Otro 18 de julio     
 
 ABC.    18/07/1963.  Páginas: 2. Párrafos: 5. 

POCOS países han tenido una vida política interior tan agitada y discontinua

como España entre 1808 y 1836. Fue un siglo y cuarto singularmente espasmódico y

sin. paralelo en ningún otro país europeo, aun

sin olvidar la Francia de la Revolución. Con una tradición tan negativa a

nuestras espaldas, este XXVII aniversario del Alzamiento Nacional cobra unas

colosales proporciones. Desde finales del siglo XVIII nuestro país no registra

un tan largo período de estabilidad homogénea. Los españoles de este tiempo

hemos tenido la ventura de convivir en paz y empeñados en la empresa, de

desarrollar económicamente nuestro país durante un lapso excepcionalmente

dilatado. Pero este transcurso de los años, al mismo tiempo que atestigua la

fecundidad del 18 de Julio, nos aleja de aquella fecha. Por ello es preciso

insistir acerca de su significado.

Todos los españoles nacidos después de 1927 tienen una idea muy indirecta y, en

general, libresca acerca del Alzamiento. Desde entonces, quince promociones han

alcanzado la mayoría de edad. Es ésta una cifra que ya pesa mucho en la

demografía de un país. Muestra juventud está cronológicamente tan lejos del 18

de Julio que es necesario explicarles periódicamente, con voluntad de verdad y

eficacia, lo que aconteció entonces sobre nuestro suelo. Porque no fue una

anécdota. Fue una conmoción profunda y básica. Fue el comienzo de una etapa

histórica nueva y mejor.

En julio de 1936, la segunda República, nacida bajo el signo del fraude

electoral y de la quema de conventos, había llegado a su penúltimo grado de

descomposición. El Ejército y la Iglesia habían sido sometidos a una intenta

campaña de desprestigio y demolición desde el Estado. La dialéctica política

había sido reemplazada por la lucha de clases. Los valores nacionales habían

sido proscritos.

Los "mejores", desde Ramiro de Maeztu a José Ortega y Gasset, habían sido

marginados de las funciones directivas. Imperaba un clima de violencia. Se

gobernaba bajo la amenaza del Frente Popular y en un clima de creciente

demagogia. Una serie de mal llamadas reformas agrarias y fiscales y una cadena

de huelgas acercaban nuestra economía a la bancarrota. El último síntoma,

ciertamente espectacular y siniestro, de aquella descomposición pública fue el

asesinato del jefe de la oposición, José Calvo Sotelo, por orden del Gobierno. A

la señal de aquel magnicidio lo más sano de España «e alzó en armas. No fue un

"pronunciamiento" más en la serie de los decimononos. Fue, en primer lugar, un

acto de legítima defensa y, en segundo lugar, un acto de restauración de la

justicia frente a un Poder inicuo. Es cierto que todavía en los primeros meses

de 1936 había españolea ajenos a la d e «composición pública, pero que

preconizaban la tímida coexistencia con el mal y la paciente aceptación del

Estado de hecho. Afortunadamente, esta posición timorata, oportunista y suicida

no prevaleció. Es evidente que la inacción no hubiera detenido el pro ceso

evolutivo de la Segunda República, que habría acabado por desembocar, como

ocurrió luego, en la zona roja, en un régimen satélite de Moscú. Los que se

alzaron el 18 de julio de 1936 lo hicieron intrépida y generosamente movido por

unos ideales puro* que han encontrado su puntual formulación en la Ley de

Principios del Movimiento, solemnemente promulgada por el Jefe del Estado ante

las Cortes Españolas y aclamada entusiásticamente por éstas. Ya no es preciso

hacer sondeos en la opinión pública, ni investigaciones documentales, ni calas

psicológicas en el pasado. Lo que defendían los centenares de miles de españoles

que se alzaron en el norte de África y en todos los puntos de la Península es

hoy la letra de una ley fundamental. Lo que la Declaración de Principios de 1789

ha sido para Francia durante siglo y medio, es lo que deben ser los Principios

del Movimiento Nacional para España cara al futuro: punto de inspiración de la

labor legislativa y referencia inconmovible de la acción política. Lo que más

nos preocupa en este aniversario, no es tanto recordar a las quince promociones

de españoles mayores de edad el significado de aquella fecha que no vivieron,

sino instarles a ellos, y, en definitiva, a todos los españoles, a asegurar la

continuidad de un ideario que ha constituido el cimiento de estos años de paz y

de reconstrucción, y que es la única garantía de un futuro de unidad y de

prosperidad nacionales.

 

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