Autor: Dávila, Carlos. 
 El sector martínvillista fue barrido en toda la línea. 
 Derrotada la Federación de Partidos, UCD se convierte en democristiana     
 
 Diario 16.    13/12/1982.  Página: 4. Páginas: 1. Párrafos: 8. 

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NACIONAL

13 diciembre-82/Diario 16

El sector martínvillista fue barrido en toda la línea

Derrotada la Federación de Partidas, UCD se convierte en democristiana

Martín Villa y su sector «azul» consiguieron derrotar el sábado a los democristianos sobre sus propuestas

ideológicas...

... Pero ayer sufrieron un revés y Sancho Rof protagonizó uno de los momentos de mayor tensión al ser

increpado por el alcalde de Reinosa, que le acusaba de haber hundido el partido con la campaña de los

«azules», que se quedan en la oposición.

UCD se ha convertido definitivamente al demo cristianismo. La conversión ha sido, desde luego, más

costosa y traumática que la que fue, por ejemplo, la de Pablo de Tarso. Los centristas menos creyentes en

la nueva fórmula se rebelaron contra los patrocinadores, y a punto estuvieron de establecer un pugilato

ajeno a las buenas formas. Azules y cristianos, como en la batalla mora del Levante español, olvidaron

los modales y se enzarzaron en agrias discusiones grotescas, algunas de las cuales, como la protagonizada

por el sedicente alcalde de Reinosa, pudo terminar en las manos.

Carlos DAVILA, corresponsal político

Madrid

Al final, no corrió más sangre que la azul de los martinvillistas que, derrotados en toda regla (ellos que

tanto han presumido históricamente de dominar cualquier «aparato») se tendrán que ir con la música a

otra parte y todo porque Landelino Lavilla, el menos democristiano de todos los democristianos, se ha

empeñado en que la nueva UCD —un proyecto en realidad viejísimo, como ¡remos viendo— se

homologara con el Partido Popular Europeo, un conglomerado casi monolítico en que la única excepción

no confesional es la del partido de la oposición griega. En este punto clave ha radicado el final

esperpéntico de UCD como partido interideologico; a partir de ahora, ni liberales (Camuñas y Jiménez

Blanco ya se han ¡do) ni socialdemócratas (Rodríguez Miranda y Gámir han tomado también el olivo) ni

siquiera los azules, náufragos de todas las tormentas, caben en el proyecto que hasta en último momento

se ha resistido encabezar Landelino Lavilla.

Dubitativo

Curiosamente, el presidente, sin embargo, ha conseguido en este congreso disolvente el partido que

quería, homogéneo y cristiano, hasta el espíritu y la médula. ¿Cuál fue entonces la razón de su

permanente duda? Pues claro está: su ánimo intransferiblemente dubitativo. Puede ser, sin embargo, que

los partidarios más fervorosos de la coalición con la derecha, entre los cuales destaca por sus testarudez

encomiable Marcelino Oreja, le pidieron que no encabezara el nuevo partido, conocidas las escasas

simpatías personales e ideológicas que tiene Lavilla por el líder conservador Manuel Fraga. Pero Lavilla

no ha encontrado razones para la resistencia, y es ya presidente de esta Unión de la Democracia

Cristiana, que está todavía por hacer. En la derecha neta espera con los brazos abiertos Oscar Alzaga,

adelantado de todas las operaciones y propiciador de ésta, que ha sido, en realidad, el último acto de la

voladura controlada de UCD, comenzada el mismo día, el mismo en que Adolfo Suárez se negó a

pasar la reválida del debate en la sesión de investidura del 79. Quedamos, pues, en que ya tenemos a

la vista otro partido democristiano que posee un irresistible y estatuario afán de coalición con la

derecha. Ahora sólo falta que Alianza Popular quiera, porque UCD sí. En UCD los cristianos

entonan filial el familiar «Totus tuus, Manolo» y en consecuencia llegarán, esta vez sin pancartas, hasta

la lujosa sede del partido aliancista. Pero no se crea que la tendencia a la coalición era ímpetu solitario de

este grupo —ya el único— de UCD; no, en el intento les acompañaban por última vez los azules de

Martín Villa que, desaparecido Rosón y derrotadas las propuestas federalistas, se empecinaron en cuajar

de enmiendas todas y cada una de las propuestas de estatutos. No ha podido ser y los azules ya han

anunciado que se van; la incógnita estriba en conocer cuál es su destino próximo, aunque alguno de ellos

con un descaro que le honra por su enorme desparpajo ha asegurado ya que su puesto está o entre los

socialdemócratas o entre los liberales. |Vaya por Dios! Es un dato para la historia que en el terminal

reparto del pastel centrista hayan contendido dos históricos sin etiqueta definida: Martín Villa,

desideologizado y práctico, y Landelino Lavilla, demócrata irreprochable y cristiano tibio.

El conde

Al final, en el hotel madrileño que ha sufrido este fin de semana la pesadilla de UCD, apareció el ex

presidente del Gobierno Leopoldo Calvo-Sotelo, tras su visita de amistad a Pinto Balsemao. Otros

ministros antiguos no se dejaron ver. UCD que ha practicado tradicionalmente una suerte diabólica a

medio camino entre la autofagia y el saturnismo, se ocupó el mismo domingo de devorar a su última víc-

tima, José María de Areilza. El conde de Motrico, un poco por ayudar y otro por su indomable espíritu

protagonista, se brindó a encabezar «lo que fuera», cuando «lo que era» en las primeras horas de la

mañana dominical era una federación de tres partidos más o menos definidos. Areilza, engañado y vejado

por un congresista oligoide, se marchó antes del almuerzo harto de prestar su abrigo liberal a una

operación que no tenía visos de prosperar. El conde ha perdido en este envite tres cosas muy importantes:

su probable nominación como senador por una comunidad autónoma, la presidencia de la Asamblea de

Parlamentarios del Consejo de Europa y una posible Embajada: París o Londres, que, al parecer, el PSOE

estaba dispuesto a ofrecerle. Areilza, en su breve trayecto en UCD, ha quedado aún más escaldado que el

luchador Gabriel Cisneros, desplazado en los últimos trances y ahora a punto de tener que cumplir su pro-

mesa notarial hecha a Lavilla: «Landelino, el que pierda en este congreso debe ceder su escaño en el

Parlamento.» Una pena.

Deudas

Los cristianos se quedan además de con el partido con las deudas. Las más apremiantes son esos 600

millones que los acreedores necesitados y menos dispuestos a transigir quieren saldar a toda prisa. La

economía de UCD es tan magra, que el hotel en que se ha celebrado el congreso, visto el nulo crédito del

que fue todopoderoso partido, pidió a los muchos- contratantes que fueron por la dirección el dinero por

adelantado. Y así hubo que cerrar el trato. No es de extrañar, pues, que la nueva ejecutiva corta y cristiana

esté revestida con los estatutos en la mano de poderes omnímodos para solventar las tres crisis del

partido: política, electoral y económica. La primera se resolverá en breve, cuando vayan devolviendo su

ficha todos los militantes que no tienen estricta obediencia cristiana. La segunda cobrará nuevos

horizontes en el momento en que entre en juego el inevitable Alzaga-Villamil y sirva de conductor y

mediador en las relaciones con Fraga Iribarne. La tercera reviste menor gravedad: habrá que pagar a los

lecheros, a los panaderos, a las imprentas y a los mueblistas, y convencer a los banqueros para que se

aguanten un poco más.

Quedan por delante cuatro años para preparar un nuevo centro. Los que se han ido tienen ante sí el reto de

su recolocación ideológica. Lo que ayer no pudo ser: la federación de partidos tendrá que hacerse de un

modo y otro. Vamos a ser testigos en los próximos meses de operaciones de todo color. Lo más probable

es que los descolgados, los descolocados, los que buscan nuevo acomodo y los que han abandonado el

partido que les dio cobijo democrático, busquen desesperadamente un líder que les devuelva la ilusión de

enfrentarse con alguna posibilidad al socialismo creciente. La vista la tienen puesta en Cataluña, donde

espera un Roca que no ha dicho esta boca es mía. Ni dirá una palabra en mucho tiempo. Aguardará las

visitas de los allegados políticos y decidirá en consecuencia. UCD, el proyecto mágico de Suárez que iba

a durar una eternidad y ciento siete años en el Gobierno, se ha acabado; eso sí, muy espiritualmente.

 

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