Autor: Mancebo Alonso, Mayte. 
   La trágica tarde en la calle del correo     
 
 Informaciones.    14/09/1974.  Página: 12-13. Páginas: 2. Párrafos: 25. 

LA TRÁGICA TARDE EN LA CALLE DEL CORREO

SE CREE QUE EL ARTEFACTO CAUSANTE DE LA EXPLOSIÓN FUE COLOCADO AL FINAL DEL MOSTRADOR DEL BAR

Por Mayte MANCERO

MADRID, 14. (INFORMACIONES.)—Desde hace muchos años, el grillo de periodistas que hacíamos la información de sucesos solíamos reunimos, casi a diario, junto a la barra de la cafetería situada en la calle del Correo, frente a la Dirección General de Seguridad. Allí, con más o menos claridad, podíamos conocer algo de los sucesos que la Policía se traía entre manos. Era un buen cazadero de noticias, y las reuniones llegaron a fomentar un cierto grado de camaradería entre los «polis» y los chicos de la Prensa, aunque no siempre fuera postóle sacar «tajadas cuando el tema era especialmente interesante.

Delso era uno de los incondicionales en los aperitivos. Delso, el magnífico inspector que ¿hora se encuentra gravemente herido en una clínica. Confieso que cuando llegué frente a la cafetería Rolando pensé primero en los compañeros, en esos «chicos de la Prensa» que seguían manteniéndose fieles al aperitivo. Poco a poco fueron llegando, y también con la cara demudada, los viejos amigos de la brigada, que preguntaban uniformemente «¿Algún compañero?».

No hacían falta mas explicaciones, porque el fúnebre furgón frente a la fachada de Rolando hablaba bien a las claras de víctimas naorta-les. A medida que fueron pasando las horas la tragedia iba tomando nueva dimensión y ya se hablaba en la posible relación de víctimas de hombres, mujeres e incluso niños a quienes la explosión sorprendió comiendo tranquilamente en el restaurante de la primera planta. Y se hablaba también de los empleados del establecimiento, mientras iban barajándose nombres y un altavoz insistía en el peligro de escapes de gas }´ derrumbamientos. Todo aquello era como una pesadilla, con el fondo trágico de las sirenas de las ambulancias y las órdenes tajantes del arquitecto jefe de bomberos.

Las cifras eran simples sospechas que subían o bajaban según el estado de animo de los que efectuaban la dolorosa tarea del rescate. Sobre las camillas iban saliendo los cadáveres mutilados los restos diseminados, y una mujer, de bata color verde claro —blanca de Rolvo y cascotes—, con el rostro demudado, esperaba encontrar entre aquellos cuerpos el de su hermano. Era Florentina Carro la cajera del restaurante, la hermana del apoderado, superviviente en esta pesadilla de sangre y explosión.

«ESTUVE CIEGO DURANTE VEINTE MINUTOS»

Podía sonar casi a broma, fuera de tono, que alguien pensara en el gas como causa de la explosión, porque explosión había sido sin duda el origen de la ruina de la cafetería y, para que a nadie Ir quedara la menor sospecha, allí estaba don José María Sáez García, subdirector general de Gas Madrid, contando lo que a ello se refería, A los cinco minutos de !a destrucción se habían cortado ya todos los servicios del gas y a las cuatro y media de la tarde especialistas de la compañía habían recorrido las galerías subterráneas, tratando de detectar cualquier posible fuga. No, no había sido el gas, ni siquiera había que temer posteriores consecuencias por este suministro.

A mi lado, un hombre joven resumía con el terror pintado todavía en su cara lo que acababa de ver cuando el reloj de la Puerta del Sol estaba próximo a marcar las dos y media de la tarde;

—Primero fue un ruido grande, superior a los que cualquiera pueda imaginar, y cuando bajaba por la calle del Correo algo salió disparado para estrellarse contra la pared de la Dirección General de Seguridad. Aquello era una puerta, la del restaurante, que quedó hecha astillas en el suelo. Vi que alguien se dirigía hacia el interior del establecimiento para salir a la calle arrastrando casi a un policía armado. Poco después todo pareció hundirse en el interior.

Fue casi instintiva la reacción de esas personas que penetraron tras el estallido —creo que fueron inspectores de Policía— y tuvieron solo un instante para salvar de una muerte segura a un número de la Policía Armada que se encontraba en la barra de la cafetería. Tras su salida todo quedó sumido en la más tremenda desolación. Las vigas del techo llegaron casi a juntarse con el suelo; el suelo del primer piso en el que se encontraba el restaurante se había demoronado sobre el sótano, invadiendo escaleras, aplastando a quienes se encontraban allí, en el sótano, preparando y recogiendo las comidas de los clientes de arriba.

Entre vigas y cascotes, hombres y mujeres a quienes el derrumbamiento había sorprendido con la comida en la boca.

—No supe nada mas que había caído a algún lugar, estaba ciego, completamente ciego —me cuenta un sargento de la Policía Armada—. Todavía- no sé en qué forma logré encontrar un hueco, pero pude salir al exterior, aunque mis ojos seguían completamente en tinieblas.

Fue uno de los primeros heridos trasladados por las ainbulancías. En La Paz tuvieron que darle tres puntos en un brazo y ahora volvía aquí a ver a los compañeros, a tít-

ATENTADO EN EL ROLANDO

cirles que vive y Que sus ojos han recobrado la luz.

—Mi familia está fuera de Madrid todavía y yo solía fomer aquí, en Rolando, porque me resultaba cómodo.

«AHORA MISMO BAJO»

Reconstruir lo ocurrido resulta muy difícil, casi imposible, en esas primeras horas de la tarde en que lo urgente es rescatar a las víctimas. Junto al delegado municipal de Seguridad llego al Interior de la cafetería. El Impacto fuerte parece ser, sin duda, en lo que fue el mostrador. Los bomberos siguen retirando maderos y cascotes, intentando a duras penas encontrar el camino del sótano.

—•Es difícil —me dice don Tomas González—, porque no hemos encontrado todavía a nadie que esté en condiciones de señalarnos las dependencias de] bajo y la situación de los accesos; no hay planos en ningún sitio. No sabemos qué es realmente lo que podemos encontrarnos allí, ni siquiera cuántas personas pueden estar atrapadas.

Ha muerto una funcionaría de la Dirección General de Seguridad. La noticia corre pronto como reguero de pólvora. Trabajaba, al parecer, en la sección de archivo y comía todos los días en Rolando junto con otra compañera. Estaba ya sentada a la mesa y acababa de llamar por teléfono a la compañera. «Voy a layarme las manos y ahora mismo bajo», le dijo ésta. Pero no hubo encuentro, la explosión se produjo antes de que pudiera reunirse con su compañera. Los minutos del lavabo Habían salvado una vida.

En la plaza de Pontejos hay muchas ambulancias recogiendo heridos, personas que comían en el restaurante Tobogán. Algunos estaban ya sentados a la mesa, otros preparaban todavía su bandeja en el «autoservicio». La explosión, procedente del restaurante Rolando, alcanzó también a Tobogán. Dos muertos y más de treinta heridos ha sido el balance provisional en este establecimiento. Entre sus paredes ha perdido la vida una joven estudiante burgalesa que había venido a Madrid para examinarse.

Miles de ojos siguen clavados en la entrada medio derruida de la calle del Correo, esperando ansiosamente cualquier noticia. Frente a la cafetería, un hombre facilita los primeros datos del personal del restaurante y hace ante la Policía un croquis burdo de lo que era el sótano. Tres personas había en la cocina: el cocinero, su ayudante y una joven —de unos dieciocho años— que fregaba para pagar así sus estudios en Madrid. Podían estar también —aventura— los camareros que estuvieran recogiendo las comidas y algún cliente que hubiera bajado a los servicios.

Es difícil calcular cuántos estarían bajo los escombros fie ese suelo derruido del comedor. Los bomberos piden mascarillas de oxigeno. Hay dos hombres con vida en el interior; uno de ellos puede ser rescatado en poco tiempo; parece ser el cocinero. El otro habla con los bomberos mientras éstos, lentamente, con sumo cuidado, van retirando vigas y cascotes. El herido necesita calma y se le administra una inyección. Poco después la ambulancia se dirige con él hacia la clínica de La Paz.

Arriba se recupera un nuevo cadáver y junto a él un documento de identidad: «actividades diversas» señala en su profesión, y alguien dice que puede ser el cerillero.

¿FUE COLOCADA LA CARGA AL FINAL DEL MOSTRADOR?

Transcurren tensas las horas en la calle del Correo. Los bomberos tienen que ir apuntalando palmo a palmo de la primera planta para poder adentrarse en el sótano. Es todo como trabajar sobre la cuerda floja, sobre un trapecio sin malla protectora. Hasta dieciocho camiones cargados de escombros fueron retirados desde las cinco de la tarde a las diez de la noche.

En el interior de la Dirección General de Segundad, el presidente del Gobierno y varios ministros recibían información de lo que hasta el momento podía conocerse. A la calle llegaban los primeros familiares de quienes estaban empleados en el restaurante Rolando, y los periodistas indagábamos aquí y allá, tratando de facilitar a esos seres angustiados el nombre del centro al que habían sido trasladados. Tarea difícil porque la identificación era prácticamente imposible en el día de ayer.

Poco a poco los trabajos iban perfilándose en varias direcciones perfectamente definidas. Por un lado, el rescate de las víctimas, su traslado y su identificación; por otro, el reconocimiento del inmueble y de las edificaciones contiguas, y, por fin, la búsqueda paciente de los primeros indicios que permitan determinar el lugar donde pudo ser colocada la carga explosiva y la tarea de tratar de identificar a los autores del criminal atentado que ha sembrado la muerte.

Es pronto todavía para poder determinar esos primera indicios, pero técnicos en ex plosivos aventuran ya sus primeras impresiones y algunos de ellos coinciden en se ñalar que la carga pudo situarse al final del mostradodel bar. ¿Qué razones avalan esta hipótesis? La primera fuerza que ejerce la carga. —me han dicho— se produce siempre hacia abajo, mientras que la onda se expande luego hacia arriba, en forma de abanico, abomband) los obstáculos que pueda encontrar en la parte superior Pues bien, allí, exactamente en el lugar en que finalizaba la barra, se encuentran hundidas hacia abajo las vigas del suelo, mientras que las del techo presentan ese ca racteristico abombamiento hacia arriba.

Pero son, insistimos las palmeras sospechas, sin que fal te también quien considera más admisible la hipótesis de que la carga explosiva fuera colocada en el sótano, exactamente en el servicio de señoras, un lugar poco frecuentado a la hora del aperitivo. Quienes así opinan indican que ese punto próximo a la medianería con el restaurante Tobogán fue el origen del tremendo impacto que la explosión tuvo en este local,

ES DIFÍCIL QUE LA CASA PUEDA VOLVER A SER HABITADA

A media tarde un turismo abandonaba las dependencias de la Dirección General de

Seguridad. En su interior. entre dos números de la Policía Armacía, un hombre, en quien reconocimos a Víctor Puentes López, el nombre que dio muerte a otro a golpes de martillo.

Don Luis Cáscales, jefe de la Brigada Regional de Investigación Criminal va de un lado a otro en la calle del Correo, inquieto aún por la ausencia >ie uno de sus inspectores que no ha podido ser localizado todavía en su domicilio.

El alcalde va y viene desde la Casa de la Villa a la calle del Correo: pregunta por las victimas, entra en el interior para comprobar la tarea que realizan los bomberos. El delegado de seguridad le informa de la lis.a provisional de victimas. qiH a las diez de la noche —según sus informes— sé elevan a 11 muertos y 73 heridos De los primeros, ocho todavía se encuentran sin identificar.

Los arquitectos de la Gerencia de Urbanismo han reconocido ya la finca: en la. segunda y tercera plantas fs-tán algo sueltos ios tabiques Existen serías dudas de que la casa de la calle del Correo pueda volver a ser habitada.

Ya se trabaja con luz. porque la noche ha caído. Es difícil dar un solo puso sin tropezar con cristales astillas o restos de ladrillos. En la esquina de ¡a Puerta del Sol, un grupo recuerda otro afeitado, que sembró la muerte en las dependencias de !a Dirección General de Seguridad.

—Trabajaremos toda la noche —dice el delegado municipal—; el descombro del sótano es tarea difícil porque está invadido y no puede echarse más carga encima. Es difícil todavía ver si hay allí otros sepultados.

 

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