Autor: Alameda, Soledad. 
 Rafael Arias-Salgado. Secretario general de UCD. 
 Los de la nueva derecha son cadáveres políticos     
 
 El País.    26/11/1978.  Página: 6-8, 10. Páginas: 4. Párrafos: 83. 

Hijo de un ex ministro de Franco (Arias Salgado, censor del régimen), alumno de El Pilar, colegio donde

se ha formado la élite posfranquista, vinculado desde su fundación a Cuadernos para el Diálogo, revista

que aglutinó en sus tiempos a neodemocristianos y neosocialistas opuestos a Franco, Rafael Arias-

Salgado es una de las personalidades más interesantes y más sugerentes de la nueva época. Sus perfiles

kennedianos, su reciente elección como secretario general de UCD, sus famosas uves de victoria en el

reciente congreso del partido gubernamental, lo convierten en un personaje del momento.

Rafael Arias-Salgado Secretario general de UCD

LOS DE LA NUEVA DERECHA SON CADÁVERES POLÍTICOS

Texto: Soledad Alameda / Fotos: Marisa Flórez

Dice una y otra vez que no tiene capacidad de líder. Lo afirma con sus ojos del color de uva moscatel. El

liderazgo tiene una esclavitud que no está dispuesto a asumir. «Lo que yo englobo bajo el término

genérico de Cocte, o relaciones públicas, me da cien patadas. Vamos, que no lo soporto.» Suárez no debe

temerle. Rafael Arias Salgado, ni espera, ni desea, ni sueña con llegar, a través de UCD, a presidente de

Gobierno. Eso, al menos, asegura un mes después de haber aceptado la Secretaría General del partido, en

el pasado congreso, celebrado en Madrid. Es un cargo que le coloca en la cúspide de lo que él llama «alto

estado mayor» del partido. «Un partido», insiste, «donde la capacidad de representación y liderazgo

reside en la figura del presidente».

Tiene 36 años. Desde pequeño le gustó estar entre los primeros. ¿Su vida? El la califica de «simple». A

los seis años va al colegio. Cursó el bachillerato. Fue travieso hasta los once. Luego se convirtió en un

adolescente serio y juicioso, características que sigue conservando. Fue siempre un buen estudiante, lo

que le colocó, a los dieciséis años, en la Universidad, después de aprobar dos cursos en uno, experiencia

que iba a repetir en Derecho, al aprobar en un mismo año los dos últimos cursos de la carrera.

Acudió al colegio de El Pilar, muy mencionado últimamente en las biografías de jóvenes políticos con

cargos de responsabilidad o dedicados a la vida pública. Camuñas, los Arias, Solana, son antiguos

alumnos de este colegio que parece haber preparado a sus muchachos para el triunfo posfranquista. «Era

un colegio autoritario y conservador donde la educación estaba dirigida a imbuir contenidos más que a

formar. Yo diría que su espíritu era de apostolado, militancia y asunción de dogmas con poco espíritu

crítico. La clase media española vencedora en la guerra civil eligió dos o tres colegios que, de alguna

manera, se potencian en la pos guerra. El triunfo —supongo que casual— de muchos de sus alumnos se

explica porque les preparaba no bien, pero sí mejor que otros. Había entonces una absoluta desigualdad

de oportunidades; en eso no cabe engañarse, íbamos, determinadas personas, a los mejores colegios, lo

que no quiere decir que fueran buenos. Las circunstancias inevitables de nacimiento me colocaron en El

Pilar.»

Las circunstancias inevitables de nacimiento son siempre determinantes, incluso para contradecirlas. Ese

es el caso de Arias. De un padre franquista, primer ministro de Información del Régimen, creció este

demócrata que no se interesó por la política en los años universitarios. Pero este no es tema que Arias

Salgado considere interesante, porque no cree, precisamente, que su nacimiento haya sido, en ese orden

de cosas, determinante. «Yo te pediría... Yo te pediría... En fin... Si no es imprescindible... Que no

hablemos de esto.»

Pregunta. Pero sí es importante, porque usted contestó a su padre en el sentido político del termino, ¿no es

así?

Respuesta. Bueno, mantuvimos discusiones dentro del ámbito familiar. Fue un gran padre, un padre

ejemplar y todos le tuvimos gran cariño. En casa, cada noche, se organizaban grandes polémicas y

conversaciones sobre todo lo divino y humano, que duraban hasta las dos de la madrugada. Sobre la base

de esta confrontación intelectual se fue haciendo la personalidad de cada hermano. Nuestro padre siempre

intentó formarnos dándonos capacidad de criterio y no imbuyéndonos una idea determinada. Y partiendo

de ahí, yo diría que mi proceso de formación ha sido individual. He leído mucho, lo que ha desarrollado

mi sentido crítico. Y he sido muy poco propicio a la receptividad de ideas por la receptividad misma, sin

previa reflexión.

P. ¿Es muy intenso su sentimiento de repulsa hacia la dictadura?

R. Sí, desde el punto de vista ideológico y político. Pero esto no me impide hacer análisis bastante

objetivos, creo. Hemos vivido una dictadura que ha durado cuarenta años, que ha coartado el ejercicio de

las libertades públicas y que, como ciertas dictaduras, de alguna manera encauzó el proceso de

modernización de la sociedad española y del Estado español. Dentro de un esquema de derechas; pero es

un fenómeno evidente. De la misma manera, ciertos análisis marxistas ponen de relieve que los fascismos

tienen un aspecto reaccionario, pero también es cierto que en algunos países sentaron las bases de la

sociedad industrial y del Estado moderno.

P. Sin embargo, sus condicionantes familiares podrían haber hecho de usted un hombre de derechas...

R. Mi formación intelectual no me ha llevado a ser de derechas. Muy pronto aprendí que los presupuestos

críticos de la izquierda son más profundos, porque hacen la critica del sistema y no de las personas. La

derecha no puede criticar un sistema que es el suyo y por eso critica superficialmente a las personas. A la

derecha le encanta el análisis histórico basado en la nariz de Cleopatra. Podría decirte, también, que

siempre he tenido muy claro la solidaridad total de la derecha hacia la historia de España. Ha sido incapaz

de crear un sistema de convivencia en libertad en los últimos 150 años.

Por pura coincidencia, seguramente, cierta generación del colegio de El Pilar ocupa ahora importantes

cargos en la vida española. Seguramente hay menos coincidencia en el hecho de que ocurra lo mismo con

bastante gente vinculada a Cuadernos para el Diálogo. Aquello Fue un reducto de rojos, diría entonces; de

demócratas, diríamos hoy. Arias Salgado, primero, fue de las Juventudes Demócratas Cristianas, de

Jiménez Fernández; Camuñas, Rupérez y Peces-Barba le presentaron a Joaquín Ruiz-Giménez. Y, según

cuenta gente que le conoció en aquel entonces, Arias Salgado, por casualidad o por deseo propio, se

movía más bien en las áreas de los jefes, de los mayores.

Rafael y Guadalupe se casaron. Hoy tienen tres hijos de diez, nueve y cinco años. Guadalupe es hija de

Ruiz-Giménez y trabaja en UCD, en relaciones internacionales. Se dice que sus planteamientos políticos

son más progresistas que los de su marido.

Rafael fue durante más de diez años editorialista de Cuadernos. Dice haber aprendido mucho de su

suegro: su flexibilidad, la tolerancia, el vencimiento del autoritarismo innato en la mayor parte de los

humanos. «Todos tenemos que agradecerle algo. Y es que una parte importante de la gente que está hoy

en la política o en la vida pública de alguna manera ha recibido la influencia de Ruiz-Giménez. Y este es

un dato tan real que, a mi juicio, explica —o al menos es uno de los factores que sirven para explicar— la

naturaleza del proceso de transición democrática. Porque al analizar la transición no se puede prescindir

de Cuadernos, desde el punto de vista de sus contenidos y de las personas que hemos recibido allí cierto

grado de formación política y unas pautas de comportamiento.»

En Cuadernos, y a través de los libros. Arias Salgado se forma políticamente. Porque a él, como le ocurrió

a la mayoría de los escolares de varias generaciones, ni el colegio le formó para la Universidad, ni la

Universidad le formó intelectualmente. «Hasta el punto de que tuve una crisis de adaptación. Aquello fue

un desastre. Por eso y a pesar de haber ido a buenos colegios, me considero un autodidacta. En cambio, ¡a

Universidad sí me formó humanamente.»

«Durante la carrera me dediqué básicamente a estudiar, al tiempo que preparaba oposiciones a

diplomático. Los veranos los utilizaba para aprender idiomas, porque el aprendizaje de los idiomas es

lento, no se puede improvisar. Durante todo este tiempo no tuve ninguna actividad política; lo único que

me interesaba era terminar la carrera de la mejor forma posible y cuanto antes.»

Toda la vida ha sido analítico y reflexivo. El azar cuenta poco para el secretario general de UCD. Es un

hombre frío, pero «con pasiones como todo el mundo».

P. ¿Cree en la intuición?

VIENE DE PAG. 8 / P. Pero favorece a un político.

R. En el marketing político moderno dicen que favorece. Pero yo aborrezco el marketing y, además, está

demostrado que un político no necesita indispensablemente ser guapo.

P. Dicen que ahora es usted un nombre de Suárez, más que de Fernández Ordóñez. ¿Es ello cierto?

R. Yo soy un hombre de UCD y soy amigo de mis amigos.

P. ¿Por qué le eligió Suárez?

R. No lo sé. Yo no he sido nunca... Vamos, que Suárez no me conocía. Me había visto dos veces y de

modo accidental, cuando propuso con carácter provisional mi designación como coordinador general.

P. ¿Buscaba Suárez la ideología que representa?

R. No me lo he preguntado nunca, ni he tenido curiosidad por saberlo. No creo, por tanto, que tenga

sentido anticipar un juicio.

P. ¿Cree que Suárez sigue siendo necesario para el país?

R. Yo diría que para el país sigue siendo necesaria UCD. Y que el fenómeno del liderazgo sigue siendo

inevitable en una sociedad de masas, y más aún en la española que en los últimos cuarenta años ha estado

muy personalizada, y no sólo durante los últimos cuarenta años, sino durante toda la Restauración. No

obstante hay que acabar con el fenómeno de los personalismos y las clientelas.

P. ¿Cuánto falta para que UCD pueda prescindir de Suárez?

R. No, no. Esta pregunta no tiene respuesta.

P. Pero usted tiene respuesta para todo...

R. No, yo creo que como partido político, UCD puede funcionar al margen de las personas.

P. ¿Ahora mismo incluso?

R. Bueno, probablemente se podrían producir algunos conflictos internos. Pero, para mí, la solución del

problema es bien sencilla: asumir o no asumir un comportamiento democrático, Puesto que estamos todos

metidos en la misma organización política, al final, de lo que se trata es de aceptar el resultado de una

elecciones.

P. Y, cara al exterior, al electorado, ¿es posible prescindir de Suárez?

R. Si se aceptan los resultados de unas votaciones, el partido existe sin problema alguno. Pero el liderazgo

de Suárez, hacia el exterior, es necesario.

P. Sin Suárez, ¿quién votaría a UCD?

P. Ahora mismo, con Suárez, le votaría el 35% del electorado. Sin Suárez, no lo sé. Es´una hipótesis que

ahora no cuenta.

P. Usted es del ala más progresista de Unión de Centro Democrático. ¿De gente como usted se pueden

estar sirviendo los llamados azules?

R. Yo no me siento utilizado; sinceramente, creo en lo que estoy haciendo en el partido.

P. El terrorismo está radicalizando a la gente.

R. En efecto, tenemos dos grandes problemas: el terrorismo y el paro. No creo, en cambio, que haya un

problema de deterioro del orden público, y el terrorismo está casi limitado al País Vasco.

P. Un Gobierno, ¿debe o no debe pactar con los terroristas como ETA?

R. Yo soy de los que piensan, sinceramente, que hablar con los terroristas profesionales, en un proceso

público de negociación no conduce a nada. Además, dentro del marco del Estado de derecho, difícilmente

podrían aplicarse soluciones distintas a las que se están aplicando. El problema es de principio más que de

planificación de acción concreta; o sobrepasamos los límites del Estado de derecho o no los

sobrepasamos, y mi respuesta es terminante: no los debemos sobrepasar. Hay países democráticos que

han sobrepasado estos límites. Yo creo que nosotros no podemos permitírnoslo.

Es convincente; casi tanto como Suárez cuando se dirige al país por televisión. Ambos pertenecen a esa

clase de personas que digan lo que digan, lo dicen con tal fe que transmiten su entusiasmo, su fervor y sus

argumentos. Es que tienen cara de decir la verdad y de necesitar ayuda, consuelo. Hace tres meses le

pusieron un guardaespaldas, a raíz de varios anónimos amenazantes. «Obra de los jaimitos que todavía

quedan en este país.» Pero no tiene miedo porque no se considera importante. Sin ánimo de llevarle la

contraria se podría añadir que todavía. Tampoco teme a otros enemigos, los que combaten en otro terreno.

Los de la llamada gran derecha, o nueva derecha. «Son cadáveres políticos.»

Hay algo que lamenta. Es el poco tiempo que le queda para pensar a solas, para leer sus libros, para

relajarse con Conan Doyle y Shakespeare. Les echa de menos. Y es que los días pasan volando en

reuniones, en el despacho de Arlaban, 1, la sede del partido, en pleno centro de Madrid. «Un buen sitio

desde el punto de vista de la seguridad. Porque aquí no hay quien llegue con una bomba y pueda salir

corriendo.» Le falta tiempo para sus hijos, con los que no juega, pero sí habla para despertar su espíritu

crítico. O para tomar unas copas con sus amigos. Los viejos amigos. Casi todos de Cuadernos. Casi todos

socialistas.

Amigos que aprendieron política juntos y que ahora la practican, cada uno desde su partido. «Todos

hemos asumido que las discusiones deben limitarse al terreno ideológico, nunca llegar al terreno

personal.» Compromiso, consenso. La gente lo llama -algunos- pasteleo. «No. no. Pienso que la gente al

final agradece el compromiso, el consenso. El pueblo español no quiere que nos peleemos. No creo que

ningún español, después de una guerra civil y cuarenta años de dictadura, desee otra cosa que los debates

estrictamente ideológicos.» ¿Y el desencanto? «El desencanto viene dado más por la crisis económica que

por un comportamiento normal de los partidos, de una vida política sujeta a unas convenciones y unas

reglas. Esto no es criticable. La democracia, instrumentalmente, se mantiene sobre la base de unos

partidos que concurren a unas elecciones para ganarlas. Esto es lo que permite mantener todo un sistema

de libertades individuales y colectivas. Por eso digo que al final, los españoles agradecen el compromiso.

La vida política es encontrar soluciones adecuadas para cada momento histórico. Y UCD es la solución

adecuada para este momento histórico. Por eso existe el Centro.» Por eso Arias Salgado está en él. Pero

puede llegar un momento en el que ya no se necesite el Centro.

«Lo que yo te digo es que, por naturaleza, no soy conservador. No tengo más propiedades que mi casa y

mi coche. Me aburre profundamente ser conservador porque me gusta abrir caminos. Lo cual no significa

que me lance por los caminos de la revolución o de lo que podría ser una acción política encaminada

hacia objetivos utópicos. Tampoco este tipo de aventuras es lo que me divierte. Tal vez si en el terreno

intelectual, pero no en la práctica. Los experimentos con los países son peligrosos y suelen dar malos

resultados. Probablemente no había otro procedimiento, para pasar de la sociedad feudal a la liberal, que a

través de una revolución. Creo que la capacidad de control que hoy tienen las sociedades sobre sí mismas,

como consecuencia del adelanto técnico y científico y del conocimiento sociológico, ha descartado las

revoluciones. Porque las sociedades son capaces de encauzarse a sí mismas. Todas las reformas que

queramos hacer, las podemos hacer; todos los objetivos que queramos alcanzar —los razonablemente

asequibles— los podemos alcanzar por la vía de la reforma.»

P. Tal como lo cuenta, de reforma en reforma, yendo cada vez más lejos, su partido va a confundirse con

el PSOE.

R. Es que creo que habrá una línea fronteriza, si se consolida el sistema de partidos, que a mi juicio está

consolidado —aunque algunos políticos no entienden que las consecuencias de unas primeras elecciones

libres en un país tienen influencia determinante en cuanto al sistema de partidos que engendran— donde

habrá dos grandes partidos. Hay una línea fronteriza que se toca, porque la victoria electoral se da en una

franja, entre ambos, muy pequeña, entre el 5% y el 10%. En la medida en que los partidos tienen que

asumir un comportamiento determinado cara al electorado, tienen que tener en cuenta esta franja. Así,

nosotros, tendremos una línea fronteriza con el PSOE, con el ala moderada del PSOE, que será

normalmente la que le dirija. La línea progresista será la que dirija Unión de Centro Democrático.»

Y termina su disertación como un profesor ufano de su tema. Es decir: dos grandes partidos mínimamente

diferenciados dominando la vida política del país. Y en uno de ellos, Rafael Arias Salgado, político

vocacional, cerebro gris y número dos. Siempre después de Suárez, por favor.

"UCD puede funcionar al margen de las personas. Pero el liderazgo de Suárez, hacia el exterior, es

necesario"

 

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