Autor: Monzón, Manuel. 
   La imprescindible condena     
 
   16/05/1975.  Páginas: 1. Párrafos: 5. 

La imprescindible condena

HOY, que tanto se habla de política y que proliferan las declaraciones de este tipo, pienso que no seria malo recordar que la base del diálogo necesario debe estar constituida por acuerdos monolíticos sobre parámetros esenciales. Se me ocurre que, ante la vileza incalificable, cobarde y demencial que entraña el asesinato de irnos servidores del orden y la convivencia Je los españoles, resulta exigible el que los hombres tenidos —o que se tienen— por políticos deberían tener la clara arrogancia y a! valor, cualquiera que sea su forma de censar, de aprovechar la primera ocasión que se les presente para manifestarse públicamente con el fin de condenar estas bárbaras prácticas terroristas, estos atentados salvajes que a todos nos manchan un poco. Ante esta brutalidad increíble, ante este comportarmiento de jungla, no caben las componendas ni las pretendidas explicaciones respecto de que su origen o desarrollo radican en también pretendidos errores en determinados tratamientos políticos regionales. El entrañable País Vasco y España entera se están viendo salpicados y aterrorizados por la saña repugnante de unos asesinos que están habiendo bueno aquello de que la bestia más salvaje es el hombre cuando se olvida de que lo es. Produce estupor la enorme dosis 1e crueldad de estos chacales, profesionales del terror, de la violencia y de la muerte.

No, no hay explicación —supongo, que nadie se atrevería a encontrar justificaciones— que valga para estas barbaridades. Es preciso que todos, sin excepción, aportemos nuestro apoyo y nuestra condena. La autoridad y ios servidores del orden y la paz se han de sentir respaldados masivamente en su heroico esfuerzo para acabar con esto que empieza a constituir una indignidad nacional. Hasta el último rincón de España se debe sentir solidario del dolor y la repulsa de los vascos al verse mordidos por la fiereza de la agresión chacal. No hay heroísmo ni valor en esta forma de proceder. Hay, a lo sumo, locura al demencial servicio de una crueldad sin límites que jamás, jamás puede intentar explicarse por motivaciones políticas. Yo, cuando niño, en aquella inolvidable mala na de diciembre de 1946, recuerdo cómo os madrileños, los españoles todos, sin distinción de ideologías ni matices ni ciases socales se apiñaron y enronquecieron gritando su repulsa ante el intento internacionalista te doblegar el orgullo hispano. Sí, recuerdo perfectamente cómo los Benavente, Marañón tantos otros descendían por las calles que conducían a la histórica plaza de Oriente madrileña, mezclados con todo un pueblo, para expresar su repudio a la coacción extraña.

Ahora es la dignidad de nuestro pueblo, en la entrañable tierra vasca, la que se está viendo ferozmente ofendida y conculcada. Y, como siempre, aunque los protagonistas sean un puñado de locos nacidos en nuestro suelo, viene de más allá de nuestras fronteras la instigación, el apoyo y el veneno. No levantar la voz contra la brutalidad terrorista constituye cobardía. La defensa contra este tipo de atentados, dirigidos contra el corazón mismo de la convivencia en paz de todos los españoles, exige el que todos nos alineemos en el mismo bloque, sin fisuras. Cualquier forma de deserción en estas circunstancias —y el silencio es una de ellas— constituye insolidaridad injustificable. Esos servidores del orden, caídos en servicio claro a la comunidad, nos están defendiendo a todos, al profesional y al trabajador, a la madre y al niño, al empresario y al agricultor, al intelectual y al político. El orden y la paz que se esfuerzan en mantener a ultranza son los únicos capaces de hacer posible el diálogo que se considera imprescindible para caminar hacia adelante. En cada uno de estos actos terroristas lo que se asesina un poco cada día es también el diálogo y la democracia. Díganlo, pues, claro y fuerte, intelectuales, editorialistas, comentaristas y políticos. No hay nadie más antidemócrata que los que pretenden convertir en argumento el plástico, la pistola o la metralleta.

Estamos permitiendo con ligereza increíble que nuestras mujeres y nuestros niños sean alineados y enfilados por estas armas asesinas. En Aaiun, un niño que sólo sabía de juguetes, se ha encontrado en su curiosidad infantil con el artefacto mortífero, indiscriminadamente mortífero, colocado por nuestra indiferencia, la de todo nuestro mundo estúpido y cobarde, que ha segado su vida. Es preciso acabar de una vez con ese torrente de debilidad y tolerancia que en nuestro Occidente consumista y materialista no es sino reflejo de miedo y egoísmo. ¿Cómo nos atrevemos a hablar de dictaduras si estamos contemplando pasivamente cómo se ejerce la dictadura terrorista y aún hay quien ¡menta explicarla? ¡Ay, cuánto daño hizo aquello de equiparar o pretender equiparar la violencia asesina y terrorista con la necesaria, imprescindible represión!

Basta ya de tonterías. Basta ya de conectar el problema del tratamiento regional con el terrorismo, que nunca ha sido ni será jamás argumento válido para la reivindicación política. E. T. A. no tiene nada que ver con el pueblo vasco. No hay más que una desgraciada coincidencia geográfica que mañana nos puede tocar a otros en cualquier rincón de la nación. Que nadie siga lamentando las medidas excepcionales que el Gobierno toma para combatir la fiera terrorista, porque no es, en definitiva, el Gobierno quien las adopta: es el enemigo quien las impone. ¿Cabe mayor excepción que la muerte violenta? Por supuesto —y estoy seguro que los vascos io entienden perfectamente— que tales medidas no van contra el trabajador, honrado y religioso pueblo vasco. Todo lo contrario, aquel pueblo maravilloso solamente ha de recibir la condolencia por la desgracia que io azota y estoy seguro que hoy comprende mejor que podamos hacerlo ninguno de los restantes de España !a implantación de las excepcionales medidas adoptadas. No se trata de darse —de darnos— a amarguras desesperadas ni a negros sentimientos vengativos, Se trata de afirmar, con nuestras voces y nuestros comportamientos, que la patria va a seguir su rumbo, sin confusiones en lo esencial, firme en sus ideales de justicia y unidad que unos fanáticos desesperados quieren destruir al carecer de medios persuasivos para imponer su torpe voluntad. Los Oquendo, Legazpi, Urdaneta Churruca y tantos otros protagonistas de nuestra Historia deben estar revolviéndose indignados en sus tumbas al sentirlas pisoteadas por la barbarle y estulticia de quienes, ignorantes sobre todo, están intentando negar al pueblo vasco su carácter excepcionatmente ibero

Manuel MONZÓN

 

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