Autor: Bardavío, Joaquín. 
 Aniversario de guerra. 
 25 años de paz     
 
   15/05/1964.  Páginas: 2. Párrafos: 9. 

ANIVERSARIO DE GUERRA

Por Joaquin BARDAVIO

25 AÑOS DE PAZ

PAZ. Paz. Paz. Veinticinco años. Que sean, como dicen, los veinticinco primeros.

1964 es un feliz aniversario español. 1964 es también un triste cincuentenario

europeo. Bodas de plata, y de sangre, de la paz española. Bodas de oro, y de más

sangre, del comienzo de la primera guerra mundial. 1914: un gran progreso y una

gran guerra digna de tal progreso. Un estallido bélico consecuente con una paz

egoísta sin visión de futuro. Al menos nuestra paz se proyecta

esperanzadoramente al mañana que espera el relevo a orillas de una fina playa

mirando hacia el Atlántico, el camino que siguió el más bello episodio de

nuestra historia. Y nuestra joven esperanza nos hace volver la pluma cincuenta

años atrás para saber el porqué de una guerra que nació, con dos asesinatos,

tras una paz mezquina que no supo decir "mañana" y no supo decir "nuestros

hijos".

El siglo XIX tenia una fiebre mecánica alimentada por la calentura de filosofías

materialistas. El ambiente europeo estaba cargado, con una atmósfera densa por

el humo que desprendía el opio del maquinismo y que hacía soñar a los hombres

con mundos vehementes acrisolados por el oro que arrancaban de la tierra la

dobladas espaldas de las razas inferiores. que Kipling condenó en ocho versos

´Take up white man´s Burden...´. Y mientras la sociedad decimonónica bailaba y

chillaba e! último día del siglo, se incubaba en su vientre un tumor maligno que

se abriría más tarde y que y» palpitaba de impaciencia por destilar alimento

para los cuatro jinetes del Apocalipsis.

Por todo el siglo XIX marchaba un rio de pasiones y megalomanías que se

incrementó en los setentas, en los ochentas, en los noventas y desembocó, como

un torrente avasallador, en loa primeros años del siglo XX, llenándolos con su

espuma rabiosa y amenazante. La electricidad, el automóvil, el maquinismo todo,

hablan sido inventos útiles y beneficiosos en si mismos, pero los hombres los

aprovecharon para bajar, altivamente, los tres escalones por los que bajara la

intimidad de Feuerbach: "Mi primera idea fue Dios, la segunda la razón, la

tercera y definitiva el hombre.´´ El hombre desnudo de fortaleza espiritual que

cubría su vergüenza tras el progreso que miles de promociones habían trabajado

desde la más oscura cuna de la Historia, y que se mostraba en esa luminosidad de

artificio que las bombillas de todo el mundo exhibían a las estrellas en

ridicula competencia.

En 1899 murió un hombre pequeño, de grandes bigote* negros, de ojos nerviosos

que se movían entre sus órbitas soñando con escaparse y volar hacia audaces

utopias de bellos mundos de gigantes. Era un hombre débil que murió de envidia y

de pena en la prisión de su osadía. Era un enamorado de los atletas de la

antigua Grecia y amaba la fuerza y el poder con toda la intensidad de su

impotencia. Los

pinchazos de su febril morbosidad dibujaban en su mente los rasgos enérgicos de

músculos diamantinos, de grandes y anchos cuerpos rebosantes de salud y de vida.

De su enano cuerpo, comido por los microbios malsanos, se disparaba su

pensamiento hacia espacios infinitos, pisando quimeras en sueños sin caridad.

Era un hombre que escribía todo lo que le gustarla ser y vagabundeaba por

caminos de leyenda.

La locura de su imaginación se extendió a la totalidad de su cerebro, y antes de

que su cuerpo fuera amortajado su inteligencia había sido ya enterrada bajo la

mitología que él mismo hatiía creado. Se llamaba Federico Nietzsche y le hubiera

gustado llamarse Zoroastro, el semidiós, quizá porque al avanzar hacia su triste

destino de locura se sentía intimamente un semihombre. Nietzsche vivió con mucha

pena y sin gloria, pero sus obras resucitaron con fuerza insospechada a

principios del siglo XX. Sus ideas contribuyeron a la tensión psíquica que se

romperla en el catorce, y más tarde se encarnaron en un hombre fanático y

terrible que se llamó Adolfo Hitler. que nació intelectualmente del parto

ideológico de Federico Nietzsche cuando galopaba al ritmo de su pulso alterado

por caminos etéreos que se cruzan en los manicomios de la Tierra.

El testamento del siglo XIX otorgaba a las grandes potencias y a las nuevas

promociones herencias cuantiosas. Millones de toneladas de carbón, de hierro,

enormes extensiones en colonias, grandes cantidades de kilowatios-hora, barcos a

vapor, motores de cuatro tiempos, ferrocarriles con panza de hierro y fuego...

y, también, una cultura partida, unas ideas fabricadas en la geometría del

maquinismo, unas teorías evolucionistas mal asimiladas y comprendidas, mucho

odio bajo la careta de la competencia, un "laissez faire" social, una

introducción a la pornografía y, en fin, un saco espiritual lleno de

materialismo mustio sin la fragancia de lo que crece en la tierra como testigo

de lo extraterreno.

El progreso estaba degenerando la espiritualidad. La explotación del hombre por

el hombre se oía en el tañer lastimero de la campana con que Lassalle pregonaba

la ley de bronce de los salarios. El arte buscaba angustiosamente nuevos caminos

y los pinceles de Cézanne trazaron unas líneas raras exploradoras de mundos

desconocidos. La pintura y la música tomaban nuevos derroteros atravesando

crisis de apasionada búsqueda, mientras Toulouse-Lautrec llenaba con su pequenez

el campo pictórico de la bailarina, figura que llegó a ser simbolo de una época.

Entonces se amaba apasionadamente al conocimiento, al saber, a la ciencia. Y se

negaba cuanto de trascendente pudiera haber detrás del conocimiento, del saber,

de la ciencia. La cultura se había reducido en el pensamiento de muchísimos

hombres a la producción técnica y al lanzamiento colosal del progreso que había

permitido pagar menos y más pobres jornales a cambio de una mayor producción. La

diosa ciencia, madre de todas las maravillas recién descubiertas, fue elevada al

altar de la adoración. Las rivalidades nacionales se acrecentaron y la carrera

del poder rompió la cinta de la meta un dia homicida de 1914.

En Sarajevo hubo un doble asesinato, y los hombres de Europa se levantaron de

los campos de trabajo, de las fábricas, y probaron durante unos años el progreso

de la técnica. Y lo dolieron en las entrañas. Y toda la cultura hecha pólvora y

armamento se desparramó por las naciones.

Y los montones de cadáveres diseminados por los campos de Europa prometían

henchir las espigas de los trigales con tuétanos de esqueleto.

Este es un cincuentenario de guerra que veinticinco años después tendría su

segunda edición, precisamente cuando en España comenzaba una paz esperanzadora

porque sabrá decir "nuestros hijos" y sabrá decir "mañana".

J. B.

 

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