Testigo directo. 
 Brunete  :   
 El cerro del Mosquito. 
 Historia y Vida.     Página: 33-35. Páginas: 3. Párrafos: 30. 

BRUNETE.

EL CERRO DEL MOSQUITO

INFORMA: Un soldado, oficinista del Cuartel General de la 11 División nacional.

SITUACIÓN: El Mando decide ocupar los puntos fuertes que cierran el acceso a

Boadilla desde el rio Guadarrama. El más Importante de estos puntos es el cerro

de El Mosquito.

DESARROLLO: Ante la Inminencia de un ataque en fuerza de los republicanos se

emplean todas las reservas disponibles. En última instancia se hace una leva de

todos los que pueden empuñar las armas.

Ataca el Vértice Mosquito la XV Brigada Internacional, mandada por el croata

Copie y compuesta por dos Regimientos: el 1.°, mandado por George Nathan, Inglés

(Batallones «Lincoln», «Washington)) e «Inglés»); el 2.°, mandado por

«Chapalev», húngaro (Batallones «Dimitrov», «Franco-Belga» y «Español»),

La privilegiada situación de la posición, junto con las acertadas disposiciones

de la defensa y, muy en especial, el valor demostrado por el laureado capitan

Gomez Landero, Impiden la calda del Vértice Mosquito, asegurando con ello la

posesión de Boadüla del Monte y el mantenimiento de una Inmejorable base de

partida para futuros contraataques.

El combate, durísimo, acaba en la práctica con la capacidad ofensiva de la

Brigada.

CAYO ya, por segunda vez, para no levantarse. Me acuerdo de cuando le llevaban

los .camilleros por el barranco abajo. Era como si nos hubiésemos quedado solos,

como si ya no mereciera la pena seguir resistiendo en aquel cerro maldito

rodeado de mueritos. Y eso que entonces éramos ya muchos y podíamos llamar de tú

al enemigo.

Yo no le conocía de nada, Me habían destinado -a Boadilla, de escribiente, al

Cuartel General de la 11 División, Allí estaba tranquilo cuando se lió lo de

Brunete. ¡(Menudo jaleo!

En Boadilla estábamos en la inopia. Nos despertamos el día 6 entre el estruendo

de los cañonazos que se oían por todas partes. No nos llegaba la camisa al

cuerpo. Hubo momentos en que todo eran órdenes, y otros en los que parecía que

nos íbamos a estar allí parados, esperando que vinieran a cogernos.

Yo, metido tras mi máquina de escribir, iba poniendo en limpio los papeles que

me daban, Muchos papeles, muchos, Par eso me enteraba de cosas que otros no

sabían.

Un batallón de Melilla y un tabor de Regulares fueron a cuforir la zona de

Romanillos y a asegurar Majadahonda. Con ello, el pueblo se quedó casi sin

fuerzas que le defendieran. En El Mosquito cataban unos canarios con un tabor de

Tetuán y una compañía de otro tabor de Ceuta. En el puente de la carretera a

Brunete colocaron una compañía de gallegos.

Pero todo parecía poco. El día 7 hicieron una limpia de gente, escribientes,

conductores, ordenanzas y demás, y nos enviaron a primera línea. A mí sne tocó

en suerte El Mosquito, que es un cerro que está, yendo desde Boadilla a Brúnete,

a mano izquierda y como a unos dos kilómetros de la .carretera.

Nos llevaron en un camión para que llegásemos antes. Hacía un calor de horno, Yo

había ¡tirado con fusil solo un par de veces, en instrucción, pero por • mi

suerte, y por ser oficinista desde antes de que rae llama-ran, me destinaron a

oficinas. Total: que estaba hecho un soldado de primera!

El Mosquito es un cerro estrecho y alargado. Desde la carretera, al desviarse a

la izquierda, como antes decía, se toma un camino que va por lo ´alto del cerro,

todo a lo largo del fierro, que tiene lo menos cuatro o cinco kilómetros.

Nosotros nos bajamos de los camiones en tíl cruce y fuimos andando como a media

ladera por la parte que da a Boadilla, o sea, a cubierto del enemigo qus pudiera

estar por la parte del Guadarrama.

A mi me tocó con eQ capitán Gómez Landero, Nos presentó un cabo que nos

conducía, y el capitán dijo: «Bueno, pues ya sois solidados como todos, así que

espero que os comportéis bien y seáis valientes». Yo me sonreí para mis

adentros. Apañado estaba el buen señor si creía que éramos soldados como todos.

Yo, que era de los mejores, no sabía casi ni pegar tiros. Entre los otros habla

cada púa de miedo.

l/o primero que nos tocó fue cavar trincheras. Yo, la verdad, es un ejercicio

que podrá ser muy bueno, pero que nunca ms ha gustado. En eso también nos

diferenciamos bastante ¡de los soldados de vendad: para ellos, el pico era, como

el fusil, un instrumento que manejaban con soltura. Para nosotros, para la

purrela de los cuarteles generales, aquello era un tormento. A mí se me llenaron

las manos de ampollas al poco rato, y lo malo era que encima se reían de mí. Me

declan «señorito», que es un mote que siempre sienta muy mal y la verdad es que

no sé por qué.

Pero todo no fue cavar. Lo peor fue que allí, más o menos, estábamos medio

rodeados, y tan pronto venían tiros de la parte de Brunete como de la parte de

Boadilla. Asi que el ejercicio del pico lo alternábamos con el empleo de nuestro

armamento sobre individuos que aparecían en cualquier sitio.

Aprendí bastante de tiro en aquellos primeros ejercicios reales. Allí ya se -

sabía: o la liaba al que estaba enfrente, o tenías tú muchas probabilidades de

liarla, O sea, qus no era eso del fcriangulito negro que no da emoción ninguna

en el tiro de instrucción,

Total, ique entre acordarme de los muertos del qus inventó el pico y los

sustillos que nos daba ¿1 enemigo que se infiltraba «1 ´día 7 se fue con

relativo sosiego.

El día siguiente, en cambio, fu« de campeonato. .Cuando más descuidados

estábamos en. tregados a nuestra provechosa ración de ejercicio físico, oímos un

tomate de espanto a nuestras espaldas. Cañonazos y todo. ¿Qué pasaba? Pues nada,

que los rojos se nos habían colaao en el pueblo sin que nosotros nos

enteráramos. Paramos de cavar, como de costumbre, y nos metimos en los hoyos,

que ya casi nos tapaban,

iMenuda debía de haberse liado en Boadilla! Se oían muchos tiros. Eran como las

once de la mañana más o menos.

´Nosotros nos estuvimos quietos haciendo cabalas. Bastante asustados, porque a

nadis le .gusta estar rodeado, Pero no pasó nada, ´Aquellos rojos no eran lo que

se había dicho de ellos. |Vamos, es un decir! La fetén es que se volvieron, tras

un rato de tiroteo, por donde habían venid9 y todos tan contentos. Todavía

tuvimos ocasión de ensayar la puntería, cuando regresaban por la carretera, pero

estaban lejos. Un moro, que era un fenómeno de la fusila, dijo que a uno le

había zumbado. Yo, la verdad, no vi a ninguno que cayera cuando tiraba el

moruno, además que había mucha competencia y el que más y el que menos tiene su

orgullo profesional, aunque. en mi caso, la profesión fuera de poco más de 24

horas.

El día 9´la cosa cambió. Hubo ataque en regla, pero no por nuestro lado.

Atacaban muchos con carros y todo. Por allí corrió la voz de que habían sido los

legionarios de la 8.» Bandera los que se habían encargado de aliviarles, por lo

visto, con pérdidas gordas. Desde luego, el ataque ail cerro tenía tomate...

Había que subir una cuesta y todo a pecho descubierto. El cerro había de ser lo

que se llama una posición estratégica; o sea, de primera. Por delante hay una

Vaguada grande que va a parar al río Guadarrama. Por detrá.8, baja otra vaguada

qus viene desde más allá de Boadilla. De esta forma, el cerro, o sea la serie de

cerros donde está El Mosquito, eran como una pared que se Rubiera colócado a

posta para defender el pueblo de un ataque desde la parte de Brúñete. En la

práctica se veía claro.

Los rojos, para atacarnos, .tenían que avanzar lo menos´ dos kilómetros al

descubierto y tenían que subir una fuerte cuesta. Nosotros, en cambio, estábamos

dignamente. Teníamos detrás una zona grande a cubierto de todas las visitas del

enemigo. Allí podíamos movernos con seguridad; por allí podían venir refuerzos y

víveres y municiones y de todo. Había un inconveniente —que todo hay que

decirlo—, y era que el terreno, lo mismo delante que detrás de la línea de

cerros, estaba cubierto a trozos de monte, o sea de árboles y matas grandes,

entre los que era facil ocultarse.

La única forma de meternos mano era rodeando la línea de cerros por abajo, hacia

Villaviciosa de Orion.

Pero la famosa actuación del capitán ocurrió el día 10, y a eso es a lo que me

quiero referír, porque gracias a él se sostuvo la posición, y el enemigo ss

quedó sin ocupar la linea que le hubiera facilitado el paso a Boadilla.

Bueno, pues, al grano... El día 10 por la mañana fueron a por nosotros y no de

broma.

Empezaron por una buena preparación -de artillería. Nos calentaron bien las

orejas. Como media hora duró el fuego. Mientras tiraban los artilleros, vimos en

la loma de enfrente, como a unos ´dos kilómetros, aparecer una gran cantidad de

tanques rusos, unos 15 o 20, que tiraban con cañón desde las encinas y que se

movían rápidamente de una encina a otra. La infantería se había colado mucho

más. Empezaron a tirar con aranas automáticas desde bastante cerca. Eran muchos

y, prácticamente, ocupaban casi todo el barranco que hay delante de la línea de

cerros donde está El Mosquito. Habían aprovechado la noche para infiltrarse sin

peligro, y hasta que los .carros no empezaron su avance no salieron de sus

madrigueras. Ahora ya se les vela aprovechar el terreno y tirar bien. Eran

internacionales.

Con lo que no podíamos contar era con que aquellos sujetos pudieran atacarnos

por la espalda... Y así fue.

Alguna unidad debió de chaquetear, porque de pronto nos encontramos entre dos

fuegos. Los internacionales apretaban sobre todo por la parte de la carretera.

Se habían metido en una zona espesa de bosque que había a retaguardia y nos

freían. La posición nuestra, con El Mosquito, con el mismísimo Mosquito, era

como una isla rodeada de enemigos. El capitán ordenó una reagrupación de los

efectivos.

El fuego enemigo empezaba a abrir claros. Había que moverse porque los parapetos

se. vaciaban con tanto fuego.

Entonces fue cuando la figura del capitán empezó a tomar cuerpo y

estatura. En todas partes estaba. En todas partes se ^oía su voz de aliento y se

sentía su presencia. La gente estaba segura. «Cada uno lo suyo. No quiero

héroes. Quiero hombres tranquillos que apunten bien.» El capitán se

multiplicaba.

Pero se ve que en todas partes no había un capitán como el nuestro. La compañía

que estaba a nuestra izquierda fue destrozada, entró el pánico y empezaron a

chaquetear hacia Boadilla. Se los comían los internacionales. En el campo libre,

como eran muchos más, llevaban las de ganar. Vi varios que caían y algunos que

eran hechos prisioneros.

Entonces arreció el ataque. Debían creer que la resistencia estaba vencida y

empezaron a avanzar descaradamente, como si fueran a una verbena. Sin embargo,

desde la izquierda seguía eíl fuego desde unas posiciones que habían sido

nuestras. La situación yo la vi negra. Empecé a pensar en escapar, palabra de

honor, allí parecía que no había nada que hacer. Miraba, sin poderlo remediar, a

una zona que parecía que no tenía enemigo. Pero el capitán nos libró de una

muerte segura o de caer prisioneros,

que era casi peor.

Mientras el que más y el que menos pensaba en escapar, él siguió danzando de un

lado para otro, dando ánimos, exponiéndose visiblemente, entre una verdadera

granizada de bailas. Yo lo veía y no lo creía.

¿Corno era posible que aquel hombre permaneciera vivo a pesar de tanta

exposición? Pero allí estaba, como un demonio o un ángel, invulnerable entre los

proyectiles.

De pronto, ¡zas!, el capitán que cae. Bueno; aquello fue grave. Sin él, la

posición estaba perdida. Allí, la voluntad de aguantar hasta vencer era la

suya;, allí, el ánimo era el suyo, y suyo el valor y el espíritu indomable

frente a lo que viniera. Cayó en el fondo de una trinchera. Estaba herido. Lo

levantó un moro.

La cabeza del capitán caía hacia atrás. Lo echaron en una camilla para

llevárselo, si se podía. Pero, no sá cómo, el hombre se levantó. Al intentar

andar se tambaleaba. Un sanitario pretendió ayudarle: «Fuera, fuera! Ha sido un

desvanecimiento... Ya estoy bien». Siguió andando, vacilante y dando ánimos. Vi

que la guerrera estaba ¡rota en la unión de la manga derecha. Salía sangre que

empapaba su costado, «Está usted herido, mi capitán... Hay que evacuarle».

«¡Quita de ahí, chaval!... Es un grano que se me ha reventado.» Se incorporó al

parapeto: «¡Vamos, hijos! Que ya entienden estos bastardos de ingleses lo que

somos... ¡Ya se van, hijos! ¡Un esfuerzo más! ¡El Mosquito no se rinde!».

Estaba de pie en el parapeto. De pie con las piernas abiertas, con la cabeza

levantada. La gente entendió.

Yo por lo menos entendí muy bien. Era el sacrificio del hombre. Era la

aceptación de lo que Dios quisiera enviar para que brillara por encima de todo

el cumplimiento del deber, el cumplimiento del amor tremendo de aquel hombre a

su patria.

Y sucedió lo que tenía que suceder. La posición resistió todos los embates,

todas las acometidas. Las trapas de refuerzo llegaron a tiempo para que El

Mosquito siguiera siendo tierra nacional.

El capitán murió. En los últimos momentos del ataque, el capitán recibió una

nueva herida, esta vez en el vientre, esta vez mortal sin remedio.

Era la segunda vez que caía y ya para no levantarse. De la camilla rezumaban

gotas de sangre que se embebían en la tierra áspera de El Mosquito,

 

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