La violencia, crimen y error     
 
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La violencia, crimen y error

LAS postrimerías de la Semana Santa se han significado por una escalada de violencia en el País Vasco. Guipúzcoa y Vizcaya han padecido en unas horas una «ofensiva» de atentados, asaltos, intimidaciones, voladuras, tiroteos, etcétera. Los responsables de toda esta barbarie aún no han sido identificados, pero es presumible, dado que en estos tías se celebra el «Aberri Eguna», que hayan sido comandos de alguna de las facciones de la E. T. A. Nuevamente esta organización subversiva entra en acción, quizá espoleada por el nerviosismo de encontrarse entre los fuegos cruzados de las Policías francesa y española.

Sobre la E. T. A. y la violencia organizada en el País Vasco ya está dicho casi todo. No vacilan ni ante el crimen ni ante el error. Porque tanto en el uno como en el otro están plenamente inmersos los catastrofistas de la dinamita y el pistoletazo. ¿Pero qué se pretende con estas acciones? Creemos sinceramente que al país le gustaría conocer los resortes mentales de esta gente y desentrañar lo que se nos antoja indescifrable.

¿Pero es que todavía puede alguien en su sano juicio pensar que España es un país en ebullición prerevolucionaria como puedan serlo Palestina, el Kurdistán o el Ulster? Porgue las revoluciones —deberían saberlo los terroristas del País Vasco— no las inventan y las ponen en marcha un grupito de amigos por nutrido que sea su arsenal. Las revoluciones, cuando, por motivos que suelen escapar al control humano, han larvado una sociedad, se encauzan en determinada dirección y para provecho de unos u otros. ¡Pero nadie hasta ahora ha «inventado» una revolución! En la España de 1972, con treinta y tres años de paz a las espaldas, con la posibilidad a la vuelta de la esquina de disfrutar de una prosperidad sólida y distribuida, con quehaceres políticos a escala nacional y continental apasionantes para los próximos años, ¿a quién puede ocurrírsele pensar que al país puede movérsele un ápice con una panoplia d« detonadores, gelignita y metralletas? Si no tuviéramos a dos guardias civiles y al obrero de un periódico en el hospital a cuenta de las heridas de bala recibidas en los últimos atentados, se nos podría permitir exclamar: «¡Es peor que un crimen, es un error!»

Pero estos nihilistas, como hemos dicho, abundan en el error y en el crimen. Quieren trasplantar a nuestro suelo lamentabilísimas situaciones repetidas en Turquía, el Cercano Oriente o cualquier país llagado por el subdesarrollo. Si en sus manos estuviera —ellos obligan a pensarlo así— reeditarían ana guerra civil, de cuyo trauma tantos esfuerzos nos ha costada recuperarnos. ¿Pero cómo pueden suponer que ningún español sensato va a seguirles por ese camino? Dolor y estupefacción es lo que nos embarga cuando redactamos estas líneas. Podemos rechazar una postura, incluso condenarla, y, al tiempo, comprender sus motivaciones. Pero en el caso del terrorismo en el País Vasco, a nuestra enérgica repulsa tenemos que unir nuestro asombro. Se nos escapa por completo qué quiere, qué pretende, a qué aspira, qué espera la E. T. A. con sus tiroteos, secuestros y bombazos.

Desde este periódico Quisiéramos postular siempre algo que nos es muy querido: la tolerancia. Pero en función de este postulado irrenunciable es por lo que nos vemos obligados a exigir una acción enérgica que extirpe del país la más irracional de las intolerancias: la de quienes hacen profesión de fe y de vida en la violencia.

 

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