Autor: Sain Rodriguez, Pedro. 
 Retazos de mis memorias. 
 La responsabilidad histórica de Indalecio Prieto     
 
 ABC.     Páginas: 1. Párrafos: 20. 

RETAZOS DE MIS MEMORIAS

LA RESPONSABILIDAD HISTÓRICA DE INDALECIO PRIETO

No pretendo con el presente artículo intervenir en calidad de arbitro entre los

dispares criterios que acerca de la personaIidad de «Don Inda» mantienen mi

querido Sebastián Miranda y don Juan García Mendoza.

Por un azar, que no supone ningún mérito por mi parte, creo que yo he sido el

único español que ha pertenecido a la Asamblea Nacional Consultiva convocada por

Primo de Rivera, a las Cortes Constituyentes de la República y a los dos

parlamentos subsiguientes. Cuanto voy a relatar ha sido, pues, vivido por mí, y

con estos recuerdos pretendo trazar de Prieto una silueta histórica basada en

actuaciones públicas de su vida. Nunca crucé la palabra con éi, ni luve amistad

o antagonismo personal. Mi juicio aspira a ser sereno y objetivo como una página

de Historia.

Cuando don Miguel Primo de Rivera decidió convocar una Asamblea Consultiva, el

Rey Alfonso XIII le sugirió una lista de personas que él deseaba formasen parte

de dicho organismo. Entre ellas estaban Víctor Pradera, Gabriel Maura,

Quintiliano Saldaña, quien escribe estas líneas y otras que ahora no recuerdo

sin consultar apuntes.

Primo de Rivera, que deseaba a todo trance una inteligencia con las

organizaciones obreras´ y que había conseguido que Largo Caballero aceptase un

puesto en el Consejo de Estado, pretendió que en la Asamblea figurase una

representación de la U. G. T., organización adscrita al partido socialista

obrero español.

Por este tiempo, un dia, al salir de clase, coincidí en la sala de profesores de

la Universidad con don Julián Besteiro, con quien me unía una afectuosa amistad,

nacida del hecho de que él había sido profesor mío de Lógica en ei curso común

preparatorio de las Facultades de Derecho y Filosofía y Letras.

Todavía recuerdo la prevención con que asistí a la cátedra de Besteiro;

prevención motivada por cuanto me había dicho acerca del nuevo profesor de

Lógica don Eduardo de Hinojosa, fundador de nuestra escuela moderna de Historia

del Derecho, verdadera gloria de la ciencia española, que me profesaba un cariño

paternal. Me había dicho literalmente: «Ten mucho cuidado con Besteiro, profesa

unas ideas diabólicas.» Besteiro explicó casi todo ei curso los juicios

sintéticos «a priori» de Kant, asunto sobre e! que había publicado una breve

monografía. En todo ei curso no pronunció ni una sola frase política o

tendenciosa. Al final hizo un ejercicio de oposición para dar las matrículas de

honor. Yo era bien conocido de Besteiro como un alumno militante y activo en la

organizaciones estudiantiles católicas de derecha, y como fundador y director de

una revista juvenil de esta tendencia. Sin embargo, una de las tres matrículas

de honor que concedió fue para mí. Todo esto tan contrario a las prevenciones de

Hinojosa,

hizo que cuando llegué a catedrático naciera una afectuosa amistad de compañeros

entre tos dos.

Cuando vi a Besteiro aquella mañana en la sala de profesores me acerqué a él y

le dije: «Don Julián, parece ser que el Rey me ha incluido en una lista de

personas independientes que él desea que figuren en la Asamblea, ¿cree usted que

debo aceptar?» Me respondió: «¿Por qué no? Esta es una oportunidad histórica que

si se sabe aprovechar puede ser decisiva para ei futuro de España. Yo estoy

librando una batalla para que los socialistas concurramos a la Asamblea, pero me

temo que no lo voy a conseguir y que el animal de Prieto, que se opone, se va a

llevar et gato al agua.» Palabras que recuerdo literalmente y que no me

sorprendieron, pues era público y notorio el antagonismo entre Besteiro y

Prieto. Este acusaba a don Julián de vivir mucho más sometido a la disciplina de

la Institución Libre de Enseñanza que a la del Partido en que ambos militaban.

Todavía no he logrado una información exacta de las causas por las que la

Asamblea convocada por Primo de Rivera, que parecía haber nacido para elaborar

una reforma constitucional que hubiera sido sometida a plebiscito, no logró este

propósito. Es como si al cruzar un río nos volviéramos al punto de partida. Esto

colocó al Rey en una situación falsa que fue la causa inmediata de la crisis de

la Monarquía.

Durante siete años se habia hecho una política de acusación y descrédito de tos

partidos políticos y finalmente no se ofreció a la opinión nacional más solución

que la vuelta a los partidos denigrados.

Si las fuerzas políticas y sociales en que se apoyó la Dictadura, bien

representadas en la Asamblea aunque ésta no fuera electiva, hubieran llegado a

un acuerdo constitucional con las representaciones auténticas del socialismo

obrero, España se hubiese evitado la República y la Guerra Civil que fue su

última consecuencia.

Besteiro pensaba en una reforma que hiciese compatible e) socialismo

evolucionista con la Monarquía.

Algo semejante a lo con-s e g u ido en Bélgica, muchos de cuyos problemas

políticos son similares a los nuestros. Acaso soñó Besteiro en ser una especie

de Vandervelde español.

Aprovecho esta oportunidad para evocar la memoria de este español ilustre que en

las postrimerías de nuestra guerra volvió a demostrar su honestidad política y

su patriotismo. El recuerdo de Besteiro nos debe incitar a un severo examen de

conciencia.

Prieto fue el obstáculo insuperable para esta política y esa es su

responsabilidad ante la Historia.

Yo, como he dicho, no traté personalmente a Indalecio Prieto; creo que alguna

vez me aludió en artículos escritos en Méjico, cuando yo residía en Portugal.

Era un hombre inteligente, con el controlado engreimiento del autodidacta que ha

logrado triunfar. Su oratoria era eficaz y ofrecía ese aire especial por su

argumentación y su léxico de los oradores habituados a dirigirse a grandes masas

populares. Prieto tenía desparpajo y habilidad para asimilar y exponer

atinadamente informaciones sobre materias ajenas a su preparación y a su

cultura, más adquirida en la vida que en los libros. Esto lo demostró en el

debate sobre la política realizada por Calvo Sotelo durante su gestión

ministerial en Hacienda, en el Gobierno de Primo de Rivera.

Era hombre violento, que varias veces en las discusiones de las Cortes lanzó

contra sus contradictores los gruesos vasos y las bandejas en que se servía el

agua con azucarillos de la que tanto se abusaba en el viejo Parlamento.

A Ortega y Gasset, ignoro por qué causa, le profesaba una ojeriza particular,

vociferando impertinencias desagradables cuando el gran pensador aparecía en el

salón de sesiones. Supongo que era una reacción de advenedizo resentido ante la

gran personalidad cultural y política de Ortega.

Creo que Prieto, que venía al Parlamento con votos del obrerismo bilbaíno, era

más bien que socialista un republicano-radical, con un anticlericalismo burdo

como el que en su dia representaron «El Cencerro» o «Las Dominicales».

No quiero referirme más que a sucesos que personalmente he vivido. Carezco de

información fidedigna sobre muchas cosas que he oído decir de Prieto, como de

casi todos los hombres públicos españoles, pues el vicio nacional más difundido

es la envidia y su secuela natural, la maledicencia. Dejo también de lado las

actividades en el período de la guerra civil, durante la cual todas las

decisiones políticas fueron forzadas por circunstancias insuperables.

Me limito a dar testimonio directo de un hecho que creo dibuja una evidente

responsabilidad de Indalecio Prieto ante la Historia.

Pedro SAINZ RODRÍGUEZ De la Real Academia Española

 

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