Desgraciadamente, no está claro     
 
 ABC.    03/05/1969.  Páginas: 1. Párrafos: 14. 

DESGRACIADAMENTE, NO ESTA CLARO

En un extenso editorial ha hecho "Ya" un planteamiento interesante de la actitud observada por los sacerdotes relacionados—en la medida que sea—con los graves actos acaecidos en la diócesis bilbaína.

Según el editorial de "Ya", los sacerdotes "enmudecen" y "callan" ante los Tribunales que actúan no por un privilegio dimanado de un Convenio concordatorio, sino por un imperativo de su ministerio.

"El sacerdote—afirma—, aun fuera del siglo sacramental, está en obligación de celar frente a todo interrogatorio cualquier conocimiento que le haya sido confiado en su calidad de ministro que aporta luces para la dilucidación de un problema moral."

Y concluye: "Creemos que el asunto está bien claro. Lo que no comprendemos es que nadie intente involucrarlo. Y se está haciendo."

Se presenta, así, el caso enfocado desde otro ángulo; desde uno que lo contempla como problema o norma deontológica de ministerio. Y quedan marginadas las interpretaciones a base del juego de competencias establecido en el Concordato.

Desgraciadamente, el asunto no está claro, aunque para analizarlo se acepte el planteamiento que propone "Ya".

Indiscutible, invulnerable es el silencio que asegura el secreto de confesión. No parece, sin embargo, que esta indiscutibilidad pueda extenderse, sin una cuidadosa matización, a materias no incluidas en el secreto sacramental, aunque pertenezcan al ámbito de la discreción del ministerio sacerdotal, en los casos de graves perturbaciones en la vida comunitaria.

Cuando en una diócesis, provincia o territorio es pública y publicada, notoria y conocida la actuación de un grupo terrorista; cuando se ha vulnerado tan gravísimamente el orden público; cuando han muerto asesinados representantes de la Ley y un humilde taxista; cuando se han cometido y proyectado actos de condenable violencia; cuando se han circulado amenazas a las personas y a todo el sistema social... entonces, salvados todos los respetos que la dignidad del ministerio sacerdotal merece, no es tan fácil comprender que un curiosamente escrupuloso entendimiento de la discreción sacerdotal induzca a un enmudecimiento, a un silencio cuya primera consecuencia es la obstrucción de la Justicia, el entorpecimiento de las investigaciones judiciales y la demora en el justo castigo a quienes sean culpables.

¿Qué secreto de ministerio puede haber—que no de sacramento—cuando la sociedad se enfrenta con una acción terrorista? ¿Qué discreción de ejercicio cuando el cuerpo social es atacado en su paz, en su legalidad, en su normal existencia? ¿Cómo no temer que la táctica del enmudecimiento y el silencio, en vez de resultar conducta edificante sea actitud escandalizadorá a los ojos de los ciudadanos de buena fe, que hoy contemplan con sincero desconcierto la resistencia a los jueces de quienes podrían contribuir a aclarar los hechos punibles?

Mucho tememos que seguramente ahora, en cualquier diócesis de España, una encuesta de opinión entre los ministros de la Iglesia no arrojase un resultado favorable a los que enmudecen o callan.

Desgraciadamente, repetimos, el asunto no está nada claro. Son bastantes, aun dentro de la relatividad de su número, los sacerdotes detenidos y requeridos a declarar para que la opinión pública del país, opinión de absoluta mayoría católica, crea que el asunto está claro. Se han encontrado armas y propaganda subversiva en casas religiosas, y tampoco este dato clarifica el asunto a los ojos de la opinión.

Recobran ahora penosísima actualidad unas palabras de Su Santidad Pablo VI, pronunciadas en la pasada Semana Santa: "Sufre—dijo de la Iglesia—por la defección y el escándalo de ciertos eclesiásticos y religiosos que crucifican a la Iglesia."

Son horas dolorosas para el clero vasco por la conducta de algunos de sus miembros. Ninguno de los fieles, en todo el país, es ajeno a este sentimiento.

Pero ninguno, a buen seguro, estimará prudente, ni acertado, que ciertas discreciones del ministerio espiritual resulten, aun con el más santo de los propósitos, entorpecimientos para la Justicia y ventajas para el activismo terrorista de la E. T. A.

 

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