Mataron a unos hombres, pero a no la libertad     
 
 Arriba.    05/10/1976.  Página: 3. Páginas: 1. Párrafos: 5. 

MATARON A UNOS

HOMBRES, PERO

NO A LA LIBERTAD

A las dos y media de la tarde de ayer, el presidente de la Diputación de Guipúzcoa y otros tres servidores públicos caían asesinados en San Sebastián. La noticia conmovió a la opinión pública. Un país que camina decididamente hacia la democracia se vio sorprendido por la reaparición del atentado terrorista. Sin duda, las declaraciones de diversos líderes y de partidos políticos que se publican en otras páginas de este mismo número, nos liberan de la insistencia en calificar el crimen. En ellas está toda la repulsa que siente una sociedad hacia hechos en cuyo fondo no vemos otra explicación que el intento de cercenar en su origen una reconversión del Sistema en una democracia habitable para todos los españoles.

A los criminales les asusta, sin duda, la libertad. Les asusta que el pueblo español esté en vísperas de decidir libremente sus destinos. Les atemoriza que pueda haber, en plazo muy breve, un respaldo popular para la gran operación de cambio político. Temen a la democracia, porque la democracia no es su lugar para vivir. En consecuencia, parecen tratar de cortar toda posibilidad de entendimiento. El método es bien pobre, bien triste, bien lamentable: asesinar a sangre fría a un hombre que estaba defendiendo los intereses de Guipúzcoa, y a sus acompañantes, que no tenían otro delito que e| cumplimiento de su deber.

Sin embargo, la condena del atentado, la repetida repulsa a todo procedimiento de violencia, no deben hacer que la emoción empañe la serenidad. Como dijo Martín Villa ante las cámaras de televisión, sólo desde la serenidad y la firmeza puede el país superar estas dificultades. Creemos que en lo acordado en Consejo de Ministros se contienen, equilibradamente, ambas condiciones. Nos parece muy importante que el Gobierno, a la hora de enjuiciar un hecho ciertamente grave y acometer soluciones, haya sabido distinguir los derechos sociales de la necesaria represión de los atentados a la convivencia.

La lucha contra el terrorismo tiene un marco: la Ley. Apliqúese con todo su peso y con los criterios de firmeza que la sociedad exige. La consecuencia de la democracia, en cambio, tiene otro método: saber separar el interés colectivo de las trampas que las minorías subversivas están tendiendo a nuestra convivencia. En las tierras que ayer fueron escenario de un crimen se va a aplicar con rigor la ley Antiterrorismo. Es irreprochable. Y es un síntoma de fortaleza por parte del Gobierno que se haya rehuido el estado de excepción, y que los ciudadanos que nada tienen que temer de la Ley se vean amparados en el ejercicio de sus derechos.

Pide el Gobierno a las fuerzas sociales y a los medios de comunicación apoyo y colaboración para el feliz éxito de esta tarea. No han de faltarle. No pueden faltarle, puesto que, efectivamente, estamos convencidos de que una gran mayoría de españoles está dispuesta a mantener la paz tan trabajosamente conseguida, a mantener los beneficios de un desarrollo que sólo fue posible por el sacrificio de todos, y a transformar esa paz y ese desarrollo en una nueva oportunidad a una libertad que, como el orden público, tampoco es negociable. Pero Gobierno y fuerzas sociales tienen ahora mismo un compromiso: hacer que, en una tarea común, España se haga habitable con las reformas precisas y el respeto a las normas de un Estado de Derecho. Ayer, en San Sebastián, se cometió un asesinato absurdo. Cruel y absurdo. Pero estamos convencidos de que no murió acribillada la libertad. Si alguien quiso atentar contra ella, es obligación de todos salvarla ahora.

La Historia no nos permitiría dejarla agonizar por la simple voluntad de un grupo de exaltados.

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