Autor: Ceballos Acha, Juan A. De. 
 Historia. 
 Cipriano Mera, el último guerrillero     
 
    Páginas: 1. Párrafos: 6. 

CIPRIANO MERA, EL ULTIMO GUERRILLERO

LA escueta nota de agencia nos trae la nueva del fallecimiento en París, el

pasado 25 de octubre, de uno de esos originales, fascinantes e incongruentes

tipos humanos que la historia española emerge de su acontecer, principalmente en

el transcurso de las frecuentes guerras de todo tipo que la salpican: un

anarquista, Cipriano Mera.

Para la actual generación, poco o nada dice el nombre. Sí lo significa, sin

embargo, para aquellos que vivieron y sufrieron la contienda civil española, en

la cual este hombre de rostro agrio, piel curtida y vulgar aspecto de campesino

surcado, juega un importante papel, al menos en el envite final. Es Mera, nacido

en 1898, albañil de profesión, anarquista convencido, implicado de Heno ya en su

juventud en luchas sociales, en tes que siempre destaca con calidad de líder.

Tenaz y honrado, presidente del más poderoso sindicato de la C. N. T. madrileña,

el de la Construcción, sufre cárcel al inició de !a sublevación militar dirigida

por el general Fanjul. Es e! momento de Mera, el Gobierno arma las masas y crea

la milicia popular que tantos jefes militares no profesionales va a proporcionar

al desasistido Ejército de la República.

Setenta mil trabajadores madrileños del ramo obedecen ciegamente a su jefe,

preso a ia sazón en la Cárcel Modelo a consecuencia da los choques habidos entre

ios eiementos de la U. G. T., C. N. T. y grupos de esquiroles al reclamar

violentamente mejoras salariales las dos primeras organizaciones. El día 19 de

julio, Mera se incorpora en calidad de comandante a los grupos armados que

atacan los focos de sublevación. Una vez reducidos éstos, se Incorpora a la

columna del Rosal, que tiene como objetivo único el que los embalses del lozoya

—que abastecen de agua a la capital— no caigan en poder de los nacionales.

Y a lo largo y a lo ancho de tres años, la figura de Cipriano Mera pasa de ser

un mero líder político para convertirse en un excelente táctico militar.

Interviene en acciones en el valle del Tíétar, en Albarracín..., siempre al

frente de columnas anarcosindicalistas. En cada acción se destaca como audaz,

intuitivo y astjto. Goza de la admiración y aprecia de la tropa y no rehuye en

ningún momento ia presencia en primera línea.

En noviembre de 1936, el albañil en funciones de comandante acude en auxilio del

Madrid sitiado por las fuerzas del general Várela. Tomará el puestc de

Buenaventura Durruti —otra leyenda anarquista—, muerto er el ataque al hospital

Clínico. Estará presente en el desastre italiano de Guadalajara, donde mandará

una de las alas que provoca el derrumbamiento del Cuerpo de Voluntarlos

Italianos, y verá, en julio da 1937, diezmada en Brúñete la 14 división a sus

órdenes. Sin embargo, poco después, y al cesar en el mando el teniente coronel

Perea, Mera queda al cargo del Cuarto Cuerpo de Ejército republicano. Será,

después de Uster, el segundo jefe de milicias del renacido Ejército que

combatirá en el Ebro.

Es al declinar la guerra civil y concretamente cuando ia constitución del

casadisla Consejo de Defensa —en abierta ruptura con el Gobierno Negrín— el

momento de la manifestación os Mera como figura histórica de la contienda. Su

intervención en apoyo de dicho Consejo al lado de hombres como Segismundo

Casado, Wenceslao Carrillo y Julián Besteiro, partidarios de la rendición a

Franco, evita un baño de sangre a la capital al oponerse a las columnas

comunistas mandadas por el coronel Barcelo y que avanzaban sobre Madrid.

Su valor lo mantiene hasta el fin. El día 28 de marzo abandona los frentes de

batalla, ya silenciosos, y marcha exiliado a Casa-blanca. No termina aquí la

aventurera vida de Cipriano Mera. En 1940, estallada te guerra mundial, fas

autoridades nacionales solicitan su extradición al residente francés en

Marruecos, general Nogués. Es condenado a muerte. Logra —no obstante— la

conmutación de la pena y permanece seis años en prisión. Marcha a París con su

mujer y sus dos hijos, y en pacifica vida de jubilado han transcurrido los

últimos años de su vida. Siempre con la inevitable nostalgia de la patria

perdida.

Juan A. de Cebados Acha

 

< Volver