Autor: Calvo Sotelo, Luis Emilio. 
   XXXIV Aniversario     
 
 ABC.    13/07/1970.  Página: 3. Páginas: 1. Párrafos: 4. 

XXXIV ANIVERSARIO

HE ido midiendo, al paso inexorable de la vida, los estragos del tiempo en la

vivencia purísima del recuerdo. Faltan, es verdad, machos de sus mejores amigos:

los Amado, los Goicoechea, los Marañon, los Meirás, los Betanzos... Faltan,

también, sus oscuros correligionarios de la hora difícil, los que le dieron los

votos en ei 31 y en el 36 y dejaron el corazón y la vida en los Leones de

Castilla, en la Universitaria, en el Ebro, para salvar a España y vengar su

muerte, "que todo es uno y lo mismo —como diio Antonio Goicoechea—porque salvar

a España será vengar tu muerte, e imitar tu ejemplo será el mejor camino para

salvar a España". Ancha distancia media entre aquellos funerales de los años

cuarenta, con los templos desbordados y los ojos húmedos, y estos otros fríos y

minoritarios, aunque siempre solemnes, de nuestro tiempo actual. Decir que es

ley de vida es citar el tópico en su primigenio significado de principio

inmutable. El tiempo que transcurre lleva en si la quietud de los cipreses, y

con ella la vaporosa lejanía del olvido.

Pero hay algo más que todo eso, algo más aue la desaparición de los amigos

fieles y el desflecamiento progresivo de la memoria. Hay algo que no accede por

pura omisión, por mero negatívismo, inevitable y aséptico, sino que actúa en

sentido literalmente positivo y aún diría que beligerante. No sólo se han ido

sus amigos, no; se nos ha metido en casa, se nos está metiendo—en ocasiones pon

excesiva confianza; en otras, por temor; las más por indiferencia o snobismo

culpables— un clima de animosidad para todo cuanto representa la sola advocación

y el sólo nombre de José Calvo Sotelo. El fue la postura gallarda, la lealtad,

el látigo bíblico; la intransigencia política ante los cantos de sirena de todos

los ismos de la República; la hora crucial del despertar histérico de un pueblo.

Y todo eso no interesa recordarlo. No ya por un propósito de conciliación

histórica, sino porque las ideas a quienes él fustigó han vuelto a tomar entrada

en taquilla y esperan turno a la puerta. José Calvo Sotelo simboliza muchas

cosas que estorban y embarazan en esta hora de frivolidad y amnesia, y esto es

más grave que la desaparición física de unos hombres leales y la orfandad de les

templos.

Vivimos horas confusas, porque el enmudecimiento de las voces triunfalistas de

quienes heredaron la victoria coincide con la puesta a punto de otras laringes,

otrora silenciosas, hoy bullidoras y parlantes, en sintonía en un principio

tímida y cada vez más audible y clara. La ola de aquéllos parece ir de retirada,

tanto como se agiganta v engorda la de los segundos; a veces se entrecruzan sin

llegar a perturbarse, en otras se enfrentan nítidamente, y el resultado de todo

ello es de perplejidad y desorientación. Cabe formular, con toda claridad y

sencillez, la pregunta de si debemos, movilizados por esa marea creciente de la

apertura y la izquierda, dialogar de nuevo con los modos y postulados proscritos

a partir del 1 de abril de 1939. Cuando en Vietnam, en Camboya, en Cuba, en los

comicios europeos, incluso en Oriente Medio, combaten básicamente las mismas

ideas que lo hicieron en España en 1936, ¿es inteligente aceptar fisuras en la

línea ideológica concebida el 13 de julio, y dada a luz horas después, en el

estallido tremendo del 18 de julio? Claro está que si aceptamos tales ponzoñes a

bordo, pasaremos por protagonistas; pero vale más, a mi juicio, soportar el

remoquete de fanáticos o de retrógados, que ser traído-res a nuestros ojos y a

los ojos que nos contemplan desde la paz de las estrellas.

Y no se trata de palabras vanas, no. Porque sólo los compañeros de viaje, los

amnésicos y los ingenuos pueden desconocer que, detitio y fuera de la plaza, se

movilizan y concitan, gesticulan y maniobran, los miembros de la "oposición",

los resentidos, los auténticos inmovilistas —encastillados en la misma postura

mental de hace treinta años—detractores permanentes del 13 y del 18 de julio.

Estas fechas, que yo hoy me permito glosar con pluma deliberadamente ingenua y

enteriza, no deben servir tan sólo para concretar unos emolumentos o señalar una

frontera vacacional; no pueden ser mojones de almanaque o de guardarropía; sen

hitos lúcidos que definen la íntima posición de cada cual ante los problemas

circundantes.

Nadie dude que al país le esperan momentos comprometidos y difíciles, y que el

caudal de valores encarnado por esas fechas será la única coraza válida de la

España rescatada hace un cuarto de siglo.

Suponer que el oasis de orden, de paz. de progreso que disfrutamos, en tanto e!

mundo se conturba y distorsiona en una charca de guerras y de violencia, es un

don gratuito y perdurable que nunca será amenazado, representa un optimismo

invidente. Lo quieran o no los señores de la "oposición", lo admitamos o no los

demás españoles, siempre cicateros para el elogio de la cosa pública, en el

fondo de cada cual está la convicción de que el país vive años luminosos. (Muy

ciegos habríamos de ser si no aceptásemos los datos de las estadísticas, y las

estadísticas, cuyo porcentaje de error es moderado, nos dicen que España es el

primer país del mundo en orden social; el segundo país de Europa en índice de

criminalidad; el segundo país del mundo en desarrollo turístico, y el segundo

país del mundo en avance—relativo—industrial y de renta "per capita", durante

los último veinte años.) Conviene recordar, sin embargo, que este renacer

notorio tiene encima una espada de Damocles. a la que sólo una sólida barrera

defensiva puede mellar la hoja.

Lealtad a los principios básicos, continuidad, unión: eso es el camino. Sin

falsos pudores, nin amnesias frivolas, sin concesiones a !a galería. Con la

serenidad, la hondura y la firmeza de quienes no están dispuestos a dilapidar el

capital heredado. Los de la oposición ya se ve que no tienen "complejos";

tampoco los rusos—y hacen bien—al conmemorar la revolución de 1317; ni los

franceses al festejar, entre rigores caniculares y alarmantes yugulaciones de

tráfico, la toma de la Bastilla... ¿Seremos tan estúpidas nosotros de

avergonzarnos o inhibirnos como pazguatos al recrear las fechas que nos han

traído una España mejor?

Por ello no es superfluo, sino oportuno, rememorar, a la distancia de una

generación, al hombre, al estadista, al mártir, porque en el dintorno de!

recordatorio pueden citarse de nuevo muchas gentes que comulgan en los mismos

sentimientos y que hoy, quizá, se sienten discersas y confusas. Que no nos

barran la memoria con una escoba. ¿No hay ya vencedores ni vencidos? Muy bien.

¿Se acabaron por ventura los resentimientos entre españoles? Perfecto. Pero hubo

una República de partidos, oue algunos añoran, y que puso en la madrugada del 13

de julio, en el cementerio del Este, el cadáver de un hombre puro que dio su

vida por salvar a España. Gracias a él y a ctros muchos tenemos una España

nueva, con defectos sin duda, con imperfecciones acaso, pero noblemente aplicada

a las disciplinas de la paz v del progreso, que no estamos dispuestos a ver

reingresar en la turbamulta de ideas y rencores de los años treinta.

Luis Emilio CALVO SOTELO

 

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