Autor: Fernández de la Mora y Mon, Gonzalo. 
 1939-1964. Las realizaciones. 
 Loa del hombre de empresa     
 
   16/04/1964.  Páginas: 2. Párrafos: 8. 

1939-1964. LAS REALIZACIONES

INDUSTRIALIZACIÓN

LOA DEL HOMBRE DE EMPRESA

Por GONZALO FERNANDEZ DE LA MORA

A nadie se oculta que uno de los factores decisivos de la recuperación económica

de España ha sido el hombre de empresa. A él se debe una gran parle de lo mejor

que tiene hoy la nación. El 21 de septiembre de 1955 publicó ABC sobre esle tema

un artículo que non complacemos en reproducir en estas páginas dedicadas a la

Industrialiaación. 1* en las que es de justicia señalar la ingente labor

realisoaa por el I. N. I. en cuantos aspectos no fueron cubiertos por la

iniciativa privada.

LA transformación social más decisiva que se está produciendo en España ¡quizá

sea la revalorización de un tipo humano, de corta y oscura tradición entre

nosotros, pero sin el cual sería absolutamente impensable la Europa,

contemporánea. Aludo a un raro y excepcional producto en el que concurren la

fría clarividencia de la razón pura, el ímpetu tenaz de una voluntad sin

desfallecimientos, el valor del varón esforzado, la ilusión imaginativa de los

poetas y lo que en la Italia del Renacimiento se llamaba la "fortuna": el

creador de riqueza u hombre de empresa, verdadero protagonista de la revolución

burguesa y sobre todo de la revolución industrial.

A esta clase de gentes se debe el alto nivel de vida del occidental presente. Un

corto número de alumbradores de riqueza puede llegar a cambiar la faz de un

país. Un Ford o un Krupp han hecho por la economía de sus compatriotas más que

millones de braceros laborando durante milenios, de sol a sol, sin la ayuda de

esos individuos capaces de romper istmos, cambiar el curso de los ríos, salvar

las distancias, arrancar a la tierra sus entrañas, estimular a los

investigadores y agrupar a millares de seres humanos en una acción económica

coherente y creadora. Porque son primordíalmente los hombres de empresa, más que

sus colaboradores de la herramienta o de la pluma., quienes han transformado la

vida del occidental.

Y aunque es cierto que originariamente lucharon por su propio beneficio, pronto

su obra empezó a rebasarles y se encontraron laborando más que por sí mismos,

por sus clientes, por sus proveedores, por sus accionistas y, en definitiva, por

la comunidad a la que pertenecían. A veces, incluso sin saberlo. Y solían morir

llevándose un poco más que los deshereé dados, pero dejando hincada sobre la

tie´rra una empresa en marcha.

Dos obstáculos se han opuesto en la Península al triunfo del hombre de empresa.

Uno, propio de todas las latitudes; otro, marcadamente español. £1 obstáculo

universal fue la Inercia igualitaria de las masas, la resistencia al nuevo

sobresaliente. Se ha discutido con exceso acerca de la influencia negativa de la

Iglesia en la implantación de la moral mercantil o "conciencia burguesa", según

la fórmula consagrada por Groethuysen. La cuestión es harto problemática. Lo

cierto es que ya a fines del siglo XVIII el hombre de empresa ss había impuesto

en los países germánicos, y gracias a él—l"manager" y "Unternehmer"—comenzaron a

levantarse las que iban a ser grandes potencias económicas de nuestro tiempo.

Todavía puede comprobar el curioso viajero que allí donde se alza un bosque de

chimeneas o un altiplano de naves industriales se encuentran siempre como dioses

lares de una salutífera mitología menor los hombres o las efigies de los

fundadores.

El hombre de empresa se impuso porque era el complemento imprescindible del

científico, del técnico y del artesano. Sólo esta conjunción, que más de una vez

se dio en un mismo individuo—es el caso de Edison—, ihizo posible la explotación

de (los nuevos inventos y la satisfacción de las nuevas necesidades.

Incluso el marxismo, que sobrevivió apoyándose en inconfesables pasiones de la

especie humana y que no dudó en avalar demagógicamente el odio al patrón, no

cometió el error de negar los valores del hombre de empresa, e hizo verdaderas

maravillas dialécticas para transferírselos al Estado. «En último término, para

el marxista, el gobernante ideal era y es un empresario político.

Pero en España hubo que vencer, además, un prejuicio más rígido y arraigado que

en el resto de Europa: la postergación social de los quehaceres mercantiles. Ya

en la Partida U se mandaba que perdiera la honra de caballero quien "usase

públicamente de mercaderías, él mismo, u obrase de algún vil menester de manos

por ganar dinero no siendo cautivo." Un mandamiento de Juan U, fechado en 1417,

y coleccionado en el Espéculo, prohibía a los caballeros el ejercicio de oficios

bajos o viles, entre los que enumeraba una serie de artesanías y el comercio de

provisiones y especias. Un texto legal de esta naturaleza no fue abolido hasta

tiempos del gran rey ilustrado, Carlos III, quien lo hizo, a propuesta de

Ploridablanca, por cédula de 18 de marzo de 1783. A pesar de la derogación, una

disposición de 13 de mayo de 1790 toleraba que la mujer que hubiese perdido su

originaria nobleza por matrimonio con un plebeyo o pechero y la hubiera

recobrado al enviudar, no la perdiese de nuevo si continuaba explotando la tien;

da u obrador de su marido, a través de criados. Y todavía en 1834, la Reina

Gobernadora´ se vio en la necesidad de dictar un decreto—de 25 de febrero—

declarando que todos los que ejercieran artes u oficios mecánicos eran dignos de

honra y estimación. Tan generalizada y profunda fue la creencia en la Indignidad

del comercio, que el gran historiador alemán Leopoldo Ranke la consideraba como

una de las grandes causas de nuestra decadencia.

El origen del prejuicio español antí-mercantllista no está en el mundo clásico.

Toda Boma rindió culto a Mercurio, dios del comercio y versión latina del Hermes

helénico. Fue una serie de ele" mentes medievales la que, catalizada por la

secular vela de armas frente al árabe y al indio, contribuyó entre nosotros a la

plena identificación de la virtud terrena, con el valor, y del héroe, con el

guerrero. El sobrio temple castellano acabó de configurar un entendimiento casi

exclusivamente militar del honor. Por eso, el comercio y la industria se

refugiaron preferentemente en la periferia y cayeron en manos de extranjeros.

Sin la prevención caballeresca contra los negocios, la España que descubrió y

colonizó América hubiera producido un buen puñado de esos hombres de empresa que

Sombart calificó, con frase afortunada, de "conquistadores en el terreno

económico". En rigor, el proceso español fue inverso al €uropeo. Mientras las

noblezas francesa e inglesa abrían de par en par sus puertas a los nuevos ricos,

con lo que se acabó transformando la mentalidad aristocrática, los mejores

españoles, encastillados en su vieja o nueva ´hidalguía, se entogaban al ocio y

a las armas. El mayorazgo, la prebenda y el botín eran las ganancias honrosas.

Crear y movilizar riqueza era propio de plebeyos.

El cambio de mentalidad lo .iniciaron en el siglo XVIII los aristócratas

ilustrados, protectores de ciertas manufacturas; pero el proceso se desarrolló

con una lentitud enervante. No hace más de treinta años era agriamente recibido

el ensayo de Ramiro de Maeztu—precursor en tantas cosas—sobre el sentido

reverencial del dinero. Y aunque parezca increíble, todavía hoy se puede

abandonar las aulas •universitarias, al cabo de -tres lustros de enseñanzas

diversas, sin saber a quiénes debemos y cómo sé fundaron en España Ja banca, los

ferrocarriles, el teléfono y las Industrias textil, siderúrgica o

hidroeléctrica;.. Y, sin embargo, es indiscutible que si se´ borrara de nuestro

territorio la obra ds mías decenas de hombres de empresa —esa obra que a diario

se cotiza en la Bolsa—habríamos barrido una parte muy sustancial de cuanto 1-a

España contem-ptoránea ´ha sido capaz de af.adir a su áspera geografía.

Cuando algunas naciones se encuentran ya en las postrimerías de la era

industrial y en el umbral de otra con insospechadas fuentes de energía, que

cambiarán muchos supuestos sociológicos, el viejo espíritu de empresa se abre

paso entre nosotros. Y hay que añadir, que, felizmente, porque más vale tarde

que nunca.

España es un país parcialmente desértico y de escasos bienes nutarales, pero tan

capacitado para el trabajo como cualquier otro gran pueblo. Lo que nuestra

economía necesita son. hombres de empresa que, desde el Estado, b

independientemente de él, movilicen nuestros recursos y potencien nuestras

posibilidades a fin de crear riqueza. Y para que nazcan, no basta con el poder

legislativo; hace falta también un estado de ánimo colectivo que es preciso

cultivar con sabiduría y con generosidad.

G. F. de la M.

 

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