerra fratricida, la cual aplastó la voluntad popular manifestada libremente.

— El Ejército y la República.

— ¿Qué?

— Que por qué el Ejército está marcado de ese fuerte antírrepublicanismo.

— No hay que olvidar que el Ejército es el eco de una estructura de Poder muy concreta. ¿Que el Ejército

no es republicano? Ha tenido épocas en que, por el contrario, el Ejército era muy liberal. Ahora es muy

posible que muchos de sus miembros tengan una visión deformada de la República.

— Los militares recuerdan muy mal la Ley Azaña de retiros.

—Las reformas de Azaña, las famosas reformas militares, estaban en la mente de todos los políticos

progresistas, y sólo Azaña tuvo la valentía de llevarlas a la práctica. De cualquier forma, aquí ha habido

cuarenta años de intoxicación, y también el Ejército la ha sufrido, en los que nos han presentado a los

republicanos como una conjura judeomasónica, como si fuéramos la antiEspaña, cuando nosotros somos

más españoles que los qué más. El Ejército, en su conjunto, hasta ahora ha mantenido las formas ante el

proceso democrático. Pero, en cuanto al sistema de Estado, yo creo que el Ejército no tiene que ser ni

republicano, ni monárquico, sino sólo el brazo armado de la nación, en defensa de la integridad territorial,

y nada más. Las interferencias en la democracia dan muy mal resultado.

— ¿Podría todavía verse interrumpido el proceso democrático?

— Un político español dijo que en España nada es probable y todo es posible; a eso me atengo. Mire

usted, esto está viciado de partida. Hay una Constitución que puede defenderse; pero, como no se

practica, luego ocurre lo que ocurre. Que los periodistas, ustedes en este semanario lo conocen en sus

propias carnes, vean coartada su libertad; que haya benevolencia en la sentencia de un complot militar

reconocido aunque frustrado; que la hija de Franco haya intentado hacer evasión de valores y como si

nada, demuestra que esto no es aún una democracia en la práctica. En este sentido, todos estos hechos

han repercutido negativamente en la cotización española en el extranjero, y eso es muy lamentable.

Porque a mí esas cosas me afectan mucho, como español y como representante máximo que fui en el

exterior de la institución republicana.

— ¿Usted cobra como presidente de la República?

— Tuve una pequeña asignación, como los demás, durante los años en que tuve cargos. Ahora vivo de

la jubilación que recibo del Gobierno francés por haber sido profesor de la Universidad. Por eso me tiene

sin cuidado lo que digan los de Izquierda Republicana. Mire, yo en España no cobro nada: ni atrasos, ni

derechos pasivos, ni una perra del Gobierno.

— Pues Tarradellas sí que lo ha cobrado.

— Si lo hubiera cobrado, no tendría la autoridad moral para decir lo que estoy diciendo. Tarradellas

sabrá por qué renunció a su republicanismo y se hizo un ferviente Juancarlista.

— Pues es un político con gran visión.

— Según lo que usted entienda por político. Yo admiré mucho a don Alvaro de Albornoz, que cuando

murió en México sus amigos tuvimos que pagarle el entierro porque en su casa no habían más que diez

pesos. Eso es ser un republicano consecuente. Eso, morir en la indiferencia, es más respetable que vivir

en la opulencia, teniendo a veces que sonrojarse cuando, claro, uno tiene capacidad de sonrojarse.

 

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