Autor: Raposo, Nemesio. 
 Testigo Directo. 
 Los republicanos españoles en los campos de concentración de Francia     
 
 Historia y Vida.     Página: 42-50. Páginas: 10. Párrafos: 40. 

TESTIGO DIRECTO

Por NEMESIO RAPOSO

LOS REPUBLICANOS ESPAÑOLES EN LOS CAMPOS DE CONCENTRACIÓN DE FRANCIA

Nemesio Raposo, autor del libro «Memorias de un español en el exilio»

(Ediciones Aura, Barcelona, 1968), ofrece a nuestros lectores un texto en el que

resume sus impresiones de refugiado en tierras de Francia.

Eduardo Pons Prades, cuya experiencia personal es paralela a la de Raposo —y a

la de tantísimos expatriados- hilvana unos datos sobre la importancia y

caracteres del éxodo de los republicanos desde Cataluña a Francia a finales de

enero y comienzos de febrero de 1939.

Más de medio millón de personas, entre ellas niños, ancianos, enfermos y

heridos, buscaron refugio en las tierras hermanas de la Francia más vecina,

creando una serie de problemas de alojamiento y avituallamiento, sanitarios y de

orden público.

¿Cómo hicieron frente las autoridades francesas a tales problemas y con qué

espíritu? ¿Cuál fue la acogida que dispensó el pueblo del Rosellón y del

Vallespir a los refugiados españoles?

Por lo que al pueblo se refiere, nadie negará su humanitarismo, su solidaridad

con el sufrimiento, al margen de filiaciones o simpatías políticas. En cuanto a

las autoridades, las opiniones son ya más matizadas y dependen no poco de las

circunstancias personales del observador. Pero existe un hecho indubitable y es

que el Gobierno francés, con el consenso de su pueblo, no puso ninguna

dificultad para acoger a tan formidable alud de refugiados, una masa que

superaba ampliamente los cálculos del Gobierno de la República española.

centaje de los que efectuaban todo el trayecto, Ocean to Ocean, era en general

muy reducido.

Se han creado muchas fábulas acerca de los asaltos al tren por parte de los

pieles rojas, pero si bien las incursiones de los indios contra los convoyes

eran un hecho bastante corriente en el año 1840, treinta años más tarde habían

cesado por completo. En cambio, en •$. Transamericano ocurrieron no pocos actos

de bandidaje que no se pueden imputar a los pieles rojas, ya que éstos, hace un

siglo, habían sido ya . prácticamente exterminados por los blancos. Por otra

parte, en las zonas todavía Infestadas por tribus hostiles, el tren viajaba con

una nutrida escolta. De vez en cuando su marcha tenía que reducirse a causa del

paso de manadas de bisontes que cruzaban las vías. Más tarde, también los

bisontes fueron exterminados y con ellos se eliminó el último obstáculo.

En junio de 1876, un tren americano especial, el Jarret & Palmer, estableció el

récord transcontinental al efectuar en 84 horas y 20 minutos el trayecto Jersey

City-San Francisco, cubriendo uña distancia de 5.430 kilómetros a una velocidad

media de 64,4 km/h. Para lograr esta marca, durante el viaje la locomotora fue

cambiada diecinueve veces. Hasta 1934 no fue batido este. récord por el tren

Diesel City of Portland, que realizó el viaje desde Nueva York a Los Angeles

(5.240 kilómetros) en 56 horas y 55 minutos, a la velocidad media de 92,2. Las

velocidades comerciales normales de los trenes americanos, como ya hemos dicho,

eran modestas y así se han mantenido. El Trans -canadian viaja desde Montreal

hasta Vancouver (4.635 kilómetros) a una media de 65 km/h. Es un tren

modernísimo, dotado de todas las comodidades de un buen hotel. Pagando un

suplemento se puede disponer además de un pequeño apartamento móvil con salón,

dormitorio, cuarto de baño y veranda. La velocidad, empero, no es nada del otro

mundo. La velocidad, como dicen en América, pertenece al cielo.

Día 6 de febrero de 1939: una larga columna de refugiados republicanos —algún

capote militar entre la barahúnda civil— se apresta a ganar tierra «de

promisión» francesa a través del puesto fronterizo de El Pertús

OSSEJA en el Ariége, es un campo de concentración no muy apartado de la barrera

pirenaica, un campo que podríamos llamar de paso. En febrero, cuando esto

acontece, el frío es intenso y los días desapacibles. Los hielos cubren los

charcos y no es infrecuente que nieve. ´ Las noches, bajo un cielo

asombrosamente despejado, congelan a los hombres desabrigados. Aquí llegan

numerosos grupos de españoles vencidos, rotos, hambrientos. A campo traviesa,

han tenido que vencer los innumerables obstáculos de los montes, nevados y

helados, en los que han caído los más débiles para no levantarse más. Los que

han conseguido superar la prueba del hambre y del frío, llegan a Osseja con la

ropa puesta. Todos los demás enseres que

componían su equipo los han lanzado para aligerar el peso, para rendir mejor un

supremo esfuerzo con sus últimas energías. Al llegar, la gendarmería les conduce

a su cuartel donde procede a cachearlos, por si alguno fuera portador de armas.

La esperanza de algún alimento con que aplacar el hambre canina queda

desvanecida. Hay unos setos alambrados donde pacen tranquilas las vacas y

sirven, sin más ni mas, de campo, de concentración. En ellos son lanzados los

hombres a voleo, sin más abrigo que el techo del cielo. Por encima de los

alambres les tiran algunos trozos de pan e introducen unos cubos de hierro con

una pasta de arroz blanco. No hay cucharas ni tenedores, ni siquiera palillos

chinos. Los hombres han

de comer el arroz a puñados, pero como están espantosamente hambrientos y la

cantidad de arroz es pequeña en proporción al número de necesitados, las

disputas son bárbaras por hacerse con un puñado de arroz. Sobrevivir es el

dilema; en aquella situación despierta el bruto; los actos más deprimentes se

desarrollan en el interior de aquellos setos alambrados y hombres perfectamente

normales dos días antes se comportan como si hubieran perdido de pronto el

juicio. Después, la noche los apelotona para juntar el mutuo calor de sus

cuerpos y hacer frente a la muerte que ronda vigilante, y que consigue cobrar

algunas vidas. Los que sobrevivan a esta prueba serán conducidos más hacia el

interior de Francia, donde se han organizado grandes centros de

confinamiento.

Confinados entre alambradas

Más de doce horas de marcha ininterrumpida me costó llegar al famoso campo de

concentración de Argeles de Mar. Con motivo de la apertura de la frontera, un

río de españoles han penetrado como un alud en el suelo francés. Con este motivo

se han tomado una serie de medidas de seguridad. Nadie puede salirse de la ruta

en la que se nos ha encajado y ningún pretexto es válido para detenerse en

ninguna parte.

Estar enfermo o tener los píes llagados y sangrantes no es suficiente para no

seguir la suerte de todos.

Caminar y caminar, aunque no se sepa adonde, es la consigna que nos han dado, y

nadie puede desobedecerla si quiere conservar su integridad física.

La situación nuestra, claro está, no es de las más brillantes, porque caminar

hacia el exilio vencidos y rotos es una calamidad casi insuperable. Agrava la

situación el haber dejado atrás patria y familia, lo cual aumenta doblemente el

sufrimiento. Menos mal que el paisaje, de una belleza encantadora, y la luz que

se difunde esplendorosa proporcionan cierta calma al corazón dolorido.

Por más que hemos andado durante todo el día, nos ha sorprendido la noche de

camino. Miramos nuestro destino como una meta esperanzadora de merecido

descanso, pero, por desgracia, no se cumplirá nuestra ilusión, Las rutilantes

estrellas del cielo majestuoso nos ayudan a marchar; la esperanza no desaparece

nunca del corazón del hombre, ni en los peores momentos.

Por fin hemos llegado a una playa junto al mar, convertida en campo de

concentración. Una alambrada punzante rodea el •área donde un inmenso hormiguero

humano se agita, comenzando desde aquel mismo momento una lucha para sobrevivir,

en la que muchos no resistirán. La muerte piadosa arrebatará a los débiles.

Aquí no hay nada, ni lo más elemental para unos seres humanos, quedando reducido

cada cual a la protección de sus propias fuerzas. No hay barracones ni ninguna

clase de habitación. Agua del mar, arena y cielo son nuestro inmediato destino.

Confinados entre alambradas nada puede hacer el hombre por su propia vida, salvo

no desesperar y reunir todas sus energías para luchar. No hay comida, ni tampoco

agua potable con que apagar la sed. Y si bien se puede resistir sin comer un

buen número de días, sin beber, la muerte llega pronto.

Se han presentado ya en aquella Nochebuena los primeros signos de desesperación.

Son muchos los españoles que no han comido en varios días, y el natural

nerviosismo agita a los hombres y los mueve a la violencia. La llegada

ininterrumpida de nuevos contingentes aumenta por momentos la fenomenal

confusión, y un augurio de catástrofe se cierne amenazador. Aquí hay todo un

pueblo recluido, un pueblo completo donde no faltan las mujeres y los niños. En

unos carros, con o sin toldo, con unos animales atados a las ruedas, se albergan

familias enteras, Son gentes campesinas que abandonaron sus pueblos y creyeron

hallar honesto asilo en la Francia democrática. Muchos camiones del ejército

republicano aparecen detenidos en la arena, con sus ocupantes a su alrededor,

civiles o militares. Se calcula que 180.000 a 200,000 españoles ocupan hoy este

inmenso arenal desolado. Sin embargo, y dado el número creciente de refugiados,

casi no queda ya un palmo de suelo donde asentar los pies.

La ciudad de los muertos-vivos

Estamos seguros que las autoridades francesas se esfuerzan para conjurar el

peligro de la desesperación, pero es probable que no dispongan aún de los medios

para ello. De momento unos cuantos camiones del antiguo ejército republicano

realizan algunos viajes y vienen cargados a rebosar de redondos y apetitosos

panes, que los gendarmes intentan repartir organizadamente, pero sólo empleando

las armas,, acaso se lograría encauzar a aquella multitud hambrienta y

desmoralizada. En el momento que llegan los camiones en caravana son asaltados

por miles de hombres, y, a buen seguro, entre ellos se hallan ios padres

de los niños que cayeron en este infierno.

El otro problema inmediato de los presos es el de abrigarse en las frías noches.

Ya hemos dicho que no hay ninguna clase de habitación, y dormir bajo la noche

estrellada contribuye, con el hambre, a mantener un alto estado de sufrimiento.

La gente recoge cuanto puede facilitar un abrigo, por más elementa! que sea:

hierbas secas del interior del campo, y además salta la alambrada y recoge cañas

y ramas de árboles y brazadas de sarmientos de los campos inmediatos, donde

prosperan extensos viñedos. Esto es peligroso, sin embargo. Ceñudos moros de

mirada acerada montados a caballo, vigilan celosamente, y ya han cazado a algún

atrevido: no es el primer preso que vuelve con las espaldas tundidas a sablazos

de plano.

De verdad pedimos perdón a los pacientes campesinos, por los daños que hayamos

podido ocasionarles en sus tierras, pero hay unas leyes físicas y hasta morales

de las que no puede escapar ni el hombre mismo. El instinto de conservación es

más fuerte que toda clase de consideraciones.

Con toda esta clase de materiales, con hules, mantas, sábanas, impermeables y

trapos, cada cual se ha construido un agujero. Por lo menos el rocío matutino no

cae sobre uno, aunque la arena es flaco colchón y además muy húmedo. Así ha

crecido una populosa ciudad miserable, la ciudad de los muertos-vivos.

Normalizado en cierto modo el racionamiento del hambre, el preso se ha dedicado

a dar personalidad a su habitáculo. E¡ conjunto de chozas, chabolas, agujeros

que ocupan todos los espacios está dividido, sin embargo, en dos mitades. A la

avenida que las divide a todo lo largo del arenal se le ha dado el pomposo

nombre de «La Rambla», nombre que es aceptado por unanimidad. Algo debe de tener

que ver en ello el hecho del gran número de catalanes que habitan este

campamento parecido al de un pueblo nómada.

Mis amigos y yo también hemos desafiado el riesgo de tropezar con los moros y

hemos tenido la suerte de recoger los materiales suficientes para construir una

pequeña, pero acogedora chabola. Para proteger las brazadas de cañas del posible

ladronicio las hemos sujetado en la alambrada, Junto a la cual se ha dispuesto

construirla, y una noche más la pasamos bajo el cielo estrellado. Muy de mañana,

temblando de frío, hemos comenzado nuestra obra. Cuando me dispongo a soltar una

de las brazadas de cañas sujetas en la alambrada, se acerca un senegélés

enfurecido:

—¿Por qué cortas la alambrada? —grita.

—No la corto —replicó—. Desato estas cañas.

—Sí, la cortabas.

—|No! —le contestó fuera de mí.

Saca su puntiaguda bayoneta de ia funda, besa su mano derecha por ambos lados y

en lengua materna, que comprendí instintivamente, me desafía a que toque las

cañas si me atrevo. Prudentemente me pongo fuera del alcance del brazo armado y

espero a que el blma-no se calme. Pero ahí está él mirándome con ojos ,de gato

cazando, dispuesto, según parece, a traspasarme si las toco. Cada vez aumenta

más el número de los presos que se detienen a presenciar tan insólita escena y

hay ya algunos dispuestos a saltar la alambrada y tundir al cabo senegalés. Veo

un oficial francés pasar por allí cerca, le explico lo que está sucediendo y

ahuyenta al celoso guardián.

Por fortuna han empezado a evacuar de aquí a las mujeres, a los niños y a los

ancianos. Pero se han olvidado de llevarse también a una multitud de muchachos

que están dando aquí rienda suelta a su fantasía. Da gusto verlos y tratarlos

por su ingenuidad, pero causa pena verlos hambrientos y sucios.

Un día me ataca un fuerte dolor de muelas y alguien me dirige hacia un hospital

de campaña que está cerca del mar. Con rrii dolor irresistible me he presentado

al doctor, que me ha escuchado muy amable.

—No tengo nada especifico contra ese dolor de que usted se queja, pero si lo

tuviera no sé lo daría: lo conservaría para atender a esos que hay aquí dentro —

me contesta—. Mire.

Descorre una cortina y contemplo un atroz espectáculo: en el suelo, sobre unas

yacijas negruzcas, quizá colchones, y sobre la propia arena, yacen unos hombres

´ quejumbrosos. Son heridos de guerra o enfermos, envueltos en trapos

sanguinolentos y sucios. El doctor no tiene medios para atenderlos. Enfrente

mismo de la descorrida cortina hay un herido de cabeza cuyo volumen parece el

doble de lo normal. La tiene envuelta en unos sucios trapos en los que la

negruzca sangre aparece en ellos. Los ojos se le salen de las órbitas y miran

con una fijeza que traspasa el corazón. Sin duda es un hombre a dos pasos de la

muerte.

—Consuélese, hombre, con su dolor de muelas, que eso no tiene Importancia —me

despidió el doctor.

Cuando salí ya no tenía ni el más leve dolor.

Un 14 de abril distinto

Como una ciudad cualquiera del mundo, la ciudad de chabolas se ha puesto en

marcha. Hay muchas cosas que impresionan al observador, pero que unos hombres

hambrientos y miserabtes hayan recomenzado su actividad de maestros, es

asombroso. Cualquier chabola sirve de aula y sala de conferencias y, cuando no,

es bajo el desnudo cielo donde se aprende y se estudia. Un pueblo que tiene

maestros que le aman nunca puede perecer.

Ha llegado la fecha del 14 de abril, que para el refugiado tiene la mayor

importancia: es la fecha en que nació la Segunda República española., El campo

está de fiesta y tas cornetas españolas han tocado diana floreada. Los

expatriados han recogido toda clase de materiales, conchas y: piedrecitas de

colores, y han construido verdaderas obras :artesanas. Con arena mojada se han

ejecutado esculturas y emblemas históricos y hasta el prohibido «Himno de Riego»

ha sido hoy autorizado. Ha habido discursos delirantes y-fraternos, y un

conjunto de músicos han amenizado el cordial espectáculo. Aquí, que está reunida

la aristocracia del trabajo del brazo y del cerebro, algo emocionante flota en

el espacio. He visto llorar a los hombres, a los mismos que han luchado contra

tanta y tan aplastante adversidad.

Grandeza moral y miseria en Argeles

Al principio, el campo de Argeles albergó a los restos de las Brigadas

.internacionales.

Con este motivo los hombres de diferentes países hablaban aquí sus respectivas

lenguas. Enfrente del campo, Junto a viñedos y árboles frondosos, se ha

construido el cementerio. Es una pequeña parcela alambrada salpicada de cruces.

Yo no sé si son muchos o pocos los españoles que murieron en esté arenal, pero

si sé que aquí la muerte no constituye ningún mundanal espectáculo Se muere en

una chabola o tal vez bajo la luz det sol, y unas tristes parihuelas le

trasladan, sin más, al tibio regazo de la, madre tierra. Ni plañideras ni

flores, ni vanidades ni mercado acompañan al muerto. Los amigos más íntimos le

cerraron los ojos y le despidieron profundamente silenciosos. Un español anónimo

más ha sido enterrado.

El campo de Argeles se hizo tristemente famoso. Dado el confuso hacinamiento de

hombres de conductas distintas, algunas forzosamente relajadas por la guerra,

era inevitable que se produjeran crímenes. Y junto a la grandeza de los mejores

surgió el brazo armado que, abatió a un hombre a tiros de pistola. O se enterró

vivo en la arena a un hombre acusado de espía. O se mataron a golpes de hacha y

de navaja unos individuos. Todo lo cual, comparado con el deprimente medio

ambiente, no rebajó el límite de pequeños accidentes: hubo en aquellos hombres

más grandeza que miseria moral.

Argeles ha sido evacuado totalmente: sus huéspedes han sido trasladados a otros

campos. Yo he sido ¡levado a Bar-carés, que está situado en la costa, como

Argeles, pero 40 kilómetros al norte. Este campo, que alberga unos 50.000

españoles, dispone de una perfecta organización de barracones. Como siempre, el

racionamiento es insuficiente; tampoco en los barracones hay más que el suelo

arenoso para habitar. Pero la vida aquí es tranquila y hasta en cierto modo

amable, ya que la población allí confinada ha organizado toda suerte de

actividades culturales e intelectuales: hay barracones destinados a la lectura

de obras extranjeras y españolas, conferencias de diversas disciplinas, escuelas

para los que quieren aprender o superarse, artistas que emplean su tiempo en

crear. Conjuntos de música ensayan y amenizan la vida del campo. Por un pequeño

suplemento en la comida se ha organizado e] deporte en sus distintos aspectos, y

también los humildes conjuntos teatrales, corales y cómicos alegran la vida de

este mundo del dolor. El cuerpo de bomberos está constituido por españoles y

también la policía auxiliar que colabora con la autoridad francesa en el

mantenimiento del orden. El ejército regular francés rodea el campo con

guardianes armados de fusil bayoneta; la gendarmería y los guardias móviles

vigilan la entrada principal y atienden al orden interior. El mar, en el que se

puede penetrar cien metros sin que cubra a una persona normal, es un buen amigo

para nosotros. En sus orillas se pasea y se discute, se piensa y se sueña,

porque el mar es bello y comunica el optimismo a las criaturas que sufren.

«Tal vez mañana...»

La guerra ha estallado cruelmente en Europa y un ejército de voluntarios, entre

los que hay muchos españoles, va a ser alojado aquí. Se tiene mucha prisa en

adiestrarles para matar y morir y hemos debido dejarles el campo a su

disposición. De nuevo he sido trasladado a Argeles donde se ha confinado sin

piedad a muchas mujeres españolas, y a sus niños. "El espectáculo no puede ser

más triste: los niños son las víctimas Inocentes de la brutalidad humana. No hay

para ellos trato especial, como merece su Indefensión, pues se les trata con la

severidad del mismo régimen alimenticio general del campo.

Tampoco hay para ellos mejores condiciones de abrigo y salubridad.

Esta noche un coro musical ha rondado por el campo dando alegría a los que

sufren. La noche es serena éri un cíelo cubierto por el fulgor de las estrellas.

Dos o tres meteoritos han penetrado en nuestra atmósfera dejando encendidas sus

estelas temblorosas: acaso nos traen algún mensaje del lejano desconocido que no

llegamos a recibir. No corre aire, todo está en paz. El mar no teje y desteje,

permanece quieto para que se miren los luceros en su espejo. El murmullo ha

cedido en las miserables chabolas. Los ensueños se apoderan de las almas. £1

pensamiento gira en´tor-no a las quimeras. Es la hora de las esperanzas y de las

desesperanzas, de pronto, las voces viriles de un coro varonil irrumpen sonoras

en el ámbito silencioso del campo. Lentamente se acerca llevando el calor a los

corazones. «L´emigrant», con su honda y lírica nostalgia, llena el aire de

acentos emocionantes y sensibles. Los refugiados han abandonado sus tristes

agujeros para me-. jor escuchar. Un soplo apacible y suave parece flotar en la

serena noche y los hombres sonríen un momento, llenos de esperanza. «Tal vez

mañana», piensa esta multitud desgraciada que sueña con la libertad perdida.

«Tal vez mañana...»

Reina el completo desorden urbano en cuanto a la construcción de las chabolas.

Cada cual ha edificado donde y como le .era posible. Por eso este campo es un

perfecto laberinto. Pero quedan algunos espacios libres de chozas. Uno de estos

espacios ha sido aprovechado por la autoridad del campo para construir unas

pequeñas barracas de madera destinadas, por ejemplo, a carpintería. Un joven

ingeniero español está probando aquí sus facultades profesionales, y entre otras

cosas ha diseñado una especie de rueda aspada con vistas a aprovechar los

fuertes vientos reinantes en este arenal. El día de la prueba parece haber sido

un éxito, piles la rueda gira y gira movida rápidamente por el aire. No sé qué

aplicación posterior habrá resultado de su afortunado rendimiento.

Setfonts, donde hemos sido trasladados, es un campo donde se concentran los

grupos y las compañías de trabajo, que luego son distribuidos por tierras de

Francia. Aquí los presos sufren exámenes de suficiencia profesional antes de ser

enviados los grupos a laborar. Las pruebas las dirigen españoles capacitados,

ingenieros y médicos. En las compañías de trabajo, los individuos que las

componen no necesitan examen alguno, porque están destinadas a trabajos de

peonaje, aunque en sus filas haya hombres de capacidades superiores.

Los 50.000 voluntarios de los «Batallones de Marcha»

Ya, Setfonts, en la guerra del 14, fue campo de prisioneros alemanes. Arriba en

una colina se vislumbran los cipreses del triste cementerio alemán, , donde se

daba sepultura a los hombres que no resistían las penalidades del cautiverio.

Así, pues, estos terrenos tienen una historia trágica. Su destino aparente es la

muerte y el dolor. Aquí penamos nosotros nuestra parte correspondiente. Acaso el

mundo se entere alguna vez de nuestra odisea y sienta vergüenza. Acaso nuestros

sufrimientos no los conozca nunca nadie y sean estériles.

Una noche toda la compañía a la que pertenezco fue atacada por grave

intoxicación. Hubo casos verdaderamente graves, pero los cuerpos curaron por sus

propias defensas naturales. Los 250 hombres del barracón fueron más o menos

atacados por un tóxico que todos ingirieron. El suelo donde estaban abatidos los

cuerpos, sobre un lecho de paja, parecía la antesala de la muerte. Se avisó a la

sanidad del campo en demanda de auxilio, pero no acudió a la llamada ni un solo

médico. La vida había dispuesto que viviéramos para sufrir, y a la mañana

siguiente todos estábamos en pie, más o menos desencajados.

Parece que la intoxicación la produjo la grasa con que cocinaron nuestra cena,

grasa que estaba en un estado avanzado de descomposición.

En Vernet, el «campo de los catalanes» fueron encerrados los hombres más

distinguidos del bando republicano, social o políticamente hablando. Me refiero

a aquellos que no tenían pasaporte diplomático u otros medios de evitar los

campos de concentración franceses. Allí el régimen era más severo, y

precisamente en él fue donde se hicieron respetar los hombres por su enjundia y

coraje. En uno de los conflictos con las autoridades francesas del campo, éste

llegó a ser rodeado por un gran contingente de fuerzas de la gendarmería, que

emplazaron ametralladoras. Por fortuna, se impuso la cordura y se evitó una

catástrofe.

Los Batallones de Marcha fueron una creación francesa para incorporar

voluntarios a la guerra. Después de la Legión, estos, batallones constituyeron

una gran fuente de energías humanas. Se calcula en 50.000 los españoles que

engrosaron este ejército de extranjeros. He visto muchos muchachos llenos de

vida y de ilusiones destinados a la muerte, portadores de nobles Ideales, de

ansias de venganza, de ilusiones aventureras. Otros, por circunstancias

especíales, fueron forzados y engañados, y hasta hubo quien ofrendó su vida

generosamente por salvar a su esposa y a sus hijos, confinados en campos de

concentración. En realidad, el mundo, en estas fechas, es sólo una Inmensa

prisión. Los campos de concentración y de exterminio proliferan con saña

criminal, ¡untos a los terribles sufrimientos de las poblaciones aniquiladas por

los mutuos bombardeos.

Olvidar y disculpar significa lo mismo

En mi libro Memorias de un español en el exilio hay una versión sencilla, acaso

elemental, de la vida de los republicanos españoles en los campos de

concentración´ franceses. Es un testimonio general, no agotado, que no abarca

los casos de cada uno de los españoles, porque cada uno tisne su caso y cada

campo su historia.

Fuera del área del campo da Barcarés, en la zona que ocupan los barracones de

los soldados y gendarmes franceses y otros servicios, hay un barracón destinado

a exposición permanente de las obras realizadas por los españoles. Allí hay

óleos, acuarelas, escultura y grabado. Un busto del anarquista Durrutt,

realizado al parecer en yeso, es muy comentado por el gran parecido conseguido.

La mayor parte de estas obras es el producto de los artistas de Barcarés, aunque

algunas, según me han dicho, han venido de otros campos. Tengo entendido que

esta exposición es muy visitada por la población civil francesa, que la mira con

agrado. En Perpiñán, dicen, existe una sala destinada a recoger la obra de los

artistas españoles de todos los campos de concentración franceses.

Aquí en esta misma área vi al mariscal Pétain girando una visita a los campos de

concentración. Por ello puedo decir que Pétain no vio el campo más que a unos

200 metros de distancia; es decir: vio una panorámica de él, aunque después

declaró a [os periodistas que los españoles estaban bien instalados y atendidos.

Unos inválidos de guerra republicanos estaban concentrados en un barracón del

campo de Setfons y sobrevivían gracias a la solídaridad que por aquellos tiempos

abundaba entre los hombres. No es que estos inválidos no recibieran su

correspondiente ración alimenticia, igual a la nuestra, pero por ser baja en

cantidad y calidad no podía cubrir humanamente las necesidades de los cuerpos

menguados en sus funciones físicas. Por fin recibieron ayuda —así me lo dijeron—

del S.E.R.E., si la información es cierta. De todos modos, siempre había

compañeros no inválidos dispuestos a prestarles toda clase de apoyos,

Alguna vez el Parlamento francés se ocupó de los presos es^ pañoles en los

campos de concentración. ¿Quién no recuerda aquellas tumultuosas sesiones

parlamentarlas? Pero fue para denigrarnos y escarnecernos, hasta el punto de que

hubo un «ultra» que propuso meternos en barcos agujereados y abandonarnos en

alta mar.

Fueron muchas las familias completas españolas que buscaron asilo en la vecina

Francia. La tragedia de esas familias es un capítulo importante en la odisea de

los republicanos españoles, en un país donde el respeto a la familia está

altamente desarrollado. Yo tuve la desdicha de presenciar el desmembramiento de

ellas, obligando a ios padres a separarse de sus madres, esposas, hermanos o

hijos. No es necesario reproducir aquí los dramas de estas inhumanas

separaciones en momentos en que todos y cada uno necesitaba el mutuo apoyo para

sobrevivir. Cualquier familiar normal puede imaginar el desastre a que eran

lanzadas estas familias. Un ser libre puede luchar mejor por su vida que aquel a

quien quitan el calor de la familia.

Han pasado más de 30 años y muchas familias siguen recordando, quizá aún

esperando, al hombre que las sostenía con amor. Nunca más supieron de él. Y es

que muchos españoles murieron víctimas de la guerra, o perecieron de

privaciones, dolor y amargura, lejos de los suyos,

He tropezado en España con muchos protagonistas de la tragedia francesa. Una vez

más me he convencido de la grandeza mora! de nuestro pueblo. Casi todos han

olvidado las penalidades de los campos de concentración franceses; y es que

olvidar y disculpar tiene el mismo significado. N.R.

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