La disolución de UCD     
 
 ABC.    16/02/1983.  Páginas: 1. Párrafos: 3. 

LA DISOLUCIÓN DE UCD

CUANDO todo parece indicar la próxima disolución de Unión de Centro Democrático, parece necesario

tomar una cierta distancia, lejos de la nociva y cegadora pugna cotidiana, para explicar qué fue y qué no

fue el inusual partido que protagonizó la transición.

UCD tiene prestados unos servicios históricos que es preciso reconocer ahora,, cuando tan fácil resulta

ironizar sobre el desgobierno e incoherencia que acabaron por arruinar al partido. Salvo la tragedia del

País Vasco —heredada de cuarenta, de cien años atrás—, UCD llevó a cabo una transición política desde

la dictadura personal a las libertades que nadie en el mundo occidental se hubiera atrevido a vaticinar.

UCD hizo esa transición sin revanchismo, con una generosidad y una sinceridad democrática que, como

hemos visto, acabó por volverse contra los propios centristas.

UCD no planeó ni dirigió por sí misma la transición, cuyo espíritu pacificador fue obra personal del Rey

Juan Carlos I, pero sí corrió con el difícil papel de aplicar esos criterios en una sociedad expectante,

escéptica y en buena parte hostil. UCD encajó las criticas con una liberalidad que ahora podemos

contrastar con otras actitudes más arrogantes, y utilizó los medios de comunicación estatales con una

neutralidad que acabaría por devenir inocencia, especialmente en el caso ´de la televisión estatal,

abiertamente partidaria del socialismo antes de su victoria electoral.

Sea como fuere, sí hay que reconocer hoy que UCD fue lo contrario de la persecución: la intolerancia,

España se benefició de ese pasajero clima de liberalismo colegial e inconexo: de su desorden surgió la

recuperación de las libertades verdaderas. Ese fue el cambio, el gran cambio en el que UCD participó de

modo decisivo, y del que la inmensa mayoría no desearía retractarse ahora.

Reconocer y proclamar esto obliga, sin embargo, a reconocer otras evidencias: UCD no existe ya como

partido digno de este nombre en la vida política española. Por eso, a la hora de optar, el buen sentido

recomienda la disolución digna frente a cualquier descomposición peligrosa. Del mismo modo es

indispensable la generosidad del primer partido de la oposición. Si UCD integra a sus votantes en la

coalición que representa la corriente liberal conservadora de este país llevaría a cabo simultáneamente

dos operaciones históricas: contribuiría a reforzar la corriente liberal de AP, equilibrando su ala más

conservadora, lo cual es bueno para la estabilidad de esta nación. Y permitiría, de otro lado, que la

opción no socialista pudiera ofrecer una alternativa verdadera, con capacidad de alcanzar nueve millones

de votos y vencer al PSOE en 1986. Pero una posibilidad así no se hace sólo con votos; necesita

también un liderazgo claro y un programa coherente. Sin esas tres condiciones, el socialismo carecería

hoy en España de una alternativa democrática viable y próxima.

 

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