Autor: Moles, Manuel F.. 
   No somos un país imposible     
 
 Pueblo.    08/10/1976.  Página: 10. Páginas: 1. Párrafos: 4. 

• "De San Sebastián me traigo el cansancio de gentes hartas de vivir del brazo de la violencia"

ESTE etono, según todos los observadores, iba, y va, para caliente, y en eso todos estábamos de acuerdo, pero de la temperatura hemos pasado a la sangre. Sangre de un estudiante, sangre de un hombre de Estado, sangre de unos policías y sangre de un simple funcionario. Una vez mas el diálogo imposible de las pistolas intenta helar la sangre del país y congelar los caminos de una evolución política, social y económica necesaria y deseada. He vivido los principios de esta semana en el País Vasco en San Sebastián, alrededor de una noticia espeluznante, cuyas dramáticas proporciones iban más allá de los límites de este país nuestro. La muerte del señor Araluce, de tres policías y un conductor, en el centro de la ciudad, a plena luz del día, en una hora punta, con noventa disparos tronando muerte y miedo en la calle es algo tan evidentemente condenable que, por encima de las ideologías y las tendencias, la repulsa ha sido unánime. Para mí, y para muchos, tan unánime como la muerte del último estudiante caído en Madrid. El diálogo de las pistolas ni lo digiere ni lo entiende el pueblo. Un pueblo, el nuestro, que está en medio de unos extremismos enloquecedores que siempre se cobra víctimas de un modo indiscriminado.

De los extremos llegan las balas, como balones de muerte, sobre la cabeza del pueblo que ni está con unos ni con otros. El atentado contra Araluce fue tan ilógico como caprichoso, incluso politicamente. Se trataba de un hombre a caballo entre la Administración y los intereses del pueblo vasco, que trabajaba con seriedad y honestidad para limar las asperezas de un tiempo pasado. Araluce no podía estar ni siquiera en la lista negra de un extremismo de izquierdas. Por eso, aparte de las razones humanas, la facción de E. T. A. que ha consumado las muertes no se apunta la disculpa de nadie. E. T. A., por el contrario, ha venido a enredar más el difícil camino de la democracia y la convivencia.

• En San Sebastián, mientras que el pueblo, que es mayoritario soportaba la dura jornada con sensatez, los extremismos de izquierda sumaban nuevas muertes y los extremismos de la derecha arrasaban las calles en un vandalismo asustante. Por un lado y por otro, el aterrador diálogo de la violencia, con una mecha enorme, prendida y estallando demasiado de continuo, ante una eterna pregunta: «¿hasta cuando?» El pueblo vasco, y esto es grave, empieza a acostumbrarse a un terror que no desea. Por encima de las ideas están las vidas. Yo he visto llorar, sin entender nada, a un padre hace poco, en Madrid; a unas mujeres y a unos jóvenes, ahora, en San Sebastián. Gentes de cualquier parte de España que están pagando con amargas lágrimas ese diálogo de las armas que quiere hacernos creer que somos un país imposible.

BAJO EL SIGNO DE LA AMENAZA

El, presidente de la Diputación de San Sebastián estaba amenazado y ha muerto. Centenares de hombres en el País Vasco están amenazados. ¿Qué ya a pasar? Dos de los mejores médicos de San Sebastián, también amenazados, se han ido de la ciudad. Varios industriales han abandonado las tierras vascas. Muchos hombres de la Administración aguantan llamadas y exigencias de dinero. Hasta diez millones de pesetas ha pedido E. T. A. a varios de ellos. Vivir bajo el signo de la amenaza es imposible vivir.

Tras la muerte de Barazadi, un vasco que aparentemente nada tenía que temer, el desconcierto de los amenazados es aún mayor. A los hombres de la Administración y a los industriales les acecha la E. T. A. A los que tienen un talante progresista los asusta la ultra derecha. Así es imposible llegar a nada que no sea algo lamentable. Y en medio está el pueblo el pueblo vasco y el pueblo español, con reivindicaciones justas y con un deseo enorme de ser un pueblo normal cuyo aliento ni huele a pólvora, ni a viejos rencores, ni a maximalismos ni a demagogias extremistas e inútiles. • De San Sebastián me traigo dos impresiones fundamentales: el cansancio de unas gentes hartas de vivir del brazo de la violencia y un puñado de lágrimas, otro más, de mujeres y hombres que no entienden por qué han muerto los suyos. La viuda de Araluce me decía: «Si alguien quiere rezar que rece por los que mataron u mi marido. Él estaba preparado para todo.» La madre de uno de los agentes muertos me preguntaba ¿Por qué hacen esto?» Es dificil lenguaje de las armas no lo entiende el pueblo. Y ése, es mayoría.

Manuel F. MOLES (Enviado especial)

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