La jornada en que la historia de España cambió de rumbo, contada minuto a minuto (II). 
 La despedida de Suárez parecía un velatorio     
 
 Diario 16.    17/03/1981.  Páginas: 1. Párrafos: 25. 

La jornada en que la historia de España cambio de rumbo, contada minuto a minuto (II)

LA DESPEDIDA DE SUAREZ PARECÍA UN VELATORIO

Jueves, 29 de enero, 14,35 horas. PM. Calle Alfonso XII. Domicilio particular de José Mario Armero,

presidente de la agencia de noticias Europa Press.

Todo estaba dispuesto en la Moncloa, aquel mediodía del 29 de enero, para que el presidente Suárez

grabará ante las cámaras de televisión su mensaje de dimisión. El ambiente entre los colaboradores más

íntimos era el de un velatorio. Sólo fue roto por la indignación que produjo la filtración de la noticia a

través de los críticos de UCD, difundida por Europa Press. Landelino Lavilla, sin embargo, no reveló el

secreto.

Todo ello lo cuenta José Oneto, director de «Cambio 16», en su libro «Los últimos días de un presidente.

De la dimisión al golpe de Estado», cuyo último capítulo publica DIARIO 16 por gentileza de la Editorial

Planeta.

El teléfono 223 97 85, correspondiente al abonado de Madrid José Mario Armero Alcántara sonó cuatro

veces. Lo cogió la chica de servicio que oyó que le preguntaban con insistencia por Antonio Herrero

Losada.

Antonio Herrero, director de la agencia de noticias Europa Press, hacía ya casi un cuarto de hora que

había llegado al domicilio de Armero donde un grupo de amigos iba a darle una comida homenaje a Josep

Tarradellas con ocasión de su visita a Madrid.

Los comensales, el periodista Emilio Romero, el abogado Fernando Escardó, el industrial Santiago

Gramunt, el duque de Alba, el director de «ABC», Guillermo Luca de Tena, el empresario Santiago

Foncillas, el ex consejero de la Generalidad Manuel Ortínez, Josep Tarradellas y el propio José Mario

Armero, se extrañaron que Antonio Herrero Losada, tuviera que suspender la comida y acudir, con mucha

urgencia, según le habían dicho, al teléfono.

Al otro lado de la línea telefónica el periodista Jesús María de Zuloaga le comunicaba a Herrero que un

miembro del sector crítico, que había estado toda la mañana reunido con Landelino Lavilla en su

despacho, le había asegurado que Suárez iba a dimitir.

Herrero preguntó simplemente si la fuente era buena.

«De toda confianza», respondió Zuloaga.

«Entonces llama a Jesús Frías, díselo y dadla».

Antonio Herrero volvió a la mesa y, antes incluso de sentarse para reanudar la comida, soltó la noticia sin

ningún tipo de preámbulo: «Suárez va a dimitir.» El silencio, de segundos, fue espeso, dramático.

A las 15,31 horas, el teletipista Miguel Sánchez de la agencia Europa Press avisaba a todos los abonados

de la agencia con las campanitas de urgencia y escribía directamente sobre el teletipo: «Miembros del

sector crítico estiman que Adolfo Suárez podría presentar su dimisión esta tarde.»

Jueves, 29 de enero, 15,35. Dependencias del palacio de la Moncloa

Alberto Aza y Josep Meliá recibieron nerviosos la noticia de que la agencia Europa Press había hecho

público que, según miembros del sector crítico, el presidente Suárez iba a dimitir. En el despacho de

Alberto Aza, situado enfrente mismo del antiguo despacho presidencial, hundidos y casi con ganas de

romper a llorar, estaban hablando con Fernando Castedo, con Jesús Picatosto y con Iñaki Gabilondo.

«La tensión contenida en aquel despacho pompeyano, decorado con librerías por todas partes y lleno de

muebles neoclásicos, cada uno distinto del otro, podía romperse en cualquier momento. Aquello parecía

un velatorio y recordaba las escenas de todos los obispos familiares en los que es difícil hablar para no

meter la pata», confesaría semanas después uno de los testigos.

Con las manos en el bolsillo y paseando de punta a punta, Aza intentaba descargar sus nervios apretando

con fuerza la pipa de fumar entre los dientes.

Meliá, con el rostro desencajado, hacía lo mismo con el puro que no había abandonado desde hacía días,

creyendo encontrar en él remedio a su terrible depresión.

Rosa Posada, callada, parecía esperar el momento oportuno para dar el pésame a los desconsolados

familiares que tanto habían perdido.

Por decir algo, por romper la terrible sensación de orfandad y pérdida que parecía desprenderse de los

viejos muebles, de las viejas lámparas, del artesonado recargado del techo y de los personajes, Iñaki

Gabilondo intentó iniciar una conversación preguntando si había influido mucho la huelga de los

controladores.

Deprimido, casi con voz de ultratumba, Aza cogió por un momento su pipa entre las manos para afirmar:

«La huelga ha cambiado el curso de la historia.»

Cuando Iñaki Gabilondo se dirige hacia el despacho del presidente donde se va a realizar la grabación se

encuentra, en la galería de acceso al despacho, a Adolfo Suárez.

Suárez está tranquilo, sonriente, relajado. Tiene el rostro cansado y unas visibles arrugas le surcan los

ojos, más brillantes de lo normal.

Al reconocer a Gabilondo, Suárez le da un efusivo abrazo y le transmite su enhorabuena por su

nombramiento de jefe de los informativos de Televisión Española.

Sorprendido de la conversación que comienza a entablar el presidente, Gabilondo le dice:

«Presidente, no se si me tienes que dar la enhorabuena o el pésame.»

Suárez le contesta rápido:

«Lo que te puedo asegurar es que yo conozco Televisión desde que estuve de director general, y conozco

muy bien la Moncloa. Y te aseguro que es mucho peor lo de Televisión.»

«Pues la verdad es que no me das muchos ánimos, presidente...», responde Gabilondo.

 

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