El fracaso de la República     
 
 ABC.    12/03/1961.  Página: 3. Páginas: 1. Párrafos: 6. 

EL FRACASO DE LA REPÚBLICA

Hoy hace treinta años, como consecuencia de unas elecciones municipales, Don

Alfonso XIII abandonaba el trono de España, para dar paso ´ a la República. Se

ha disertado mucho sobre las causas de la caída de la Monarquía y sobre los

errores de hombres y partidos que, obligadoü a defenderla, na supieron

protegerla de sus enemigos, por incomprensión, falta de convicciones, indecisión

y debilidad a la hora de afrontar a la revolución en la calle. Se recuerda menos

que la República fue también, efecto de una amplia y estruendosa propaganda

desarrollada libremente, que llevó el contagio a todos los sectores sociales,

inoculando su virus incluso a gentes que por su vigor intelectual, por su

experiencia y cultura, por su linaje, podría suponérselas inmunizadas contra la

superstición y las fábulas demagógicas.

• Fue una contaminación en cadena, de arriba abajo, de derecha a izquierda, de

viejos y jóvenes. Un huracán, una inundación, una epidemia difundida por el

aire, de la que sólo se libraron algunos islotes, refugio del sentido común y de

las razones históricas. Contaminación decimos que penetró en salones de nobles y

plutócratas y en´ míseros hogares de los suburbios, en las cátedras

universitarias y en los colegios profesionales, en los talleres y en los tajos,

en los Ateneos y en las logias y hasta en algunos cuartos de banderas. A cada

español se le hablaba en el lenguaje preferido, bien por la voz docta del

profesor o del político ilustre, desertor de las filas monárquicas, o por ¡a

voz, áspera y apasionada de Jtribunos, conferenciantes o improvisadores de

soflamas enardecedoras.

Con las promesas hechas por esta legión de hombres transformados en aves canoras

que llenaron el espacio de arpegios gratos y melodiosos se podría componer el

más variado y fascinador catálogo creado por la democracia para recreo y

felicidad de los españoles. Se les prometía a éstos la recuperación de su

conciencia de hombres libres, perdida desde hacía cuatro siglos: se anunciaba la

proximidad de tiempos de esplendor y de grandeza mediante una República que

despertaría en todos los ciudadanos dinamismo y disciplina, llamándolos a la

soberana empresa de resucitar la Historia de España, tomando briosamente en sus

manos su propio e intransferible destino; una República, se decía, viable,

gubernamental, conservadora, con el desplazamiento hacia ella de las fuerzas

gubernamentales de la mesocracia y de la intelectualidad, que conservaría el

Senado y en él la representación de la Iglesia con el arzobispo de Toledo a la

cabeza; una República, en fin, que devolvería la interior satisfacción a todos,

la tranquilidad a una vida pública jurídicamente ordenada, la seguridad de un

patrimonio legítimamente adquirido, la inviolabilidad del hogar sagrado, la

plenitud de vivir en el seno de una nación civilizada.

Grandes , esfuerzos imaginativos exigió la desmesurada empresa propagandística a

los exaltadores y panegiristas del nuevo régimen, pues ni el desastroso

desenlace del anterior ensayo republicano, ni el historial político y el

comportamiento público de muchos designados para desempeñar funciones esenciales

en él futuro gobierno renovador, arquetipo de todas las excelencias liberales,

permitían confiar razonablemente en unos resultados tan felices, casi milagrosos

como los que se prometían. Con tal ansiedad era esperada la mutación y con tal

impaciencia la llegada del nuevo orden de cosas y- de vida, que se salvaron

atropelladamente dificultades legales y sé imprimió celeridad al tránsito, sin

atender a fórmulas jurídicas, para dar satisfacción a los irreprimibles anhelos

populares. En principio la República fue alboroto, griteria callejera y un

estallido de júbilo. Por eso Unamuno repetiría tantas veces que la República no

la trajo una revolución, sino un estado espasmódico de la "soberanía popular".

Esta bienandanza duró muy poco. Se disipó como una embriaguez. Contados días

llevaba la República cuando aparecieron los primeros disidentes, del lado

catalán. Al mes, con la infame quema de conventos, empezaron las defecciones. La

historia de la República es un bontinuado desfile de decepcionados que se van al

ostracismo y se pasan al enemigo desencantados. La República es un miércoles de

ceniza que deja en todas las frentes el signo del desengaño. Las acusaciones y

execraciones más violentas contra el régimen han sido dichas p escritas por

quienes fueron´un día sus más ardientes partidarios. Cada Congreso de un partido

republicano fue una contienda de ca-bileños disputándose la influencia, las

actas o el presupuesto. De año en año los grupos más importantes se fueron

fragmentando en tribus. Ai final de propia or-ganización socialista, la más

robusta y maciza, acabó cuarteada, y el mayor núcleo se hizo faccioso y abominó

de la República como régimtn corrompido e inservible. Con la revolución de

octubre de 1934, los propios autores del régimen se convirtieron en parricidas

al atentar contra las instituciones y la Constitución. Dos años después, el

triunfo del Frente Popular señaló el final del régimen detestado. "La República

no nos sirve, decía el líder marxista Largo Caballero. Es un régimen que na

puede subsistir sin el apoyo de los socialitas; en cambio la dictadura del

proletariado es posible sin el concurso de los republícanos. ¿Por qué entonces

ha de malgastar el marxismo sus energías en una colaboración para mantener a un

régimen caduco, podrido y estéril?" Toda la campaña de los oradores y de la

prensa marxista una vez triunfante el Frente Popular. es contra la hipocresía

democrática y contra la República, desacreditada, baldón y oprobio, estigma y

afrenta, de la que se apartan sus amigos y admiradores de antaño como de un foco

pestífero, de un organismo uherado e infecto. En adelante no habrá otro poder

que la fuerza, ni otro argumento que la violencia.

Nadie defiende a la República, nadie la reconoce como poder representativo de la

voluntad popular y menos como régimen que se haya dado el pueblo para su

administración y gobierno. Por eso, el republicano más histórico, don Alejandro

Lerroux, puede escribir: "Ni Franco ni el Ejército se salieron de la Ley ni se

alzaron contra una democracia legal y normal en funciones. No hicieron más que

sustituirla cuando se disolvió en una anarquía de sangre, fango y lágrimas!" Por

eso, también don Manuel Azaña, el más apasionado y tenaz de los republicanos,

pronuncia desalentado aquellas palabras de amargura que recoge su cuñado en sus

Memorias, reproducidas hace pocos días en estas páginas: "Si alguna vez alguien

puede restaurar en España, no ya la República, sino lo que sea, que no sé lo que

será, de régimen más o menos liberal, lo primero que tiene que hacer es

renunciar a todos los mitos creados en torno a la República y deshacer todos los

ídolos. Porque si nuestra República se hubiese perdido el 18 de julio, otra cosa

hubiese podido quedar acaso en la consideración de las gentes. Pero nos hemos

ido envileciendo, y al final ya no se ha salvado nada. El que lo vea de otra

manera se engaña."

 

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