Autor: Giral, Francisco. 
   La autenticidad democrática como esperanza republicana     
 
 El País.    13/08/1977.  Páginas: 1. Párrafos: 9. 

EL PAÍS, sábado 13 de agosto de 1977

OPINIÓN

TRIBUNA LIBRE

FRANCISCO G1RAL (Presidente de A RDE)

La autenticidad democrática como esperanza republicana

«No sólo la universitaria, sino toda la vida nueva tiene que estar hecha con una materia cuyo nombres es

autenticidad (¡oigan ustedes bien esto, jóvenes, que, si no, están perdidos, ya qué empiezan a estarlo!).»

Así se expresaba Ortega y Gasset hacia 1930 respecto a la Universidad española. Parece oportuno invocar

al pensador republicano trasladando con los mismos subrayados y signos de admiración del autor esas

palabras escritas para la Universidad de 1930 y aplicándolas a la democracia de 1977. Por si hubiera

dudas, aclarémoslo con el párrafo siguiente, sin más que sustituir la idea de Universidad por la de

democracia: «Una institución en que se finge dar y exigir lo que no se puede exigir ni dar es una

institución falsa y desmoralizada. Sin embargo, este principio de la ficción inspira todos los planes y la

estructura de la actual Universidad.»

Después de un período en que se han logrado avances muy estimables para salir airosamente de los

cuarenta tenebrosos años, iniciamos una nueva etapa llenos de confusiones. Lo peor de la situación puede

consistir en moverse dentro de ese nuevo período sin tener conciencia clara de que la confusión ha sido

provocada deliberadamente: se ha fisgado tanto que es necesario un enorme esfuerzo para no sentirse

perdido. Siguiendo el espíritu de Ortega, en estas circunstancias podemos decir que la ficción se ha

impuesto y hace muy difícil y muy lenta la llegada de la autenticidad.

Se ha fingido sustancialmente sobre la forma y los medios de llegar al poder, así como sobre la

administración de ese poder, creando confusiones mayores que las originadas en los últimos cuarenta

años. Se ha abusado en cuanto a la distribución del poder público, manejando caprichosamente la idea de

«legalizar» y desfigurándola, en otras ocasiones, como lamentables contratos de compraventa, en el

terreno político.

Ha sido necesario un inmenso esfuerzo por parte de este grupo de republicanos puros, apegados

firmemente a las ideas limpias, víctimas de la violencia «legal», despojados felizmente de compromisos

con los mercaderes de la política, para no dejarnos arrastrar desesperadamente por otros tipos de violencia

a los que nunca acudimos más que con un espíritu estrictamente defensivo. Prohibidos por el poder

político, acusados de «ilicitud penal», aunque las más altas autoridades judiciales se declaren

incompetentes, perseguidos arbitrariamente por las autoridades públicas y amordazados por la mayor

parte de los medios de expresión, los republicanos acaso nos convirtamos en la conciencia del próximo

período que va a desembocar en una fase constituyente... ¡otra gran ficción!

Frente a las confusiones y a las ficciones, los republicanos ofrecemos la esperanza de alcanzar la

autenticidad. No nos hemos retirado por gusto, no hemos estado ausentes por conveniencia ni por

capricho: se nos ha retirado a la fuerza —¡a la fuerza «legal»!—, abusando de las reglas del juego sin

lograr que cedamos un ápice en nuestra firme postura ideológica. Nuestro nombre, que representaba el

pecado máximo en el juego del momento, ni se cede ni se cederá, porque representa la fusión más

perfecta fusión frente a confusión— de la democracia integral con el liberalismo humanista. Donde ni la

República ni el espíritu republicano van a poder hablar con autenticidad se nos va a ceder la voz en

emocionadas actitudes que tendrán su trascendencia histórica.

Serán los republicanos catalanes que han podido llegar a las Cortes, sin ceder nuestro nombre común,

quienes se conviertan en portavoces del republicanismo nacional, poniendo así una marca de autenticidad

en la solución de uno de los problemas más serios de la vida española, cuyo intento de encauzamiento

bajo la Segunda República difícilmente podrá ser superado ni siquiera igualado.

Serán también los representantes socialistas quienes aporten otra muestra de autenticidad democrática,

dando realidad a la conjunción republicano - socialista que fue restablecida en la clandestinidad del voto

secreto por la base popular.

Ahí queda, como legado de nuestra ausencia forzada, el enorme caudal de legislación liberal, humana,

noble, y justa, representado por la Constitución de 1931, los estatutos de autonomía —con su original

manera, doblemente democrática, de plantearlos y conseguirlos— y toda la legislación cívica derivada

que fue, y sigue siendo, orgullo español, por su elevada categoría intelectual y política. Nuestro sincero

deseo sería que todo ello se pudiera mejorar o superar; dudamos que se logre con autenticidad. De

habérsenos permitido, hubiéramos contribuido en la tarea de actualizar ese gran volumen legislativo,

reconociendo que no es mucho lo que ha de modificarse o ponerse al día. A pesar de las prohibiciones,

trataremos de contribuir desde fuera, noblemente, en la tarea de la actualización, al tiempo que

lucharemos pacíficamente por las reivindicaciones fundamentales.

Una vez alcanzado este confuso panorama en que un poder ha conseguido llegar donde está por

procedimientos muy distintos de como llegó aquel otro poder que se pretende prohibir y condenar, los

republicanos vamos a ser los ausentes silenciosos que sólo hablaremos en la intimidad de las conciencias,

como víctimas de un cúmulo de ficciones, y es posible que nos transformemos en una presencia que

encarne la autenticidad democrática como esperanza final.

 

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