Decíamos ayer...     
 
 ABC.    17/09/1974.  Página: 26. Páginas: 1. Párrafos: 14. 

DECÍAMOS AYER...

Desde hace más tiempo del que desearíamos, algunas noticias referentes a enfrentamientos de las fuerzas del Orden con activistas de E. T.A. finalizan con una desesperante frase en la que se da cuenta —como ha ocurrido recientemente con el terrorista Francisco Javier Aya Zulaica, uno de los presuntos asesinos del almirante Carrero Blanco— de que el perseguido, tras huir a lo largo de la frontera, ha llegado a alguna localidad francesa, donde ha encontrado refugio y atención de todo tipo.

El criminal atentado terrorista en la madrileña calle del Correo nos vuelve, una vez más, a la consideración de este problema, que ha merecido reiterados comentarios de seria censura en estas columnas de ABC. Desde hace casi cuatro años, con explicable insistencia, demandarnos de las autoridades francesas una política de buena vecindad, de servicio a la reciprocidad y juego limpio en cuanto se refiere a quienes buscados como delincuentes por la Policía española encuentran tranquila estancia, al parecer, en el país vecino, nada más atravesar ía frontera.

Decíamos ayer —enero de 1971— «El pueblo español se pregunta, además, ¿cómo es posible que una nación amiga permita que se organicen a unos cuantos kilómetros de nuestra frontera los mandos de la E.T.A. y los diferentes grupos de exiliados que atentan contra la unidad sagrada de nuestra Patria?»

Decíamos ayer —en diciembre de 1973, a raíz del asesinato del almirante Carrero Blanco—: «La complicidad, la tolerancia o el comportamiento negligente de los servicios de seguridad en territorio vecino a aquel en que la guerrilla terrorista despliega sus actividades es condición sin la cual no puede ella medrar. Lo prueba la experiencia internacional más reciente. No hay guerrilla que subsista ni terrorismo que prolifere si se les priva de apoyo territorial afuera del escenario de sus actuaciones.

Este es para los españoles un casi viejo problema. El terrorismo de la E. T. A. viene teniendo en las facilidades francesas —mayores o menores; pero facilidades, al cabo: posibilidades— la condición necesaria y suficiente para poder atentar contra la paz y el orden público de nuestra Patria. Secuestros y asesinatos, toda suerte de violencias perpetradas al sur de los Pirineos por los comandos del terror separatista, no habrían acontecido verdaderamente si los cuidados y los necesarios desvelos del Gobierno de Francia hubieran sido paralelos a sus palabras y proclamas de amistad.»

«Nosotros, vinimos a señalar ayer, no hemos podido salir de nuestra asombro al saber que la organización terrorista-separatista no sólo ha tenido ocasión en suelo galo de preparar el asesinato del almirante Carrero Blanco, sino que también han dispuesto de los medios publicitarios y periodísticos franceses para modelar ante la opinión sus «justificaciones» y lanzar su propaganda revolucionaria. Comparadas las medidas de control que el Gobierno de París aplicó a los terroristas escapados con los resultados obtenidos por éstos —desde el petardo provocador al magnicidio—, pese al denodado esfuerzo de las fuerzas de seguridad españolas, la conclusión a que de inmediato se llega es la de que las medidas aquellas sólo han respondido a una estricta voluntad de guardar las formas, los buenos modos exigibles en una relación de correcta vecindad. Pero no trasciende en absoluto de tales actuaciones, habida cuenta su comprobada insuficiencia, un empeño riguroso de poner la conducta al mismo rasero que las palabras de profunda amistad...»

«La Europa atribulada por dificultades económicas, actuales y potenciales —mucho más temibles éstas— tropiézase también con un terrorismo en aumento, como el que reiteradamente la sacudió a comienzos de esta centuria. El neoanarquismo es, cabría decir, el género: sus especies o ramas se diferencian al hilo de las circunstancias de cada país. Y es por ello por lo que tampoco cabe una inhibición en cualquier Gobierno ante lo que ocurre en el país vecino. Aparte las obligaciones específicas derivadas de la vecindad correcta y la amistad proclamada, existe un imperativo que emana de la necesidad de atender la propia seguridad.

Ni la tolerancia ni la negligencia frente a personas cuya conducta y actividad en territorio propio se orienta al daño del vecino son garantía de que un día tal conducta no se volverá contra los tolerantes y los negligentes ni tampoco, como decimos^ son de recibo en una relación de amistad.

Dos cosas, pues, nos queda esperar de Francia: el control efectivo por sus autoridades y en su territorio de la especie terrorista que nos ha tocado en suerte dentro de la plaga de bandidaje que se extiende por Europa o la rápida desescalada de su verbalismo filoespañol.

Tan claro como nuestro pronunciamiento por lo primero, tan evidente como ello, es que las cosas no pueden seguir como están. Hay que poner los hechos, el comportamiento, al mismo nivel que las palabras. En beneficio de las mutuas relaciones y de los comunes interésese

Sea admitida la reproducción casi íntegra de este comentario —que se publicó bajo el tituló «Vecindad y terrorismo»— por la rigurosa actualidad que recobran hoy, por desgracia, sus párrafos y conceptos principales.

Nada más es necesario añadir. Baste, en otro caso, recordar que algunas fechas después —en enero de 1974— todavía nos referimos ai aspecto jurídico de la obligada extradición:

«Naturalmente, las autoridades francesas pueden —pueden y deben— investigar las actividades subversivas de miembros de la E. T. A. o de cualquier otro grupo análogo en territorio francés. Y pueden y deben encausar y juzgar y condenar a los culpables si se prueba la materia delictiva.

Pero las normas más comunes del Derecho Internacional prefieren, siempre, que los delitos se jueguen allí donde han sido cometidos.»

17 BE SEPTIEMBRE DE 1974. EDICIÓN DE LA MAÑANA. PAG. 26.

 

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