Autor: Tusell, Javier. 
   El abominable Adolfo de las nieves     
 
 ABC.    29/08/1980.  Página: 4. Páginas: 1. Párrafos: 9. 

OPINIÓN

VIERNES 29-8-80

El abominable Adolfo de las nieves

Hay momentos en que a personajes o a partidos políticos se les presenta una verdad o una realidad

política con la evidencia de una revelación. Algo así parece haberle sucedido al Partido Socialista Obrero

Español con el súbito convencimiento que acaba de experimentar de que todos ´los mates de España

empezaran por resolverse en el momento en que el presidente del Gobierno deje de llamarse Adolfo

Suárez, pero, sin embargo, se esperaría bastante más de una caída de caballo en el camino de Damasco;

San Pablo, por ejemplo, hizo descubrimientos de más enjudia en aquella ocasión famosa.

Decía Bertrand Russell que nunca es buen argumento presuponer la absoluta maldad del contrario. Quizá

esta sabia sentencia debiera ser objeto de meditación en directa relación con la presente situación política

y, más concretamente, del papel del presidente del Gobierno en ella. En otros tiempos ¡a adulación por las

victorias logradas se convertía en un claro exceso; ahora, de íorma absolutamente contraria, lo es la

personificación en e! señor Suárez de todos ios males de la política española.

Sucede, sin embargo, que es atribuir un exceso de importancia en la historia humana al presidente deí

Gobierno el juzgarle causa principal del estado general del desorden del cosmos. Ortega descubrió ya

hace años aquella tendencia de los españoles a querer que se les digan con nombres, y apellidos los

causantes de sus males. Pero, desgraciadamente, con frecuencia la política es algo más complicada.

Es, por ejemplo, notoriamente exagerado afirmar que el sistema de partidos políticos español depende de

la voluntad de Suárez. Pues bien, en el fondo, no es otra cosa acusarle de haber perdido el apoyo

parlamentario que tuvo el día de su investidura. No es sólo que dicho apoyo fuera circunstancial; sucede,

además, que siempre en España con el sistema de partidos existente tenderá a existir un Gobierno de la

minoría mayor, no de mayoría absoluta. Cualquier alianza es difícil, porque inevitablemente acaba por

producir la automática enajenación de una parte del espectro político. Cuando las dificultades son

crecientes necesariamente acaba por producirse la confluencia de oposiciones. Pero ese no es un

testimonio de la maldad de un Gobierno, sino de la envergadura de las dificultades estrictamente políticas

que tendría cualquier Gobierno español, y que, por descontado, serían mayores de tratarse de un

«Gobierno-puzzle» como el que algunos pretenden.

Algunas otras acusaciones contra Suárez recuerdan una anécdota que narra Kissinger en sus memorias.

Un comandante militar estadounidense tuvo la idea durante la segunda guerra mundial de sugerir, para

descubrir a los submarinos alemanes, que se calentara el agua del Océano; los submarinistas acabarían

por sentirse obligados a ascender a la superficie, donde serian cazados sin remisión. A este comandante

no se le ocurrió, sin embargo, sugerir un procedimiento para calentar el Océano Atlántico desde abajo. En

España, con el terrorismo o la situación económica, pasa algo relativamente semejante. Todo el mundo

está dispuesto a reconocer que las cosas no van bien o a describir la situación ideal. Sin embargo, a la

hora de facilitar el diagnóstico {o sea, cómo calentar el océano) las cosas están menos claras. Dicen que

uno de los huelguistas de Marinaleda respondió «Suárez» a la pregunta de quién creía que era el culpable

de su situación. Esa es la tradición histórica de un país que ha tenido a Canalejas y Azaña entre sus

personajes de la Historia más reciente. Pero esa es una tradición con la que hay que romper.

Un tipo de críticas bastante frecuente respecto del presidente del Gobierno consiste en afirmar que ha

sabido cumplir una misión histórica en la transición, pero que no va a ser capaz de encarar el futuro con

las virtudes que ha manifestado en el inmediato pasado. Se dice, por ejemplo, que opta por una actitud en

exceso suprapartidista, para lo que debe ser la vida política en un régimen democrático. No es de extrañar

que un político procedente de otro tipo de régimen tenga dificultades para adaptarse a las nuevas

circunstancias que ha engendrado una transición que el mismo b.a protagonizado.

Pero quienes hacen una afirmación como ésta a veces no tienen en cuenta que se trata de una crítica más

del modo que del fondo. Sin duda es posible la crítica a Suárez desde ese punto de vista, pero ¡o que no se

deduce de ella es que debe ser irremediablemente condenatoria. La habilidad en te transición no supone la

incapacidad en la democracia; supone simplemente que se requiere una adaptación. Es obvio que un

dirigente político en una democracia no puede dejar de estar perpetuamente en ía arena política y que

debe ejercer el liderazgo moral sobre sus partidarios y sobre el país en general (era «ilusión» de la que

hablaba Felipe González). Pero ¿por qué ha de excluirse de esa capacidad a quien ha demostrado sentido

del Estado, habilidad y paciencia en la conducción de los asuntos públicos?

Si al menos se ofreciera una opción de recambio, este fenómeno de endofagia de la clase política española

podría tener más fácil explicación. Pero —y eso es una desgracia— la realidad es que de ninguna manera

se aprecia. No, desde luego, en la oposición: el debate parlamentario dio la sensación de pura

concordancia en lo negativo y el dirigente socialista empezó a fallar precisamente a partir del momento en

que se presentó como opción gubernamental. Tampoco en la UCD: para quien procede de la oposición

democrática puede resultar incluso fastidioso admitirlo, pero no hay otro liderazgo mínimamente

semejante ni en cada «barón» individualizado ni en el sanedrín de su conjunto.

Quizá Suárez ha dilatado en exceso su adaptación a las nuevas circunstancias políticas; sin duda ha

llegado el momento de un cambio sustancial en su forma de gobernar. Pero desde luego esa tarea no le es

imposible, sino que está situado en las mejores condiciones dentro del sector político en que se encuentra.

Habrá que esperar a comprobar en los próximos meses que esta posibilidad se convierta en realidad. Y,

mientras tanto, recordar aquella frase de Giner, de acuerdo con la cual en España la carencia de un pueblo

adulto hace con frecuencia esperarlo todo, incluso lo Imposible, de una individualidad a la que acaba

vituperándose. Javier TUSELL.

 

< Volver