Autor: Jiménez Losantos, Federico. 
   Fernández Ordóñez y el futuro del centro     
 
 Diario 16.    11/11/1981.  Página: 2. Páginas: 1. Párrafos: 12. 

OPINIÓN

11-noviembre-81/Diario

FEDERICO JIMÉNEZ LOSANTOS

Escritor

Fernandez Ordoñez y el futuro del centro

La política española tiene hoy ante sí algo más que dos retos estimulantes: dos obligaciones, si es que se

aspira a que la democracia y la Monarquía puedan consolidarse con garantías de carácter popular e

institucional. Para el autor, dos obligaciones son: recrear un partido conservador y otro de centro.

El primer reto y la primera necesidad es la creación o recreación de un auténtico partido conservador, que

pueda acudir a las próximas elecciones dejando tras de sí, satisfactoriamente resueltos, tanto los juicios

del 23-F como el calendario electoral y que tenga ante si la posibilidad de ganarlas -basada en el gancho

de sus líderes y en un programa claro— o la seguridad de poder mantener una política seria y eficaz de

oposición, que no permita funambulismos en política internacional y que mantenga abiertos y

consolidados los cauces institucionales para que el pueblo español, convencido de que la izquierda no es

la mano ideal para gobernarse, pueda rectificar su veredicto en las urnas.

Problema civil

No me cabe duda de que éste es el principal problema civil que aborda ahora la democracia española y

que, si no se resuelve rápidamente —y parece que hay fuerzas dispuestas a ello—, la democracia está

herida de muerte.

La formación de un partido conservador, moderadamente reformista y nítidamente democrático, es para

todo ello factor indispensable. Pero todavía no es suficiente.

Para que la democracia española quede suficientemente consolidada hace falta además un partido de

centro, es decir, situado entre ese Partido Conservador y el Partido Socialista. Un partido que aspire más

que al poder del Estado a la consolidación del tejido democrático en la sociedad civil. Un partido con un

sentido nacional profundamente español y con un espíritu laico decidido en esos aspectos de la sociedad

civil más precisados de una intervención liberal, como todo lo que se refiere al marco legal en que se

desenvuelve el cambio de costumbres de una sociedad como la española, en la que el Estado interviene

unas veces demasiado y otras demasiado poco. Un partido, en fin, consciente de que, sin unas directrices

claras de política cultural, no tanto desde la Administración como desde ios órganos de opinión creados o

por crear, será imposible una España democrática consciente de su historia y de la gloria y fatalidad de su

destino en el mundo.

Sin ese partido conservador, en España no puede haber democracia. Sin ese partido de centro, la

democracia española se verá abocada a una división sociológica que haga intransitable el desarrollo

institucional, la evolución pacífica de la sociedad civil y la integración profunda en ella del Ejército,

convencido de que los cambios políticos no pueden revestir carácter traumático para la vida de la nación.

Ciertamente, hay candidatos para el futuro Partido Conservador. La vida política española está pendiente

hoy de todos ellos. Pero, además, también existe ya, el embrión de ese grupo objetivamente centrista. La

salida de Fernández Ordoñez de UCD no ha producido los acres comentarios que, en su día, y empezando

por este diario, suscitó su dimisión como ministro. Aquél fue un paso muy arriesgado, pero, a la vista de

los acontecimientos, hay que reconocer que fue un paso coherente con su designio político. No es fácil

hoy organizar un partido político, y menos a escala nacional, y menos de centro. Y, sin embargo, en la

medida en que ese espacio reformista, radicalmente liberal en su concepción de la sociedad española y

claramente distanciado del socialismo grandilocuente y demagógico del PSOE, se consolide, tanto el

futuro partido conservador como la gobernabilidad de España quedarán seriamente reforzadas.

Por eso, seria estúpido acorralar a Fernández Ordoñez contra las listas del PSOE en lugar de contribuir a

situarle en unas posiciones reformistas que un partido de derecha no puede, electoralmente, mantener,

pero debe, poco a poco, asimilar.

Hay otra fuerza política española con ambición nacional y sentido acusado de lo que la sociedad debe

representar frente a la Administración estatal en una democracia moderna. En los liberales de Garrigues

hay algo más que empresarios perfumados. Sin duda hay también cierta morralla de aspirantes a

ministros, por eso cabe felicitarse de que la ambición de Garrigues no se haya colapsado en una cartera

ministerial. Si realmente aspira a jugar un papel político de primer orden, no es haciendo de Senillosa

como puede logarlo.

Fernández Ordoñez es un político hábil. Garrigues no ha podido aprender tanto en tan poco. Pero la

modernización y liberalización de la sociedad española requiere de líderes que la institucionalicen y le

permitan jugar un papel claro y decisivo en la configuaración de la democracia española, todavía por

hacer.

Tercera fuerza

Hay en ese centro político español, no muy amplío, pero capital en el devenir de nuestra nación, un

hombre audaz que ha demostrado suficiente carácter político y un político que ha demostrado suficiente

audacia y carácter como para hacer posible la consolidación de esa tercera fuerza esencial en el inminente

reajuste del sistema de partidos. Nada sería más fácil que un acuerdo programático entre ambas fuerzas.

Nada, pues, más necesario que intentarlo, por encima de los conflictos de imagen, que no de fondo, que

pueda haber entre socialdemócratas con un sentido liberal claro y liberales con una concepción moderna

del Estado. Un hombre ha dado el primer paso. Sería fatal dejarlo solo. En la nueva política de centro,

minoritaria, acaso testimonial, hacen falta pragmatismo y sentido nacional a partes iguales. Para poder

hacerse acreedores a la frase de Manuel Azaña, que tantos de entre los mejores de nuestros compatriotas

estarían dispuestos a enarbolar: «Poder servir a España sin amargura.»

 

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