Reflexiones en el centenario de hoy     
 
   11/02/1973.  Páginas: 1. Párrafos: 7. 

1141-1973

REFLEXIONES EN EL CENTENARIO DE HOY

HOY, 11 de febrero, te cumplen cien año* efe la proclamación de la I República

Española. El hecho se presta a un comentario que, trascendiendo la estricta

historia, no» dé una lección de permanente actualidad.

En primer término, nos parece oportuno recordar las causas de aquella República,

estrella que se levantó en el horizonte con el destronamiento de Isabel II y que

se impuso cuando abdicó Amadeo de Saboya. Cayó la Monarquía de Isabel porque en

lugar de abrirse a la» fuerzas nuevas do la nación, se fue estrechando

gradualmente hasta reducirse a una camarilla sin el menor contacto con el país.

Cayó la Monarquía de don Amadeo porque su falta de raíces en nuestra tierra la

hacían muy difícilmente viable en todo caso e imposible después del asesinato de

Prim: el único estadista que habría podido consolidar alrededor del improvisado

monarca un consenso político como el que Cánovas conseguiría más tarde en torno

a AIfonso XII. En consecuencia, la República fue proclamada en un acto

formalmente ilegal (según la Constitución, al abdicar el rey las Cortes deberían

automáticamente haberse disuelto} y, paradójicamente, por el voto de unas

Cámaras mayoritariamente monárquicas, pero que ya no tenían príncipe a quien

recurrir.

Lo que la I República demostró (y su lección la repetirlo la segunda) fue la

pavorosa incapacidad para el gobierno de unos equipos aureolados por muchos años

de oposición, durante los cuates nada aprendieron, como no fuese a echar abajo

en once meses todo tu prestigio, concentrando en tan breve período "todos los

desastres, todas las ignominias, todas las vergüenzas esparcidas en la historia

de España en el transcurso de muchos siglos", como años después se pudo echar en

cara a Pi y Margall. Si la Monarquía había caído por el exclusivismo, parecía

lógico que lo República replicase llamando a la efectiva cooperación nacional,

que, además, hacían inexcusables sus orígenes; y, efectivamente, por ahí empezó.

Dos meses bastaron para que los republicanos se cansaran y levantasen la bandera

del exclusivismo, que muchos años después volverían o tremolar, con el mismo

catastrófico resultado: "la República, para los republicanos".

EL panorama fue, a grandes rasgos, el siguiente: una masa crecientemente

radicalizada, aplicando su ímpetu a la fórmula federa) hasta llevarla a los

extremos tragicómico* det cantonalismo; cuando Jumilla se declaraba

independiente y enseñaba ios dientes a "la nación murciana, su vecina",

amenazándola si la atacaba con "llegar, en sus justísimos desquites, hasta

Murcia, y no dejar de Murcia piedra sobre piedra"; y toda España, durante

aquellos meses, era Jumilla. En medio, unas Cortes convertida* en Convención

demagógica e inoperante, y arriba, la debilidad de los tres primeros

presidentes, tan parecidos en su conducta, que. bien puede aplicárseles

conjuntamente la afirmación de que "cayó el Gobierno cíe España en manos de

Cicerón cuando España más necesitaba a César". Se !a aplica el socialista Ramos

Oliveira a aquella primera (subrayamos: primera) "República de profesores",que

en nombre de los principios estuvo a punto de dejar que pereciera !a nación. El

cuarto presidente fue la excepción; pero Castelar no pudo llevar la República a

puerto porque la incorregible tripulación se le amotinó cuando más la necesitaba

en su generoso intento de enderezar el régimen, a fin de que en él cupiesen

todos los españoles. Fracasó, repetimos, a manos de quienes no se resignaban a

que otros compartiesen lo que consideraban como patrimonio exclusivo, aunque,

además, fuesen notoriamente Incapaces de cuiminitrarlo. Posó lo que tenía que

pasar y e) propio Castelar había previsto cuando anunció que si a un pueblo se

le obliga a elegir entre la anarquía y la dictadura, acabará eligiendo la

segunda.

NECESITAREMOS exhumar aquellos textos del gran tribuno, que nuestros abuelos se

aprendían de memoria, sobre el caos de aquellos once meses? Perdimos la

oportunidad de incorporarnos a la revolución industrial de los otros países

europeos que, simultáneamente y sin estridencias, estaban resolviendo el

problema de !a convivencia política que entre nosotros, por el contrario, se

exacerbaba día a día. Era inevitable, y esperado, repetimos, que Pavía pusiera

rin a aquel espectáculo delirante; lo inesperado fue que el general llamado a

asumir la dictadura, según la predicción de Castelar, no lo hiciera; pero la

República conservadora que quiso patrocinar llegaba demasiado tarde para ser más

que un alto en el camino hacia la restauración de una Monarquía que

previsoramente se presentaba como la conciliadora de Tos españoles en un régimen

abierto a todos ellos.

Lo fue en la medida de lo posible y por eso te mantuvo mientras pudo verse en

ella la posibilidad de la evolución democrática que (a República no había podido

garantizar, hasta que, a su vez, su incapacidad para proseguir esa evolución la

hizo también caer. Su lección, pero antes la lección de la I República, fue que

no perecen loi regímenes por los ataques de fuera, sino porque ellos mismos se

vacían por dentro, en nombre de una fidelidad, que es sólo estrechez e

inmovilismo, a sus principios. La falta del mínimo sentido de la realidad en los

gobernantes´ de la I República supera lo imaginable pero puede compararle su

cortedad de miras. Él exclusivismo de la Monarquía trajo la República; su propio

exclusivismo «e la llevó. Y cualquier rememoración que se haga sobre otros

supuestos podrá ser muy brillante desde el punto de vista de Ja ficción

política, pero tendrá muy poco que ver con esa austera maestra que se (lama

historia.

 

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