Autor: Gil-Robles Gil-Delgado, José María. 
 Tomas de posición. El futuro de UCD. 
 Al hilo del resultado electoral     
 
 ABC.    30/05/1982.  Página: 26. Páginas: 1. Párrafos: 17. 

26 ABC

Tomas de posición

DOMINGO 30-5-82

El futuro de UCD

Unión de Centro Democrático obtuvo en las elecciones generales de 1979 el 35 por 100 del voto popular.

Hoy, el ascenso más espectacular de la moderna política española contrasta con la caída más vertiginosa,

hasta el nivel del 13 por 100, obtenido hace una semana en Andalucía. José María Gil-Robles, letrado de

las Cortes y experto conocedor de la matemática electoral, analiza la sorprendente elección andaluza. José

Mario Armero explica por qué UCD no es viable en su situación presente, al cabo de los años de

enfrentamientos internos. Alfonso Osorio, que fue vicepresidente del Gobierno en el primer gabinete

Suárez, para distanciarse después inequívocamente del creador de UCD, analiza las contradicciones y

ambigüedades que han llevado al partido centrista hasta el actual estado de crisis

Al hilo del resultado electoral

Por José Mª GIL-ROBLES GIL-DELGADO

LOS resultados de las elecciones al Parlamento andaluz brindan importantes elementos de reflexión sobre

la situación de la política española y su futuro. A esa imprescindible tarea de análisis quisiera contribuir

con la serenidad y el distanciamiento propios de quien lleva unos años apartado de la vida pública activa.

Vaya por delante que no considero esos resultados extrapolables, sin más, al conjunto de España. Como

no son extrapolables los resultados que en su momento se produjeron en las elecciones a los Parlamentos

catalán, gallego y vasco. España es afortunadamente varia, también en lo político.

Ello no obsta para que, sin magnificarlos ni sacarlos de su ámbito, esos resultado ofrezcan elementos

positivos que creo conviene poner de relieve.

Un pueblo que en un momento de crisis económica y social grave, con el número más alto de parados de

toda la nación, vota masivamente al partido más moderado de los de la izquierda, es un pueblo

políticamente maduro y lleno de sentido común. La Andalucía de tradición ácrata y revolucionaria,

sumida en el paro, pero votando como presidente a un socialdemócrata, es algo que hay que tocar para

creer.

Los españoles vienen inclinándose, en una elección tras otra, por los partidos que en cada caso creen más

capaces de gobernar. La falta de un proyecto político diferenciado, las luchas intestinas, la ausencia de un

líder ampliamente aceptado son factores seguros de derrota electoral.

Las autonomías tienen la gran ventaja de hacer posible el rodaje de diversas alternativas de Gobierno y

contrastar las ventajas teóricas de sus programas con la realidad de su actuación. Ya podemos ver, y no

sólo suponer, cómo gobiernan el PNV en el País Vasco; CIU, en Cataluña, y AP, en Galicia; pronto

veremos cómo lo hace el PSOE en Andalucía. Con una clase política aún en formación, esa posibilidad de

ir probando diversas ruedas de recambio es un mecanismo de seguridad no despreciable.

Para consolidar la democracia, el sentido de Estado debería prevalecer en este punto sobre una visión

alicorta de los intereses de partido, haciendo posible una cooperación leal entre los Gobiernos de distinto

signo de unas y otras comunidades autónomas y de todos ellos con el de la nación.

El amplio sector de la derecha española que cree que el cambio ha ido demasiado lejos, que mantiene

serias reservas frente a unas autonomías auténticas y que añora más o menos conscientemente la situación

anterior va encontrando en Alianza Popular un cauce adecuado para actuar políticamente por vías

democráticas, lo cual es un buen factor de estabilización. Siendo especialmente sano que esta formación

subsista y se consolide sin el amparo del Poder.

Las campañas apocalípticas del miedo a la izquierda no sólo no benefician al centro-derecha, sino que

cada vez son menos efectivas. Otro signo de madurez es que la adhesión de los electores a organizaciones

sindicales, empresariales, etc., para los fines propios de éstas no se traduce, en cambio, en un seguimiento

automático de las orientaciones de aquellas organizaciones en el momento de las elecciones.

El triunfo electoral del PSOE ha estado presidido por el sentido de la responsabilidad y la concordia, sin

revanchismos y con mínimas estridencias. También ha sido moderada la actitud de AP tras su éxito.

El sistema electoral proporcional ha permitido situar el cambio de orientación del electorado en sus justos

términos; el de mayorías hubiera dado el resultado de un bandazo tan brutal como el que produjo en las

elecciones de 1933 y 1936, sin ventajas para nadie.

Junto a esos factores positivos hay que tener en cuenta también el creciente deterioro de UCD. Deterioro

que se traduce en el trasvase de votos no sólo a AP, sino también al PSOE, y que, de no remediarse a

tiempo, puede llevar a que la fuerza hegemónica de la derecha sea el único de los cuatro grandes partidos

parlamentarios que pide la reforma de la Constitución en el vidrioso tema de las autonomías, que

difícilmente puede llegar a acuerdos con los partidos que gobiernan en Cataluña y País Vasco y con el

propio PSOE.

No parece que esa situación beneficiase en nada a España, cuya estabilidad necesita una formación

política de centro-derecha importante, con sustantividad propia, y no esos hipotéticos partidos-bisagra,

contra cuyo éxito juegan el alto coste de las confrontaciones electorales y la tendencia, antes citada, a

votar a quien pueda gobernar.

UCD nació con la finalidad declarada de llenar ese papel, en virtud de un pacto entre distintas fuerzas que

se necesitaban mutuamente y que podían concurrir juntas a las primeras elecciones democráticas sin

estorbarse. No es momento de recordar ahora los errores en la concepción y ejecución de ese proyecto. El

éxito inicial de lo que fue una simple alianza electoral condujo a una unidad forzada y a sucesivos

intentos de unos u otros sectores para hacerse con el dominio del flamante partido, saldados con efímeros

éxitos internos y un formidable desgaste de cara al exterior. Ni los intentos de pisarle el terreno al PSOE,

ni los de usurpar el campo de AP han servido más que para impulsar exclusiones, fugas y

fraccionamientos, con una imagen de creciente debilidad e ineficacia.

Insistir en estos forcejeos, convertir el análisis y reacción ante la derrota en un mero ejercicio de reparto

de culpas o de tirarse los trastos a la cabeza no parece que vaya a conducir a mejores resultados. Quizá

sea esta, en cambio, la ocasión de que las fuerzas que constituyeron UCD reflexionen de nuevo sobre si

aún les es posible colaborar entre sí y, en caso afirmativo, se replanteen las bases de una relación estable,

sin pretensiones hegemónicas, unidades artificiales ni protagonistas fuera de lugar, para conectar con su

electorado primitivo.

Ninguno de aquellos sectores parece tener hoy fuerza suficiente por separado para jugar el papel

estabilizador que ha desempeñado UCD en esta transición aún no terminada. De ahí que haya que desear

a quienes tienen en sus manos la recomposición del partido de mayoría relativa el acierto y la alteza de

miras indispensables para no desatender este último aviso, y no esperar a rehacer desde la oposición lo

que en el Poder no supieron mantener.

nías También ha

 

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