Autor: Alonso Nadales, José Ramón. 
   Ante el crimen, las leyes     
 
 Pueblo.    05/10/1976.  Página: 3. Páginas: 1. Párrafos: 3. 

ALGO tiembla eI pulso de la pluma, con dolor y tristeza, al condenar los dramáticos sucesos de ese lunes 4 de octubre, que en San Sebastián ha contado cinco vidas, entre ellas las del presidente de la Diputación y consejero del Reino, señor De Araluce, un vasco de pura cepa, amante de su tierra y de su casta, caído bajo el fuego de una metralleta. Cada vez que en nuestro país el Gobierno —este Gobierno, cualquier Gobierno— da muestras de un propósito perfectivo de evolución democrática en el orden y el común consenso, la actuación terrorista surge con el propósito de frustrar el intento, y si posible fuera, de hacer inviable la evolución pacífica de nuestro pueblo. La táctica terrorista sólo tiene por objeto impedir la transformación del país, provocando reacciones irracionales capaces de detener el proceso.

A esto contribuyen por una parte ciertas cóleras bíblicas —¡como si el terrorismo se detuviera fácilmente!—; por otra, complacencias que desde alguna frivolidad ambiente podrían parecer como aprobaciones más o menos crípticas y secretas. Asi como el viejo nihilismo ruso impidió el desarrollo de la sociedad zarista, que al final desembocó en los tremendos fenómenos de 1917, hoy e) terrorismo sólo busca la creación artificial de reacciones extremas. Estamos ante una táctica en la cual lo que más importa es no caer en los objetivos que el adversario desea. Y éstos suelen coincidir, ante la posición irracional de una cierta izquierda, en provocar otra acción no menos irracional de sentido opuesto.

A Lo sucedido ayer demuestra una voluntad implacable de causar en la sociedad española actitudes de irritación y de cansancio, contrarias a la evolución que nuestra propia sociedad desea. Cierto es que se ha abusado con exceso de las huelgas frivolas y salvajes, de las manifestaciones convocadas por grupúsculos con más activistas que pueblo, de los manifiestos sin contenido, de los partidos sin masas y apenas sin dirigentes.

Cierta España tiende peligrosamente a comparar el orden rígido de ayer con la situación de hoy, tal como si estos sucesos no hubieran comenzado a producirse hace casi una década, y su apogeo no hubiera coincidido, pronto va a hacer tres años, con el brutal asesinato del almirante Carrero. Estamos en el centro de un proceso de provocación terrorista, que dio comienzo precisamente en la era de Franco y ahora llega a sus más impopulares y condenables extremos. Ayer los terroristas se han excedido a si mismos, asesinando a un hombre estimado por todos los vascos, y que era un vasco más con sus legítimas convicciones, sus ideas, sus tradiciones y sus afectos. Ante lo sucedido, «el Gobierno sabe que cuenta con lo mejor y la mayor parte de la sociedad española», como ayer declaró ante las cámaras de Televisión Española el señor Martín Villa, sobre el cual recae la difícil misión de mantener el orden sin que en beneficio del orden —¡y eso quisieran tos asesinos!— la libertad perezca. «Proseguir el proceso político en paz y libertad» es lo que por encima de la sangre vertida anhela hoy nuestro pueblo. Nadie quiere ni venganzas, ni represalias, ni sicilianas «vendettas». Se quiere justicia y que se castigue a los criminales por las vias obligadas de la justicia y del Derecho.

No caer en la trampa que se nos quiere tender» es lo que ayer pedía al pueblo español Rodolfo Martín Villa, que es un hombre nacido desde el pueblo y que por ello sabe lo que nuestro pueblo quiere. Cuando el terrorismo plantea una peligrosa trampa, lo grave seria caer en actitudes extremas y semejantes, o recurrir a la postrera y más irreversible de las ortopedias. Hoy todas las fuerzas del Estado, comenzando por la sociedad misma que lo compone, se alzan contra el crimen y sus consecuencias; pero sabiendo que la infame provocación no debe llevar a la trampa de caer en el juego peligrosísimo que se nos plantea. La suspensión de los derechos del Fuero de los Españoles ya se ha hecho varias veces, y no resolvió entonces ningún problema. En el envite de los maximalismos, lo peor sería hacer lo que el enemigo desea: entrar en su propósito y perder los nervios. Ante la tiranía del crimen cuenta mantener la libertad que los criminales desprecian. Ni el Gobierno, ni el pueblo, ni «I Ejército quieren hoy, ante la dramática provocación, que nos salgamos del campo amplísimo de las leyes.

Habrá «astado de excepción» sólo si las circunstancias lo aconsejan, y la mejor excepción será que en cada uno de los corazones españoles se condene a provocadores que sólo desean, en el desorden y en el caos, y si posible fuese en la guerra, la perdición y el extravío de nuestro pueblo. Ninguna claudicación, pero tampoco ninguna desviación de los propósitos que la Corona y el Gobierno se han asignado como meta nacional de nuestro tiempo. Somos un pueblo adulto, que frente al extremismo no se deja arrastrar a ningún extremismo de signo opuesto. Ante el crimen, la paz tiene en la ley y en la unión de todos la más firme muralla para replicar a un desafio que no se detiene ante la sangre y la muerte.

 

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