Autor: Garrigues, Antonio. 
   Comentario a un discurso     
 
 ABC.    28/06/1975.  Página: 5-6. Páginas: 2. Párrafos: 10. 

28 DE JUNIO DE 1975.

PAG. 5.

COMENTARIO A UN DISCURSO

Después de la última guerra, la situación de los pueblos vencidos y la de los

europeos vencedores era incomparablemente peor que la actual, y de las ruinas y

de la devastación nació, del sacrificio y el esfuerzo denodado de la generación

que la guerra había diezmado, una de las economías más prósperas que la

civilización occidental ha conocido.

La Guerra Civil no fue menos asóladora para España que la mundial para los

países que la protagonizaron. Ai contrario, la conquista del pan fue en U España

de la posguerra más exigente y penosa porque estuvo no sólo aislada, sino

cercada. Y también desde esa bajísimo nivel España se levantó a una prosperidad

inédita en su larga Historia. Esa fue la obra del Régimen.

Las generaciones que no conocieron estos años duros, heroicos, en España y fuera

de España «desprecian lo que ignoran». Es una ley generacional que se repite

invariablemente, tina es la moral del que crea; otra, del que hereda lo creado.

Son dos morales distintas, pero una y otra tienen que ser morales, no inmorales.

Ni el heredero tiene derecho a dilapidar la herencia, ni el causante de ella a

impedir que aquél construya sobre lo que recibe su propia obra, no conforme a

los criterios establecidos, sino a los suyos, en parte recibidos, en parte

originarios, es decir, conforme a su nueva alma; porque el alma del hombre,

siendo siempre la misma, se renueva de generación en generación, enriqueciendo y

diversificando, prodigiosamente, la vida humana. El hombre que en su

descendencia sólo quiere verse repetido y no renovado, es como una simiente, si

no estéril, sí desvirtuada.

El relevo de las generaciones tiene que tener tanto de continuidad como de

renovación; tanto d« respeto al pasado como de libertad frente al futuro. Ese

relevo, ese tránsito generacional político, es el que ahora está viviendo

España. A muchos parece que esa sucesión debiera producirse ya y que la dilación

y la incertidumbre del momento del hecho sucesorio inciden desfavorablemente en

el conjunto de la situación española, nacional e internacional. Pero el general

Franco tiene una magistratura vitalicia. Ni puede ser constreñido a su abandono,

ni puede ser emplazado. Hay que tratar de ganar su voluntad, no de suplantarla.

Tiene que ser respetada su persona y el Poder que representa. Esto es importante

no para el general Franco, que actúa sólo por patriotismo, sino para el Poder

nuevo, porque se recoge lo que se siembra. Que la política es una larga —

impaciente— paciencia y que el Poder constituido tiene que se acatado —porque el

Poder como tal es impersonal— son los dos supuestos básicos del equilibrio y la

salud públicas.

Nada más despreciable que cualquier forma de deslealtad, y la más despreciable

entre todas, la deslealtad del servilismo. El mayor agravio que se puede hacer

al que manda es pensar que sólo es capaz de oír su propia voz y la de los que

sólo asienten, traicionándose íntimamente y traicionándole a él. Únicamente el

que es sincero puede ser leal porque solamente el que es leal con uno mismo

puede serlo con otro. El servilismo no es más que cobardía, mientras que la

lealtad «tiene un corazón tranquilo». Ni ratas que abandonan el barco, ni perros

mudos, sobre todo cuando el silencio puede ser interesado. Esta es la lección

del presidente Arias.

Lo importante es que la Monarquía está establecida y la sucesión asegurada en

forma que es moralmente irrevocable. Está- establecida y encarnada en la persona

del Príncipe Don Juan Carlos, que fue enviado a educarse y formarse en España

por un acuerdo entre Don Juan y el general Franco; acuerdo que suponía., en

principio, por parte de Franco, la aceptación de la dinastía que fue reinante

hasta la República, y por parte de Don Juan la aceptación de la legitimidad del

Régimen, con todas las consecuencias, na

explícitas, pero sí implícitas, que ese acuerdo, dada la edad de] Príncipe,

llevaba consigo. Ni buscada ni rehuida, la grave responsabilidad de la

restauración ha caído sobre sus hombros. No ¡a, ha usurpado a nadie porgue nadie

puede dar lo que no tiene.

La Constitución española es abierta y reformable conforme a su propio sistema.

Es impensable que un hombre joven como el Príncipe Don Juan Carlos vaya a ser

insensible a la necesidad de las adaptaciones que impongan los cambios de los

tiempos y de los hombres. Pero si arbitrariamente se le considerase incapacitado

para esa misión, lo que se haría inviable sería la institución monárquica misma,

puesto que la preconizada Monarquía, instantáneamente democrática no tendría

sucesor posible.

La Monarquía, una vez establecida, no puede convertirse en plebiscitaria. Su más

profunda razón de ser es la de estar por encima de esas pasiones y de ese oleaje

para, quedando inmune a todo ello, poder ejercer la moderación y el arbitraje,

que es su misión. Las_ monarquías, para legitimarse, no tienen que ser revisadas

plebiscitariamente; si lo fueran tendría todos los inconvenientes y ninguna de

las ventajas de una república. El problema de la legitimidad de origen de las

monarquías, y del Poder en general, es el más conflictivo de los problemas.

Mejor no poner en él las manos. Sería el cuento de nunca acabar.

La familia es una cosa sagrada, todo lo que se haya para destruiría tiene por

eso aquel de sacsilesio. En la familia, como en todo grupo humano, hay

tensiones; cuanto más poderosa es la familia, las tensiones son más fuertes. La

necesaria cohesión que se basa en el amor tiene que ser mantenida por la

justicia. Ni el hijo puede usurpar lo que sea del padre, aunque haya de ser su

destinatario último, ni el padre lo que él hijo haya adquirido a título propio.

Sean cualesquiera los errores o los movimientos mal hechos que pueda haber en el

seno de una familia, que esto es humano, la relación paterno-filial debe quedar

siempre a salvo. Tanto más si los errores se cometen en fuerza de un patriotismo

y un sentido del deber, aunque sean desviados o imprudentes, honradamente

sentidos.

«Debemos servir la causa de hacer transitable el paso de un Régimen personal y

fundacional a un Régimen objetivado e institucional; desde una legitimidad

carismática a una legitimidad racional; desde, el protagonismo político de

Franco al protagonismo del pueblo español y vertebrado en el entramado jurídico

de nuestras instituciones y culminado por la Monarquía, tan dignamente

titularizada.» Estas son palabras del presidente Arias y ésta es la misión del

Príncipe Don Juan Carlos. Antonio GARRIGUES.

 

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