Autor: Sierra, Ramón. 
   La manifestación de Bilbao     
 
 ABC.    26/12/1970.  Página: 30. Páginas: 1. Párrafos: 5. 

EDICIÓN DE LA MAÑANA.

OPINIONES AJENAS, POLÉMICAS, CARTAS, PUNTUALIZACIONES, COMENTARIOS.

LA MANIFESTACIÓN DE BILBAO

La gran manifestación celebrada en Bilbao, que proporcionalmente ha reunido más manifestantes que las celebradas en algunas otras capitales, ha demostrado que, en la cuna del nacionalismo vasco, perviven, con un vigor innegable, los más fervorosos sentimientos de amor a España. Siempre fue así, y el nacionalismo vasco, aun en los peores momentos, jamás logró desarraigarlos.

El arma principal que han utilizado taimadamente los enemigos de la unidad española en Vizcaya, es la confusión. Cada vez que los Gobiernos de Madrid caían en el error, o en el abuso, en lugar de concentrar los malos humores sobre los responsables concretos de esos desaguisados —lo que hacen en Sevilla... o en Zaragoza—. cargaban las responsabilidades sobre el Estado español, sin más distingos, cualquiera que fuese el régimen vigente. Sólo fueron indulgentes con la II República porque sabían que ésta iba a terminar desintegrando a nuestra Patria- Y luego pasaban del «Madrid, no» al «España, no». En el peor de los casos lograban que el amor a España se enfriase entre las gentes que políticamente no ven más allá de sus narices. Por todo eso, el fervor español de los vizcaínos tiene mayores méritos, porque ha sobrevivido en ambientes políticos letales. Y no sólo ahora cuando el régimen está montado sobre un principio fundamental, la unidad, sino en plena República, cuando los caminos de la desintegración eran más llanos. Tenemos algunos datos que lo demuestran.

En 1933, en plena República, cuando el nacionalismo vasco marchaba viento en popa, sus diarios bilbaínos «Euzkadi» y «La Tarde», consumían 657.000 kilos de papel—en aquellos tiempos no había otro medio de comprobación de las tiradas—, mientras que los periódicos que no pertenecían a aquel partido, o sea, «La Gaceta» del Norte», «El Nervión», «El Liberal», «El Noticiero Bilbaíno» y El Pueblo Vasco», adquirían 1.179.640 kilos, lo cual quiere decir que, por lo menos, la mitad de los vizcaínos, de derecha o de izquierda, no estaba conforme con unos diarios donde el grito de «¡Viva España!» parecía un sacrilegio. En 1936. en una de las elecciones más reñidas que se celebraron en España, las derechas—monárquicos de las dos ramas y falangistas—conseguían en Vizcaya 55.000 sufragios. 79.561 los nacionalistas y 80.108 los Izquierdistas—republicanos, socialistas, comunistas y anarquistas—. Cincuenta y cuíco mil votos que se conquistaron contra todo el aparato electoral—muy a. punto siempre de los nacionalistas—, y de las izquierdas..., y contra la descarada parcialidad de las autoridades republicanas.

Pero, al fin de cuentas, hubo 80.000 votos nacionalistas, en números redondos, contra 135.000 no nacionalistas.

Terminada la guerra civil, los escarmentados, los arrepentidos y los cucos, dejaron en cuadro al nacionalismo vasco, que ha vuelto a la carga echando sus redes entre los ingenuos y desmemoriados, aunque ve, con dolor, que los jóvenes que no han sido educados en el amor a España simpatizan más con la E- T. A. que con los ortodoxos del partido. Contra viento y marea signe en pie ese núcleo de leales a España que nuestros padres o abuelos integraron. Un núcleo mayorita-rio en 1966 y en 1971 como lo demostraría un nuevo referéndum si se pidiera a los vizcaínos un «sí» o un «no» a la unidad española.

Muchos que ahora parecen indiferentes votarían «sí» al amparo de una votación cereta. Lo que haría aquel empresario vizcaíno, héroe de una famosa historieta. Constantemente vociferaba en su tertulia contra Franco. «Pero usted ¿qué quiere?», le preguntaron. «;Qué se vaya Franco!» «Y ¿luego?» «¡Que vuelva!»

Los vizcaínos que han pasado ya el sarampión de la juventud—y muchos jóvenes que aún no lo han pasado—saben perfectamente que sería suicida acabar con la unidad de España, aunque, como el resto de los españoles, no se conformen con lo ya hecho y aspiran a corregir todas las deficiencias de la Administración Central y a empujar a nuestra Patria hacia cunas más altas de progreso, de justicia y de disfrute de esas libertades responsables que consagran nuestras Leyes Fundamentales. Por muy arraigada que esté en ellos—para honor suyo—la devoción a todas sus peculiaridades y tradiciones, .devoción que nunca fue incompatible con el amor a España, hasta que prendió la funesta semilla del nacionalismo vasco, el partido que transformó los anhelos fueristas o autonómicos en aspiraciones separatistas.—Ramón SIERRA.

 

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