Autor: Dávila, Carlos. 
 Recelos y terrores en la vuleta de Suárez. 
 UCD, un invento político a punto de estallar     
 
 ABC.    12/04/1981.  Página: 9. Páginas: 1. Párrafos: 10. 

Recelos y temores en la vuelta de Suárez

UCD, un invento político a ounto de estallar

Por Carlos DAVILA

«Si interviene en política será por testaferros.» Uno de los centristas más leales a Suárez,

acompañante turístico por América, asegura que el «presidente» (recuérdese: le siguen

llamando así) quiere demostrar dos cosas: primero, que puede ganarse la vida sin la política, y,

segundo, que es capaz de curarse de la enfermedad del desgaste en un tiempo récord. Nadie

lo duda y esto es, precisamente, lo que se teme.

En UCD (Arlaban) los hombres de Suárez han colocado a peones importantes en los puestos

claves. Sigue Rafael Calvo, más ilusionado que nunca en hacer de UCD —ya se sabe— el

«centro-centro». A su lado se mueve un personaje con escasas simpatías, Jesús Merino, que

un día perteneció a la Federación de Partidos Demócratas y Liberales y que hoy concita sobre

sí recelos y más de una sospecha. Calvo Ortega ha cedido el protagonismo de primera línea a

Rodríguez Sahagún, alejado por sus fracasos del mundo parlamentario y dedicado a hacer

imposible la ruptura, objetivo en el que ni él mismo cree. Blas Camacho es el secretario de

Finanzas dispuesto a aminorar, con celo y honestidad, la deuda de cuatrocientos millones que

sufre el partido, producto del descontrol electoral y del «peloteo» de créditos y letras que el

anterior secretario de Finanzas se vio obligado a realizar. Camacho tiene, además, otra

prioridad: terminar para siempre con las sociedades paralelas.

LA OBSESIÓN DISCIPLINARIA

Alguna de estas sociedades, caso Legio Séptima, antecesora de Estinge —la empresa que

tiene dificultades para continuar en su domicilio actual— fueron creadas en los viejos tiempos

con la radical oposición de muchos centristas que entonces trabajaban en la dirección del

partido gubernamental. Blas Camacho, que aceptó su cargo con la condición total de

independencia, quiere poner orden en la casa ucedera y va a terminar con este tipo de

empresas que, por otra parte, son similares a las que poseen muchos partidos políticos

europeos. No valen, sin embargo, para la nueva etapa de transparencia.

Los actuales jerarcas de UCD, alguno de los cuales ya ha tenido problemas graves, como Diez

Nicolás, tienen en estos momentos una sola obsesión: hacerse respetar. Para conseguir lo que

parece imposible, el presidente y las Secretarías ejecutivas van a actuar con singular dureza.

Los díscolos, los voceros incontrolados van a sufrir las consecuencias de una campaña de

vigilancia y acoso que en el argot interno se llama disciplina. Uno de los principales dirigentes

de UCD, el «anarco-señorito», como le denomina un diputado «azul», Miguel Herrero

Rodríguez de Miñón, ya ha sido llamado al orden. Si se pudiera, perdería su sillón de portavoz

parlamentario, pero la jugada es ya estatutariamente imposible. Miguel Herrero, pues, a pesar

de sus profundas y continuas desavenencias con el «jefe Sahagún», seguirá en su puesto.

Eso, si los que mandan, los de siempre, no consigan su cabeza-dimisión.

LOS HOMBRES VIEJOS DEL PACTO

Sin embargo, siguen mandando los mismos. La prueba más evidente es el pasado episodio de

la amnistía. La Ponencia del Comité Ejecutivo (Cisneros-Reol-Camacho) desaconsejó

repetidamente la extensión del perdón para todos; pero se quiso vestir el muñeco. Se trataba,

en definitiva, de recuperar para la militancia activa al ex ministro Enrique Sánchez de León,

enfrentado en un duelo político irreversible con el titular de Defensa, Alberto Oliart. Martín Villa

y Rafael Calvo hicieron cuestión de honor de la amnistía al ex ministro y el Comité Ejecutivo,

volcado en el mismo sentido, no encontró otro método que conceder la absolución a todos los

militantes sancionados. El Comité de Disciplina, un curioso organismo, dimitió en pleno. Ganó,

pues, Martín Villa, el ministro de Administración Territorial, que controla seis provincias —

aspecto éste insignificante cara a las próximas elecciones provinciales del partido, que se

llevarán de calle los suaristas— y que no renuncia a «entenderse políticamente» con nadie.

Uno de sus hombres, Lorenzo Olarte, presidente de AVIACO, habla y no acaba de las virtudes

de Adolfo Suárez, virtudes en las que este conglomerado martinvillista, al que se incorporó Pío

Cabanillas antes del Congreso del partido, no creía en absoluto.

Y es que estos son tiempos de tanteo: los grupos, grupúsculos y hasta los personajes

solitarios, otean el horizonte centrista para saber con quién se alían. Y esto no solamente lo

hacen los suaristas. Lo hace, por ejemplo, Francisco Fernández Ordóñez, que está volviendo a

«calentar» sus relaciones con el ex presidente y que mantiene frecuentes contactos

extraministeriales, la mayoría de ellos gastronómicos, con Pío Cabanillas, el poderoso ministro

de la Presidencia que trata, a su vez, de abrirse camino en las zonas radicales, gracias a los

oficios, buenos y desinteresados, de un empresario periodístico.

La clave de esta nueva política de alianzas, verde aún, pero ya iniciada, es, ni más ni menos,

que la operación «Reconstruir UCD». A estas alturas nadie, salvo el voluntarioso Calvo Ortega,

el presidente Rodríguez Sahagún (que ya ha amenazado públicamente con un congreso

extraordinario) y algunos ejecutivos de la nueva hornada, cree en la supervivencia política de

un proyecto que fue útil en la transición, pero parece, hoy por hoy, insostenible. Insostenible, a

pesar de que José Ramón Caso, el máximo «electorólogo» del partido, afirma que la militancia

está subiendo en provincias tan conflictivas como Navarra.

LAS MÚLTIPLES DIVISIONES

La reconstrucción exigirá un nuevo pacto. Y en ello andan los mismos hombres que firmaron el

acuerdo de asociación en julio del 77. Pero en esta ocasión ya no es tan fácil. La división está

cantada y más que en ningún otro lugar en el Congreso, donde los diputados se unen en

subespecies como el «Grupo Parlamentarlo Socialdemócrata» (hasta hay membretes con esta

denominación. Cristiano, suarista, martínvillista, liberal... Y los independientes. Estos son los

congresistas más numerosos. Casi todos pertenecen a esa rara fantasía política que se llamó

«jóvenes turcos» gracias a las lecturas francesas del diputado melillense García Margallo, casi

todos están ahora conformes en dejarse liderar por el portavoz, Miguel Herrero, y, sobre todo,

en mantener las distancias con los «treinta y tres de Rafael Arias» que encarnan, aunque no

reconozcan filiación orgánica, el mismo proyecto político que Adolfo Suárez y están dispuestos

a ayudarle a no perderse en el ostracismo de los altos del hemiciclo.

Los cristianos son otra cosa. Están mejor organizados que nunca y aunque Osear Alzaga

afirme que, por ahora, «van a hacer el Tancredo», no es verdad. Están activos y

comprometidos. Entre ellos ha cundido una consigna: si hay que pactar de nuevo, se pactarán

hasta las siglas. Pero en esto no es probable que tengan éxito. Pueden tenerlo más en sus

intenciones fijas de adscribir a UCD al Partido Popular Europeo, fin que persigue con particular

denuedo el secretario de Relaciones Internacionales, Javier Rupérez, y que parece apoyar

Rodríguez Sahagún. La entrada de UCD en la internacional democristiana, entrada que según

el antiguo miembro de Izquierda Democrática Antonio Vázquez apoya el 90 por 100 del partido,

supondría, de realizarse, otro factor más de división. Y quizá el definitivo de ruptura.

EL CAPITAL POLÍTICO DE UCD

Estos días, a escala juvenil reducida, se están reproduciendo los enfrentamientos de enero.

Las Juventudes celebran su Congreso después de Pascua. La doctrina oficial era, hasta hace

escasas fechas, apoyar al liberal Pedro Pérez, uno de los políticos jóvenes con más porvenir

inmediato. Sin embargo, pronto comenzaron los recelos. Los primeros partieron de Calvo

Ortega; los segundos, por extraño que parezca, de las huestes de Fernández Ordóñez,

obedientes a las directrices del toledano Gregorio Peláez, un fiel intérprete de Rafael Arias

Salgado. Peláez en esta ocasión ha ido mucho más lejos que su jefe, porque éste no quiere

choques con una candidatura, la de Pedro Pérez, que apoyan centristas de tanto peso

específico como Juan Manuel Reol. Peláez, pues, se está quedando solo.

De todo este galimatías de intereses, presiones, intrigas y protagonismos, una cosa es cierta:

no existe guerra alguna entre el presidente de! Gobierno y el del partido. Nadie quiere

denunciar algo que no se ha producido. Al menos, con ribetes de trascendencia. El capital

político de UCD se llama hoy Leopoldo Calvo-Sotelo, el presidente que puede tirar del carro

centrista. El mismo que ha cumplido una buena parte de su biografía política al lado de Adolfo

Suárez. El que preparó el primer pacto y el que ahora puede impedir que se rompa.

 

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