Cuando Telesforo Monzón era Ministro de la Gobernación de Euzkadi     
 
 ABC.    26/12/1970.  Página: 37-38. Páginas: 2. Párrafos: 11. 

ABC. SÁBADO 26 DE DICIEMBRE DE 1970. EDICIÓN DE LA MAÑANA. PAG. 37.

CUANDO TELESFORO MONZÓN ERA MINISTRO DE LA GOBERNACIÓN DE EUZKADI

EL llamado Gobierno de Euzkadi, integrado por nacionalistas separatistas y rojos, fue instalado, de hecho, en Bilbao, con las bendiciones del Gobierno de la República de Madrid, hasta que la gran villa del Nervión quedó liberada por el glorioso Ejército Nacional.

Dicho Gobierno de Euzkadi (del que Telesforo Monzón, el actual vocero o representante en Francia de «Anai-Artea», asociación de ayuda a los exiliados vascos, formaba parte, nada menos que como ministro de la Gobernación) siguió la norma de encarcelar a los vascos de mérito que se habían distinguido por su amor a España.

Los detenidos fueron tantos, que Bilbao se llenó de cárceles improvisadas, para cuyo menester se utilizaron, además de barcos surtos en la ría y de algunos edificios municipales, los conventos del Instituto de los Santos Andeles Custodios y del Carmelo, de Begoña.

En septiembre de 1936 se llevaron a cabo los asesinatos en masa de los presos en los barcos «Cabo Quilates» y «Altuna Mendi», en los que cayeron, entre otros, el marqués de Arriluce de Ibarra, padre del actual director general de Administración Local.

DOSCIENTOS VEINTICINCO ASESINATOS

Dentro de unos días, el próximo 4 de enero, se cumplirá el XXXIV aniversario de

los asesinatos que el Gobierno de Euzkadi —y concretamente su ministro de la Gobernación, Telesforo Monzón—si no alentó, al menos permitió. Fueron doscientos veinticinco asesinatos los efectuados el 4 de enero de 1937 en los conventos de los Angeles Custodios y del Carmelo, en la Casa Galera y en la cárcel de Larrínaga.

En las primeras horas de la mañana de dicho 4 de enero se extendió rápidamente por Bilbao la noticia de que los presos de los Angeles Custodios estaban siendo asesinados por milicianos al servicio del Gobierno de Euzkadi.

La dramática noticia llego al Ministerio de la Gobernación de dicho «Gobierno», ya que dos oficiales de prisiones que se encontraban en el «convento-prisión» se apresuraron a comunicar telefónicamente a dicha oficina gubernamental lo que estaba sucediendo. Asimismo, la propia superiora general del Instituto de los Angeles Custodios, por aquel entonces la reverenda madre Luisa de Urquijo, telefoneó personalmente al ministro de la Gobernación, señor Monzón, para instarle angustiosamente que detuviera aquellos asesinatos. Telesforo Monzón respondió que ya lo pensaría. Reflexionó durante tres horas y media, al cabo de las cuales se presentó en el convento-prisión de los Angeles Custodios, pero en esas tres horas y media habían sido asesinados 225 presos. La tardía intervención de Monzón salvó tan sólo a tres presos, entre ellos a don José Luis de Goyoaga y Escario.

Posiblemente en el Vaticano, en la Sagrada Congregación de Ritos, se encontrará alguna noticia sobre estos hechos, ya que ese convengo bilbaíno es la casa matriz del Instituto de los Angeles Custodios fundada por la Sierva de Dios doña Rafaela de Ibarra, que está enterrada en el mismo y cuyo proceso de beatificación sigue activamente su curso.

En estas matanzas de Bilbao y en otras de la provincia de Vizcaya fueron asesinados cuarenta y cinco sacerdotes, a tres de los cuales se les ha abierto en Roma el correspondiente proceso de beatificación. Son el reverendo padre don Raimundo Castaños González, el dominico padre Solís y el reverendo don Federico Martínez de Uriarte.

Todos los asesinados en esas matanzas cayeron con entereza vitoreando a la Religión y a España.

UNOS PÁRRAFOS EJEMPLARES Los periódicos de Bilbao de aquella época publicaron a este respecto, y como un ejemplo entre tantos, los siguientes párrafos del testamento ológrafo escrito en los Angeles Custodios por don Adolfo G. Careaga y Urquijo, último alcalde de Bilbao de los tiempos de la Monarquía, días antes de su martirio:

«Sabiendo, como en su día sabrán mis hijos por su madre, todos los sufrimientos que en mi prisión he padecido, sin otro motivo que mi amor a la Religión y a mi Patria y los modestísimos servicios que en cargos oficiales les he rendido, deseo que el recuerdo de tales sufrimientos sirva a mis hijos, en manera alguna, para concebir sentimientos de rencor o venganza (pues toda ofensa persona] la tengo en absoluto perdonada), sino, antes bien, como lección de que en la vida hay siempre días dolorosos y crueles y de que la ciencia del buen vivir consiste en sobreponerse a esos dolores por amargos que sean, sometiéndose sin reserva a la voluntad de Dios, siempre sapientísima y misericordiosísima, aunque con frecuencia inescrutable, comprendiendo que el dolor perfecciona y purifica y que fue sobre todo santificado en la persona del Hijo de Dios.»

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