Autor: Dávila, Carlos. 
   Han volado el centro, han volado UCD     
 
 Diario 16.    19/02/1983.  Página: 8. Páginas: 1. Párrafos: 4. 

Han volado el centro, han volado UCD

El ¡ay de los vencidos!, que el miércoles entonaba con anticipación, esperemos que profetice, el todavía

director general de RTVE, José María Calviño, puede aplicarse ahora, y sin ninguna desmesura, a esta

UCD que muere, tal como nació, tal y como vivió: entre espasmos irritados, entre luchas fratricidas, entre

escándalos miles. No vale, sin embargo, en estos momentos, entonar el «réquiem» por un partido que

asombró a los españoles por su impar estulticia; no vale la pena. Ya hay que comenzar la investigación,

aunque sea con el olfato pues nto en simples pistas «romana» de lo que ha sucedido exactamente para que

las cosas hayan sucedido así.

Es curioso, que los grandes derrotados del 77, los que nunca hubieran podido resucitar, se hayan quedado

al final con el «donus» genial que una vez coronó a Suárez. Los únicos a mi juicio, que poseen las claves

de la pasión y muerte de UCD, son los democristianos. En puridad no podía ser de otra manera. «¿Quién

ha volado el centro?, preguntaba yo al secretario general de AP, Verstrynge. El candidato me contestaba:

«sola, se ha volado sola.» Pero la explicación es físicamente imposible. Tengo, por tanto, la intuición,

atisbada en el resultado final de la explosión, en los restos que quedan del naufragio, que sólo la

democracia cristiana, ahora con vocación unitaria irresistible, posee la explicación coherente de los

sucesos.

A partir de esta ¡tuición podría ya construirse toda una teoría, más o menos fantástica, más o menos

real, del desastre histórico del centrismo, con sus protagonistas, sus antecedentes y consecuentes, sus

responsables, sus dinamiteros y los estúpidos comparsas. Sobre todos ellos. Anticipo algún resultado que

no posee más valor que la observación sobre el terreno, de quienes suelen ser los que, tras un entierro, se

quedan con los retales del difunto, con su capa, con el vestido que ofrecen a sus congéneres. Si ahora, por

fin, los democristianos consiguen visualizar su viejo, onírico objetivo, de la unidad confesional, las con-

secuencias son legítimas: ellos han volado el centro.

¿Se consulm así la construcción de la gran derecha española? Afirmarlo sería, sencillamente, un

fraude a los electores que no están por la labor elemental de alinearse en uno u otro lado del espectro po-

lítico. Sépase, sin embargo, que a ello nos conduce la demolición de UCD, el partido que no pudo ser

porque sólo creyeron en el sus votantes, los mismos que ahora tienen derecho a exigir una explicación

histórica de con qué han sido vejados y que la estafa se haga de este sustantivo el uso que deba y quiera

hacerse. Los gestores del bipartidismo empiezan ya, ahora, a dudar de si su torpe y cegata operación tiene

enjundia suficiente para, desde la derecha, oponerse con éxito a la izquierda. Ahora, que ya es tarde

ahora; que ha muerto entre estertores de vergüenza ajena un partido, nacido por decreto y fallecido por

asesinato.

 

< Volver