Autor: Cruz Aguilar, Emilio de la (AEMILIUS). 
   El aceite de oliva, todavía     
 
 Pueblo.    19/11/1977.  Páginas: 1. Párrafos: 6. 

El aceite de oliva, todavía

Los olivareros, esos que la gente va aprendiendo ya, afortunadamente, que no son una pequeña facción de

señoritos que quieren seguir enriqueciéndose a costa del país, están decepcionados con la regulación de la

próxima campaña olivarera. Los intermediarios, por el contrario han conseguido lo que pedían, y

aquéllos se preguntan qué pueden hacer para lograr, como productores, la misma atención y beneficios

paralelos a los que logran, sin dificultad, los que, sin riesgo alguno, se reducen a manipular el producto

que los agricultores les venden.

• El margen por litro para los intermediarios —con unos costos calculados de cinco pesetas— asciende a

unas 30 pesetas. Parece que el problema —nacional— del aceite de oliva no encuentra solución. Y,

realmente, la importancia económica, social y política de ese producto hace necesario encontrar alguna, y

para ello hay que señalar la raíz de esa falta de solución: el sostenimiento en las áreas responsables de la

Administración de una filosofía sobre el olivar, heredada de equipos anteriores: el olivar es una especie de

maldición de la agricultura española y, en consecuencia, lo que habría que buscar es su sustitución por

otro cultivo. Jamás se ha dicho, a continuación, cuál sería el indicado, porque no lo sabe nadie. Hoy por

hoy, mientras los técnicos de agricultura no descubran otra cosa —y no parece haber ningún tipo de

investigación, ni siquiera intención de hacerlo—, la mayor parte de las tierras dedicadas a olivar no

admiten otro tipo de cultivo que plantee menos problemas.

• Pero aún más resulta que esa filosofía derrotista no es más que una manifestación de falta de imaginación

y de rutina. Recuerda, punto por punto, a las profecías que se hicieron, en su tiempo, al descubrirse e

industrializarse las nuevas fibras artificiales, cuyo papel hoy es tan sobresaliente. Las fibras naturales —

sobre todo la seda y la lana— fueron, automáticamente, condenadas por los agoreros de turno a la

desaparición. Nosotros teníamos lana y seda, pero los que no creyeron en esas profecías fueron los

ingleses, que se dedicaron a mejorar incansablemente su lana, tan acreditada, y los italianos, que

convirtieron su seda en un producto de lujo para turistas, compra obligada, como «souvenir», de todos los

que visitan Italia.

• El anatema contra el olivar se funda en la difícil mecanización de la recolecta, pero realmente la

dificultad es sólo en función de que se ha dedicado poco, y durante poco tiempo, a la solución del

problema. Además, el aceite de oliva debe tener su lugar en la alimentación y los gustos son tan variados

como los hombres. Señalar como supremo mérito de los aceites de semillas su insipidez es reducir el

papel de las grasas vegetales al de lubricantes, desconocer que puede haber gente que quiere notar el

gusto al aceite y esa gente puede ser más o menos numerosa si se sugiere, con mayor o menor acierto, la

posibilidad de que el aceite tenga un sabor concreto. La campaña en contra del aceite de oliva que se

desarrolló hace algunos años por todos los medios —preferentemente los estatales— fue uno de los despropósitos

más notables que este país, primer olivarero del mundo, ha producido, completado después con el silencio

total sobre las conclusiones de los congresos sobre los valores dietéticos del aceite de oliva.

• Básicamente se sigue cultivando —excepto en la mecanización de la labranza— cosechando y

fabricando el aceite igual que en tiempo de los romanos. Hay excepciones, como la labor del Instituto de

la Grasa, o meritorios estudios individuales, como la del bromatóloqo Bautista, que rompen algo la rutina

en que se desenvuelve él sector del aceite de oliva español pero no existe una acción importante,

coordinada y consciente para hacer de este producto uno de los elementos básicos, como lo ha sido

durante milenios, en la alimentación de una parte muy importante de la humanidad.

• Una actitud pareja a la que adoptaron los ingleses con su lana y los italianos con su seda es lo que

necesita el aceite de oliva. No unos paliativos que descubren el derrotismo de una filosofía discutible.

AEMILIUS

 

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