Autor: Galán, Lola. 
  La vida cotidiana en el País Vasco/ y 3. 
 Un territorio invertebrado     
 
 El País.    14/02/1979.  Página: 21. Páginas: 21. Párrafos: 17. 

Un territorio invertebrado

Dos jeeps inconfundiblemente verdes, un Renault y varios miembros de la Guardia Civil sobre ,1a acera, vigilantes, cubren el traslado de fondos de la caja fuerte del Banco de España en San Sebastián a la furgoneta blindada. La calle es muy estrecha y los coches taponan prácticamente la circulación. Un traslado de fondos es algo así como una operación de los «hombres de Harrelson» en Guipúzcoa, donde en los últimos años ha habido casi tantos atracos armados como días. Cruzan la calle indiferentes a las pequeñas .metralletas negras un grupo de niños camino de Radio Popular. Hoy actúan payasos, aunque no saben exactamente en qué planta, y esperan a que la profesora investigue el sitio exacto, sin fijarse siquiera en los «juguetes bélicos» de la calle de Garibay.

La vida cotidiana, la rutina en que pueden caer los acontecimientos más terribles hacen que nadie lea ya prácticamente las páginas de sucesos de los periódicos vascos. Los nombres apenas se miran, los atentados casi no se comentan. «Hay una normalidad externa que coincide con una anormalidad interna de la vida. La situación de tensión que vivimos en Euskadi produce por miedo estricto a la violencia, a los atentados, a la impresión de «ocupación» que da la policía; es una tensión que te provoca esta situación política sin resolver y que al menos en mi ámbito de trabajo —comenta un periodista donostiarra— es omnipresente. Hasta tal punto que están paralizadas muchísimas iniciativas de tipo cultural, social, etcétera, porque no hay tranquilidad, y porque sabes que en cualquier momento un acto externo a ti puede cambiar completamente el ambiente. Entonces la gente no tiene confianza.»

Una falsa apariencia de normalidad Cansancio, frustración, desconfianza, son palabras/a las que siempre se recurre para intentar definir la situación del pueblo vasco. En San Sebastián, donde repercuten hasta los más mínimos conflictos con fondo nacionalista y ningún ruido parece inofensivo, nadie se sobresalta ya por casi nada. «A veces ha pasado que se han oído disparos y nadie se ha movido pensando que eran petardos.»

La vida continúa aparentemente ordenada. Los bares de la parte vieja, cuando no hay manifestación, siguen llenos de «cuadrillas» de amigos que toman potes, la gente sigue yendo a misa y las sociedades gastronómicas se reúnen con la misma frecuencia. Sólo de vez en cuando alguna tradición se ve afectada por este estado irregular de cosas. Y es, por ejemplo, la Comparsa de Caldereros ,que no sale por las calles de San Sebastián el día señalado, a pesar de estar trazado ya el itinerario por el Centro de Atracción y Turismo. O el Festival de Cine que «se politiza», según fuentes oficiales, o los partidos de fútbol que juega el Athlétic de Bilbao, enigmática síntesis de lo vasco.

La parte vieja de Donosti, refugio tradicional de manifestaciones en retirada, se ha visto sacudida hasta lo más profundo de sus cimientos comerciales por los largos años de conflictos. «Había una manifestación y la gente se pasaba quince días sin venir por aquí.» Los comerciantes de la zona donde se concentran en un espacio reducidísimo la mayor parte de los cines, salas de exposiciones y conciertos, restaurantes y tiendas más o menos típicas de San Sebastián, decidieron finalmente unirse en una asociación, Zaharrean, que potenciara de alguna manera las buenas condiciones turísticas del barrio.

«En dos años la asociación ha conseguido con sus propios fondos una iluminación adecuada de esta zona; el que se cerraran al tráfico varias calles, además de organizar actos culturales que han animado un poco esto. Ahora se podría decir que a los dos días de la manifestación la gente vuelve a venir.» Con una cierta ironía resume así la actividad de Zaharrean uno de sus promotores.

E insiste en que las cosas no son para tanto, que te gente vasca no aband

ona el país; «eso de ningun modo. Ni hay tantos letreros de pisos en venta como ha dicho la prensa. Sólo se han ido los que no estaban arraigados y gente que había recibido amenazas, la mayoría de extrema derecha». A las siete de la tarde, hora de cierre, llueven pelotas de goma sobre la calle Mayor, poblada de carreras y algún grito. Grupos de manifestantes vienen de la plaza de la Constitución, rodeada de furgonetas grises, que han impedido dos días seguidos las manifestaciones de protesta por las últimas medidas tomadas contra los asilados vascos del sur de Francia. «Hay sectores incluso abertzales que estaban dispuestos a admitir que Francia impidiese la libre circulación de los asilados vascos, pero nadie estaba preparado para asimilar que la policía llegase a entregarlos al Gobierno español Y lo peor es que se trata de una medida poco eficaz.»

San Sebastián; cuando agosto es enero

La lenta y ansiada resurrección del euskera ha hecho proliferar en todo el País Vasco librerías especializadas, donde la gente compra hasta el último boletín redactado en un idioma misterioso y difícil que ignora el 75% de la población. Los escaparates de las tiendas de música se han llenado de elepés del grupo Oskorri, de Lourdes Iriondo, de Mikel Laboa. Benito Lertxundi extiende la nostalgia de Zuberoa con su voz imperceptible, ahogada por unos acordes claramente celtas. Suena la evocación del campo verde, intacto, de los rebaños de ovejas y las hayas sobre un fondo casi constante de conversación política. Y en la nostalgia de Zuberoa, abandonada en otro territorio, se pierde una confusa ansiedad de paz. «En cualquier caso, es una nostalgia de lo que nunca se ha tenido: El País Vasco nunca ha estado unido, e incluso hoy la inmensa mayoría del pue-blo, incluida la población inmigrante, sólo desea una lógica autonomía. La independencia es una pura utopía.» El promotor de Zaharrean, que desconfia del patriotismo exacerbado y estentóreo, está acostumbrado a esperar que las cosas se calmen en Ja calle antes de volver a casa. Unos metros más lejos, el paseo de la Concha está tranquilo, desiertas las calles que bajan a la playa de Ondarreta. La soledad de los chalets de veraneantes ha igualado dé pronto las estaciones.

Los hoteles conservan la decoración de los mejores tiempos, mientras se arruina lentamente el esplendor de las villas de «Mira-concha». La impresión de violencia que ofrece al exterior Euskadi, exagerada y, en cierto modo, falseadora, ha hecho que desertara la mayor parte del turismo español y extranjero. El Festival de Jazz de junio del año pasado acusó alguna baja notable por este motivo, y el Festival de Cine es siempre un foco óptimo para lograr que tengan eco las protestas políticas.

«El año pasado ha sido absolutamente catastrófico. Villas que se alquilaban hace cinco o seis años por 180.000 pesetas la temporada han permanecido vacías todo el verano.» El presidente de Aspagui (Asociación Patronal de Alojamientos Quipuzcoanos), que engloba entre sus asociados al 80% de la capacidad hotelera de esta costa, maneja la depresión económica del sector con un cierto distanciamiento. «Hace poco ´ cerró aquí el hotel Hispanoamericano y se han subastado otros dos. Otro tanto sucede en Cestona, en Fuenterrabía. En Zarauz se vendió La Perla, ha cerrado el Euromar y ya sólo queda en pie el Zarauz como hotel de gran capacidad. Son los veraneantes fijos, esas quince ó veinte familias que antes venían todos los años a cada hotel, los que no han vuelto más.»

La incertidumbre, la impresión de inseguridad que agranda la distancia y las características concretas de la zona están detrás de este desastre. «Es cierto que a San Sebastián venían acompañando a Franco toda una escolta de ministros, subsecretarios y algunos embajadores que al año siguiente de morir él no volvieron. Y que después se ha producido una especie de boicot, porque buena parte de los que pasaban antes las vacaciones aquí se han desplazado a Santander. Incluso las agencias de viajes son un poco reacias a organizar vacaciones en Euskadi.» .

Dicen los empresarios hoteleros vascos que en las campañas de promoción turística que se están realizando en televisión y en la prensa, bajo el lema «España, sin ir más lejos», no aparece una sola imagen del País Vasco. «El ministro de Comercio nos señaló la imposibilidad de incluirnos en ninguna campaña general, por lo que podría tener esto de perjudicial sobre la imagen turística de otras provincias —comenta el señor Bernáus, presidente de la asociación—. De forma que entre todos los afectados nos hemos decidido a financiar una cam-

paña publicitaria en Alemania, que parece ser el país más interesado en esta costa.» Y comenta cómo hasta los viajantes de comercio prefieren detenerse en Vitoria camino de Francia, «me dicen que sus mujeres se quedan más tranquilas si no pasan por aquí.

Se le acusa al Gobierno de tener poca imaginación, de no ir más lejos, ni un centímetro más de las peticiones de autonomía constantemente recortadas, discutidas, regateadas. El CGV tiene un cierto haló de interinidad que exaspera. En San Sebastián ocupan un edificio cedido, según se dice, por un industrial, y en ´´ Bilbao, dos salas de la Diputación. Y asi el pueblos vasco, «el más i insatisfecho con el régimen franquista», si nos atenemos a las encuestas que revela el sociólogo ; Luis Núñez, de la coalición Herri Batasuna, y actualmente en prisión, en su libro La sociedad vasca actual, continúa siéndolo con la democracia.

Política, la actividad de todos los vascos

La efervescencia política, y no sólo la violencia, está creando problemas suplementarios en el panorama sobrecargado de tensiones de Euskadi. «Es un hecho que los intereses de los partidos están contribuyendo a separar la población vasca de la inmigrante. Siempre se ha convivido aquí con naturalidad. Mi familia es castellana y en una larga primera etapa de quince años no me tropecé con las realidades vascas para nada, tal vez porque se encontraban muy asimilados a España. Sin embargo, las cosas han cambiado mucho y aunque la población que venido de fuera ve con simpatía las aspiraciones de autonomía de este pueblo, creo que, cuando Euskadi se opone al Estado español, se sienten un poco apartados del vasco. De todas formas —añade Mariano Ferrer, primer director del diario Egin, que mantiene un programa de radio de gran audiencia en San Sebastián—, esto es sólo mi opinión, si hay algo que me fastidiaría es ponerme ahora a pontificar sobre la situación que vivimos aquí.»

Las librerías vascas, que proliferan en este clima de búsqueda desesperada de raíces, ponen apresuradamente a la venta estudios, análisis, libros. «Y, sin embargo, somos muy pocos los escritores en euskera», se queja Arantxa Urretavizcaya, autora de Zargatix, Panpox, y, hoy por hoy, la única mujer que escribe prosa en esta lengua endiablada, aunque sea una prosa muy lírica y sedante, próxima a la poesía. Y se lamenta de que su generación está ya un poco vieja y, en cambio, no han surgido apenas autores jóvenes. «Yo voy a cumplir 32 años, ¿dónde están los escritores de veinte y veinticinco? Claro que en la tensión en que vivimos es difícil escribir, parece una actividad frivola, el tiempo se va en una constante necesidad de definirse políticamente en asambleas, manifestaciones o artículos.»

Arantxa Urretavizcaya, que se siente profundamente afectada por los acontecimientos que se refieren a Euskadi, abandona el diario Egin, donde han fracasado los intentos de convergencia de la izquierda abertzale. Hierve Euskadi en un conflicto de tendencias políticas, de contradicciones de entre las que, la más dramática, la más aglutinante, sigue siendo la que mantiene viva el pueblo vasco con el Gobierno central de Madrid.

 

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