Peor, la apología del crimen     
 
 ABC.    01/01/1971.  Página: 14. Páginas: 1. Párrafos: 14. 

ABC. VIERNES 1 DE ENERO DE 1971. EDICIÓN DE LA MAÑANA.

PEOR, LA APOLOGÍA DEL CRIMEN

Si condenable es el crimen, no es menos condenable la apología del crimen. La livulgación, con acentos de loa y de panegirico, del crimen y de quienes fueron en él parte activa.

Un semanario francés, la revista «Poitique-Hebdo», de tendencia comunista, acaba de publicar una entrevista con José María Escubi, dirigente de la E. T. A. de 1967 a 1969. En esta entrevista, el dicho Escubi cuenta cómo se organizó, por la E. T. A., el asesinato del inspector de Policía tenor Manzanas.

De su relato resulta que hubo una reanión, en Andorra, en mayo de 1968; que en la misma se decidió «coronara o rematar un período de actividad de la organización con la "ejecución" del inspector Manzanas, que dirigía la Brigada Político-Social de Guipúzcoa; que Echevarrieta —cuyo hermano ha sido abogado defensor en el proceso de Burgos—fue encargado de realizar la ejecución, y, por último, que muerto Echevarrieta en un encuentro con la Guardia Civil, luego de matar a un miembro de ésta, llevaron a cabo, materialmente," la decisión de la muerte del señor Manzanas otro u otros miembros de la organización, de la E. T. A. Todo sin contar que la «represalia» era doble, pues incluía a otro inspector de Bilbao que se libró de la muerte por circunstancias—ausencia, vacaciones, etc.—de las que bien pueden ser anotadas en el capitulo del sino, del destino, personal.

El relato de Escubi termina, en cuanto raiga, con palabras extraordinariamente significativas: «todos estábamos implicados en el asunto de la «ejecución» de Manzanas.»

Queda consumado, con la publicación y la publicidad consiguiente de estas declaraciones, uno de los hechos más condenables, incluso dentro de la muy amplia ética periodística. Una persona,que se confiesa cómplice, o conspiradora al menos, de un asesinato, consigue la publicación de declaraciones suyas que son toda una confesión de participación en las deliberaciones que precedieron a la criminal decisión de asesinar a un inspector de Policía.

Con la más sincera convicción, este periódico está, como naturalmente lo están los periódicos, por la libertad de Prensa. Pero todas las libertades, para ser dignas en su título y en su ejercicio, necesitan un limite de moral, una frontera de ¿tica. ¿Es moral es ético, abrir las páginas de un periódico, sea cual fuere su ideología, se edite en uno u otro lugar geográfico, a la satisfecha confesión de un complicado en Un crimen? ¿Es moral, es ético, brindar la publicidad inevitable de las páginas de la Prensa a lo que todos interpretarán, puesto que ninguna acción legal ha seguido a las declaraciones, como la aquiescen-:ia de un crimen o, incluso, la apología publica del mismo?

El semanario citado, donde se publican las declaraciones de Escubi, tendrá, por supuesto, su propio código moral. Tiene, por supuesto, su propio fuero. Pero, ¿y la Policía francesa? ¿Cómo reacciona ante la publicación de semejantes confesiones? ¿Qué piensa al ver publicadas las «explicaciones» de cómo se planeó un asesinato, cuya victima sería un policía español, dadas por alguien que formó parte, destacada parte, de la criminal conspiración?

No es fácil creer que Escubi pueda ser localizado, en Francia, por los periodistas de un semanario y no pueda ser localizado, antes y mejor, por los policías franceses. Esto no lo comprende nadie; ni los lectores, ni los periodistas, ni los policías.

Debemos preguntarnos, reiterando análogas inquietudes, si no ha habido una seria reclamación—vía Interpol, por ejemplo—desde España a Francia. Y debemos urgir, si no la hubo, para que la haya.

No se trata tanto del episodio concreto de las declaraciones que comentamos como de un principio general, sin fronteras, de convivencia.

¿Cómo contener la violencia y el delito en un clima donde se acepta, a lo que parece, la tremenda inmoralidad de la pública apología del delito o de las personas que lo planearon, que lo perpetraron, que fueron sus inspiradores?

Odiamos el delito—recordando una máxima de estirpe española—tanto como compadecemos al delincuente. Pero incluso más que el delito es condenable, a nuestro juicio, su propaganda; su apología.

Si el tal Escubi se confiesa autor de un delito de asesinato cometido en España, el Gobierno español debe pedir su extradición.

¿Ha sido pedida su extradición?

 

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