Autor: Oriol, Lucas de. 
   Presencia viva de Juan Mari Araluce     
 
 El Alcázar.    13/10/1976.  Páginas: 1. Párrafos: 22. 

PRESENCIA VIVA DE JUAN MARI ARALUCE

Por Lucas Ma de ORIOL y URQUIJO

ANTE la muerte, los no creyentes guardan un minuto de silencio para significar su vacío de respuesta Ínterior. Ante la muerte, los creyentes tenemos respuesta: adoramos al Autor de la vida y le pedimos que proyecte su Voluntad benefactora sobre el hermano que entró en la etapa definitiva e inacabable de su vida.

No podemos quedarnos ahí. Cuando nos despedimos de quien nos dio ejemplo con su conducta, debemos hacer que la nuestra sintonice con la de aquello que nos fue arrebatado.

Juan Mari, con su cuerpo acribillado por veintitrés balazos, seguía sonriendo. Ni siquiera sus asesinos pudieron poner gesto agrio en su cara. Juan Mari era símbolo de comprensión, que no es complacencia fácil, ni eclecticismo indiferente. Es ´firmeza sin estridencias" y conocimiento de los límites a la eficacia de la buena voluntad. Más amplios de lo que muchos estiman. Más estrechos de lo que otros imaginan.

Nos arde la sangre ante este cadáver, pero Juan Mari no quena que caigamos en la destemplanza de la ira. Suenan a insulto ciertas invitaciones verbales a la. serenidad que no van de acuerdo con las incitaciones insidiosas al mal humor. Pero necesitamos imponernos una serenidad inalterable, incluso sin mal gesto, los que queremos ser leales a nuestros mártires. Mártir ha sido Juan Mari, y mártir fue Oreja Elosegui hace años y mártires son las víctimas del odio. Este es irracionalmente unilateral, no bilateral. Sépanlo los predicadores de un apaciguamiento insidioso que nos convoca a vociferar desquite. Pero así no honramos la memoria de nuestros mártires.

Los que han proyectado la eliminación violenta de este hombre de alma bondadosa y atropellaron las vidas de sus guardianes, han dado un paso más para convertir a España en tierra de esclavos atormentados, donde no queda sitio para la confianza porque todos infunden sospecha. Todos pueden ser comprados por la subversión con dinero, o halagados en su vanidad con palabras.

No nos sorprende, estos asesinos de España, capaces de comprar a los profesionales de la metralleta y de adular a los que invocan su talante liberal para semblar dudas e insidias. Quieren endurecer nuestros corazones y reblandecer nuestras cabezas. Pretenden que abdiquemos de España, de su fe, de sus raíces, de su dignidad.

No vamos a hacerles el juego añorando venganzas. Si hay justicia, la respaldaremos. Y la habrá. Estemos seguros de ello, pese a los captadores de voluntades que creen lo contrario.

Según ellos, los delitos son hechos lamentables, ajenos a la acción de la justicia; pero ésta es ineludible. No me refiero sólo a la de Dios. El sigue en su sitio. No ha perdido facultades. El castigará a los asesinos. Confiemos en ello.

Me refiero a la justicia de los hombres. Es difícil confiar en ella cuando se confunde su fuerza conducente a la paz con la debilidad de la conveniencia conducente al apaciguamiento. Este tranquiliza a los agentes de la subversión y torpedea la seguridad de los que no quieren ser víctimas.

Siguiendo el ejemplo de Juan Mari discurramos con buen ánimo, pese a todo.

El distinguía entre la democracia gregaria, irresponsable, amorfa y desarraigada, y la democracia del consentimiento personal responsable, variada en sus formas y arraigo.

Ciertamente, la palabra "democracia" tiene mal agüero entre nosotros. Despierta lo más insolidario de nuestra predisposición altanera a disgregar y a excluir. Encierra un sentido de fragmentación

política y de enfrentamiento personal que nos lleva al desmán.

Al amparo de esta palabra, hay quienes se sienten autorizados a irrumpir en nuestra historia, haciendo baratillo de nuestro mejor pasado y convirtiendo en chatarra inservible lo que tiene elementos utilizables.

Juan Mari no aceptaba la pretensión de dar por liquidado el proceso que empezó en 1936, que habla de abrir un nuevo periodo constituyente para organizar la confusión y la ruptura. Los que pretenden esto pisotean la Ley mientras invocan el respeto que le es debido. Desprecian las instituciones, arruinan nuestro presente y bloquean nuestro porvenir impidiendo la obra duradera que pide rectificaciones y consolidaciones.

Hablando con Juan Mari de la teoría de las "dos Españas", planteamiento apolillado que deforma nuestro ser nacional, coincidíamos en apreciar que no es válido hablar así, como no es válido hablar de dos Norteaméricas, por el hecho de que allí hubiese una guerra entre dos estilos de vida y sigan existiendo dos partidos que canalizan las opciones de la confianza política por encima de diferencias de raza, religión, origen o situación. Esto es una referencia, no un antecedente. Aquello es aquello y esto es esto.

Ciertamente, la teoría de "las dos Españas" da a las divisiones, "derecha izquierda", "Gobierno Oposición", un sentido de enfrentamiento radical, desconocido entre los anglosajones y ajeno al sentido común.

Lo malo de esa teoría es que impide ver la base, acusadamente plural, de la unidad de España. Esta sigue naciendo en mil lugares, desde el Cantábrico al Mediterráneo, desde el Ampurdán a Canarias, desde Asturias a Levante, desde la Rioja a Jerez, desde Navarra a Toledo, desde el Ebro a Extremadura. Habla en lenguas con raíz románica de diversos acentos y hasta conserva la que usaron los primeros pobladores de estas tierras.

Lo que nos diversifica es lo que nos une. Ignorar esta diversidad y sustituirla por una pluralidad de programas partidistas elaborados por unos mandos políticos centralizados y remitidos a Provincias como si hubiesen tierras de Misión, es atentar contra la vitalidad y el potencial humano de España, que resiste al escozor de la deformación, al cansancio y a cualquier irritación momentánea.

En memoria de Juan Mari formulemos un propósito: neutralizar nuestra tendencia a fragmentar y aglutinarnos en sectores enfrentados.

Para ello deberemos cambiar nuestro metabolismo mental. No nos apoyaremos en el simplismo de las teorías y de los esquemas. Nos apoyaremos en la compleja sencillez de los hechos. No convertiremos la firmeza en estridencia ni la comprensión en abandono. No identificaremos el honor con lo que lleva a la muerte que separa, sino con la vida que convida al acuerdo, pero exige esfuerzo para mantener activo el espíritu de concordia. La meta de ese esfuerzo es una convivencia cordial, fecunda en oportunidades, sin atropellos ni sobresaltos. Esa era la bandera de Juan Mari. Pese a su muerte, o gracias a su muerte, es bandera que sigue alzada pese a todo.

¿Democracia? ¿Por qué no?. Lo importante es que no sea gregaria, que no introduzca rupturas ni atropellos. Que sea personal y arraigada. Que desarrolle confianza y voluntad de concordia, apoyada en la realidad multiforme de España, para anular a los que especulan con nuestra tendencia a la disensión.

Ayúdanos Juan Mari. Es lo que te pedimos. Agur jauna. Agur beti.

 

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