Autor: Montero, Rosa. 
   Martín Villa: un ministro de fábula     
 
 El País.    30/11/1978.  Páginas: 4. Párrafos: 50. 

MARTIN VILLA

UN MINISTRO DE FÁBULA

Texto: Rosa Montero /Fotos: Chema Conesa

Don Rodolfo Martín Villa tiene nombre de galán de opereta y la apariencia de opositor empollón y

resistente. No es alto y su gordura es engañosa: pertenece a ese género de hombres que no parecen

decidirse a ser ni gruesos ni delgados y que terminan desconcertando al personal con unas carnes que,

pese a su abundancia, se obstinan en pasar inadvertidas. En realidad puede ser ésta, la indefinición, su

principal característica. Indefinidas son sus gafas, de montura de pasta más bien rosácea, indefinidos sus

escasos ademanes, y su voz es átona y lineal, y su mirada inexpresiva y de difícil recuerdo, y es incierto

su flequillo, como lamido hacia un lado sin contemplaciones. Es indeciso incluso hasta en la forma de

sentarse, a medio camino de la comodidad y la embestida, que Martín Villa tiene como truncada la cerviz

y cada día parece inclinar más la rotunda cabeza, como si de tanto empujarla con los hombros a modo de

ariete para arremeter contra los problemas cotidianos se hubiera quedado escorado de perpetuo, como

quien anda contra el viento, como alguien que busca sin descanso un objeto caído al suelo. Viste con

corrección pero sin mimo, y su aspecto parece el resultante de una antigua decisión, como si un día

Martín Villa se hubiera parado ante un espejo y, tras pegarse el flequillo sobre la sien derecha y subirse

las tafas con dedo acostumbrado, se hubiera dicho: «Lo que es en cuanto a lo físico yo ya no puedo hacer

más, ahí te quedas», para desentenderse de sí mismo a partir de entonces y dedicar sus esfuerzos a otras

lides.

—Yo lo que creo ser es bastante congruente entre mi vida personal y la política. Es decir, que no tengo

que forzarme ni para hablar en público, ni para moverme en el Parlamento, en el Gobierno, en la

Administración, en el despacho, no me tengo que forzar nunca, y aunque acepto las discusiones y las

críticas estoy convencido de todo lo que digo. Y cuando tengo que ser discreto lo que hago es que no

hablo, pero no engaño prácticamente nunca.

Y tú te das cuenta de que debe ser cierto que Martín Villa no se fuerza en su imagen pública,

que no desperdicia energías en resultar brillante. En realidad, en su monotonía como orador tiene un arma

poderosa, que es hombre capaz de abrumar al contrario con contestaciones densas e interminables,

desgranadas con tal compleja morosidad que el oyente termina por arrojar la toalla, perdido el hilo ya de

la respuesta. Y como muestra de esta diabólica habilidad baste con la reproducción textual de alguna de

sus frases, que Martín Villa dice, por ejemplo, «por otro lado pienso con independencia de que

comprendo que cuando se analiza en cuestiones concretas, realmente se puede pensar que a lo mejor pues

tengo en contra a mucha gente» y cosas semejantes, por lo que procuraré condensar la trascripción de sus

palabras. En esto, el ministro del Interior es como la representación viva de la resistencia pasiva, triunfa

por agotamiento de los demás.

Es entonces, cuando ya te ha quebrantado lo suficiente, cuando empiezas a comprender que su supuesta

indefinición es tan sólo una apariencia, que bajo ella está la compacta realidad de un Martín Villa

metódico e imparable, especie de tanqueta política que sólo se preocupa de avanzar sin perder el tiempo

en pulir la chapa; externa. Lo cierto es que ha avanzado mucho desde que nació, hace 44 años, en Santa

María del Páramo (León), hijo de un ferroviario. Tenía´ tres hermanos, «una murió de parto hace muchos

años, otro es diputado de UCD», y una situación familiar económicamente dura. Gracias a una beca

sindical estudió en los agustinos, y hay quien dice que, ya entonces, quería ser alcalde de su pueblo: «Eso

dicen, pero yo no lo he dicho nunca.» Y piensa Martín Villa que en su infancia era difícil tener

aspiraciones, «porque yo creo que en la etapa en la que uno era pequeñito las circunstancias eran difíciles

para imaginarse demasiadas cosas, realmente yo he tenido una vida familiar que, hombre, con sobrevivir

y salir adelante era bastante, quizá lo único que aspiraba era ver cómo podía ir uno saliendo hacia

adelante».

Y fue saliendo hacia adelante con gran precocidad, por otra parte. Estudió Ingeniería Industrial en

Madrid, vivió sus euforias juveniles en el Colegio Mayor Santa María, donde trabó amistad con Sancho

Rof, Mariano Nicolás, Ortí Bordas, Gabriel Cisneros, Juan José Rosón..., todos seuístas, como él mismo,

que ya en 1958, es decir, con apenas veinticuatro años, Martín Villa fue nombrado jefe del SEU de

Madrid y se subió a su primer coche oficial, del que ya no se ha apeado: «No, no es normal haber tenido

una carrera política tan temprana, yo comprendo que colecciono algunas cosas de no demasiada

explicación inicialmente.

Por ejemplo, la política se relaciona más con abogados que con ingenieros, aunque creo que mi formación

se completó y compensó a través del colegio mayor en el que estuve... Es que a veces uno entra en

política como en la vida, es decir, Es probablemente el ministro peor vestido. A su cargo de hombre duro

añade la extraña circunstancia de haberse subido a los veinticuatro años a un coche oficial del que no se

ha apeado aún. Martín Villa no es un triunfador. Parece más un riguroso ahorrador o un pertinaz

quinielista. Su vida termina pareciendo la fábula del niño de la Operación Plus Ultra que se convierte en

ministro por derroteros que no hubiera sido en absoluto imaginables.» Y, así, en esa continuidad

automovilística, ha llegado a este sillón ministerial tan conflictivo, puesto que ocupa desde julio del 76,

cuando a todo esto se le denominaba aún Ministerio de Gobernación.

Ahora dicen que posiblemente deje el cargo para convertirse quizá en secretario general de UCD: «No

hay ninguna razón para que lo deje, siempre hay razones, vamos, pero no hay ahora ninguna especial,

aparte de que yo insisto mucho en eso que ya sé que a veces a ustedes les ha parecido mal pero que es

verdad, yo estoy dimitido siempre, el tema de mi dimisión o de mi posible cese me deja absolutamente

tranquilo y frío, porque desde una perspectiva personal y familiar lo estoy deseando, como comprenderá,

y desde una perspectiva política, bueno, pues si se quiere ministro ya lo he sido, y pienso que se pueden

ser otras cosas, que no le tengo ningún apego al cargo, vamos.» Y lo cierto es que ahí sigue de ministro,

impertérrito y sereno, aunque más de una vez se haya pedido su dimisión: «En dos ocasiones me

presentaron mociones de censura; una a nivel de Pleno del Congreso, y otra, a nivel de Comisión del

Interior; las dos veces la moción no ha salido adelante, y yo diría que tengo por qué estar tranquilo, es

decir, una serie de diputados que representaban a unos millones de españoles dijeron que me quedara, otra

serie de diputados representantes de otros millones dijeron que me fuera, otros se abstuvieron, ganaron los

que dijeron que me quedara, de modo que...» Y es que Martín Villa se siente mayoría.

Dicen, sin embargo, que palideció al ser nombrado ministro de Gobernación, que él quería la cartera de

Trabajo:

—Yo no he querido ninguna cartera.

—Digamos entonces que prefería.

—No, no, yo le voy a contar, ¡si se puede contar todo, mire! Lo que pasa es que en julio del 76 yo no me

imaginaba de ministro de Gobierno; hombre, como yo era ministro de Relaciones Sindicales con el

primer Gobierno de la Monarquía y había presentado al Consejo de Ministros algunas reformas que

afectaban no sólo al mundo sindical, sino al del trabajo, al producirse aquel cambio de Gobierno me

imaginaba que a lo mejor una posibilidad mía en aquel momento era la de ser ministro de Trabajo, pero

era mera figuración y no preferencia, porque tal como se producen estas cosas no le dan nunca a uno a...

no ha lugar a preferencias.

E insiste en afirmar que al verse de ministro del Gobierno no sufrió ni un leve escalofrío, «hombre, me

preocupe´, fui consciente de que me iba a pasar más o menos lo que me estaba pasando, por lo que no me

he llevado demasiadas sorpresas en su conjunto, y eso me da una gran tranquilidad para desarrollar mi

tarea», y está convencido de que se le quiere incluso, allá en el fondo: «Por otro lado, aunque a veces

pueda parecer que tengo en contra a mucha gente, yo diría también que en ocasiones compruebo que se

produce en el terreno puramente humano y personal una cierta admiración nacida de la consideración, sí,

sí, es decir, este señor lo está pasando muy mal, vamos, y por tanto eso de alguna manera da una faz más

favorable. Yo creo eso aunque a lo mejor resulta que soy un ingenuo, pero en todo caso esa ingenuidad

me ayuda a trabajar con más tranquilidad. En líneas generales, más allá de lo que requiere el oficio, no me

siento en una situación de acoso generalizado, y es más, incluso por parte de los grupos parlamentarios,

de los propios grupos políticos que formalmente discrepan de mí en cantidad de ocasiones, y lo entiendo

perfectamente, yo diría que por parte de ellos veo la adversidad política, pero no la enemistad personal,

salvo en muy pocos casos, y muchos de mis adversarios son amigos personales.»

Y quizá pueda pensarse que sus más feroces enemigos vengan de la derecha, de aquellos que le

consideran un traidor, que le ven como sindicalista renegado que colabora con el desmantelamiento de

sindicatos, como jose antoniano que participa en la anulación del Movimiento, «pero es que la gente no se

da cuenta, quizá, o no quiere dársela de que el sistema político de Franco era fundamentalmente Franco, y

muerto él como institución el tema caía por su peso».

—Pero ¿le ha retirado algún antiguo amigo el saludo?

—Yo creo que los verdaderos amigos que he tenido los sigo teniendo, además yo soy muy amigo de mis

amigos, incluso de mis adversarios políticos si son amigos personales, y yo diría que en ese sentido no he

tenido decepción ninguna. Sigo manteniendo relaciones con personas que están en las antípodas de mi

actuación política.

—¿Y hacia dónde estarían orientadas esas antípodas?

—Hombre, realmente mis amigos personales de estar en las antípodas de algo están hacia la derecha...

Y es una de las escasas veces que se ríe durante la entrevista, con unas carcajadas apagadas y cansinas,

una especie de cuf-cuf-cuf que parece tos.

Es muy, muy amable, con una amabilidad neutra y sufrida, como de cura. Y en sus palabras hay un

residuo religioso, como cuando habla del deber a cumplir: «A lo mejor lo que voy a decir es de una

explicación difícil, pero yo tengo la absoluta, total seguridad de que estoy intentando cumplir con mi

deber, de que lo estoy haciendo al máximo de mis posibilidades y mi tiempo, yo diría que no me preocupa

mi imagen personal y que por estar en un oficio que toca medularmente a la misma pervivencia del

Estado ni siquiera estoy demasiado sometido a la política de partido, y eso me hace ser muy

independiente.»

Martín Villa es creyente, por supuesto: «Y bastante practicante, aunque a un nivel elemental. También

soy de los que creen en eso que, claro, como se ha repetido tantas veces, quizá ha perdido el valor, que es

el llamado espíritu de servicio; y creo en el patriotismo, creo que existe, y perdón, con eso no quiero decir

que yo monopolice un determinado espíritu de servicio o un determinado patriotismo, entiendo que la

derecha, el centro y la izquierda pueden tener su sentido de espíritu de servicio y de patriotismo, cada uno

entiende a España y a la función pública y a la política de distinta manera, pero lo que yo creo exigible es

que todos tengamos una idea sobre ese tema y que actuemos de acuerdo con ella. Yo creo tenerla y

además bastante clara y la aplico todos los días. Con lo cual no quiero decir que la mía sea la verdadera,

pero me sirve a mí.» Incluso se ha hablado de sus posibles contactos con el Opus, ya que en el 66. siendo

delegado de la Organización Sindical en Barcelona, López Bravo, entonces ministro de Industria, le

nombró director general de Industrias Textiles, Alimentarias y Diversas.

— La verdad es que cuando fui nombrado director general por López Bravo había visto al ministro un par

de veces, en situaciones muy claras las dos. Una fue cuando él presidía con el ministro de Educación la

entrega de títulos de mi escuela. La escuela acababa en febrero, yo me casé en julio, en marzo me

hicieron jefe nacional del SEU, y la entrega de títulos se hizo al año siguiente, de modo que yo ya era

procurador en Cortes, jefe nacional, etcétera. Total que, en el momento en que iba a recoger el titulo. se

produjo un pequeño revuelo ante una persona que no era lo habitual en la promoción, desde ciertos

aplausos a mirarse la gente, y esa fue la primera vez que saludé a López Bravo, él me dijo, ¡ah!, es usted

el jefe nacional del SEU, esas cosas. La segunda vez que le vi creo que fue siendo yo presidente del

Sindicato del Papel, no me acuerdo para qué, un trámite de trabajo. Y no volví a encontrármele solo hasta

el día en que me llama por teléfono a Barcelona y me pregunta si voy a ir por Madrid, "pues sí. mire,

pensaba ir la semana que viene", "bueno", me contestó, "pásese por aquí que quiero verle", pues muy

bien... Y ese fue el día que me propuso el cargo. Esa es la verdad. Hombre, lógicamente en aquel

momento un director general de Industria con López Bravo tenía que sufrir un poco la sospecha, la

presunción de que tenía que ser del Opus, presunción con la que yo entré en el Ministerio de Industria, ya

que di por bueno que allí todos menos yo eran del Opus, o sea que... Que eso quede perfectamente claro.

Luego comprobé que sólo lo eran algunos, los menos, no sé si el ministro y otro más. solamente.

—Pero ese espíritu de servicio al que usted antes se ha referido, ¿no tiene ciertos ecos muy de Opus?

—Yo diría que no. He tenido algún contacto con gente del Opus, en pocas ocasiones, incluso hasta he

coincidido con ellos en esas cosas de hacer ejercicios espirituales o conferencias cuaresmales y tal, dicho

sea de paso llevo ya mucho tiempo sin hacer estas cosas ni con ellos ni con nadie, porque esta casa es un

lío, pero, en fin, yo diría que estoy poco influido por el Opus. No es mi forma de entender la vida, ni

siquiera la vida religiosa, dicho esto desde el más absoluto respeto y desde una enorme amistad con

alguno personalmente y yo diría que incluso desde la admiración de lo que supone la iniciativa Opus,

porque la verdad es que para un católico español es hoy una de las pocas ventanillas que permanecen

abiertas, y eso hay que reconocérselo..,

Del 69 al 73 Martín Villa fue secretario general de Sindicatos. En el 73, presidente del Banco de Crédito

Industrial. En el 74. gobernador civil de Barcelona. Y en el 75, al fin, ministro. Su trayectoria,

contemplada sobre datos, parece impulsada por una hábil ambición, pero él dice que «la ambición política

no me parece mal, pero creo que no sirve para caracterizarme. Creo que las más de las veces he sido cosas

que no hubiera imaginado, hombre, me he podido imaginar después de bastante tiempo de trabajo en el

mundo sindical llegar a ser ministro de Relaciones Sindicales, y por mi vinculación a Barcelona he

podido imaginarme e incluso desear ser gobernador civil. Pero todo lo demás no me lo imaginaba».

Tiene una mesa en forma de herradura sorprendentemente limpia de teléfonos: los aparatos están debajo

del tablero, en los intestinos de la mesa, son teléfonos directos, neurálgicos y secretos que no pueden

quizá estar a mano de cualquiera. Al comienzo de la entrevista, el ministro dijo que no le pasaran ninguna

llamada: su voz tenía el tono preciso y frío de quien está acostumbrado a ordenar. Y, sin embargo, Martín

Villa dice que «aunque lógicamente en cualquier órgano colegiado se producen roces en el trato

interpersonal, quisiera decir que normalmente yo no he tenido apenas discusiones con mis compañeros de

Gobierno, suelo atemperarme a las necesidades que plantea el gobierno de conjunto, y además, a título

personal, no deliberadamente, pero me sale con cierta facilidad, suele suceder que la gente me cae bien, lo

cual creo que es el mejor de los sistemas para que el recíproco sea también cierto. Digo a nivel de trato

personal, ya comprendo que el ministro del Interior tiene otros problemas». Y es que Martín Villa se

considera un liberal, «yo estudié con los agustinos, y son una gente muy elemental, si se quiere, pero muy

liberal, y eso creo que me ha influido. Yo no me atrevería a calificarme a mí mismo de demócrata de toda

la vida, porque sabe Dios qué cosas se dirían, pero, sin embargo, me atrevería a calificarme como hombre

con una mentalidad bastante liberal. Y al decir esto me estoy analizando más en cuanto al talante

personal, en las relaciones sociales, amistosas, familiares, no hablo de la actividad política. En cuanto a lo

personal yo siempre he sentido mucho respeto por las opiniones de los demás y eso es lo que yo entiendo

por liberal, creo que es un talante agustiniano».

Talante liberal que, en cualquier caso, debe entrar en conflicto con su sentido del orden, que es hombre en

lo político duro y ha dicho cosas como «puede ser discutible y es bueno que se discuta la forma en que los

políticos llegan al poder, como es mi caso. Pero una vez constituidos en esa responsabilidad deben de no

dejarse llevar por esa sensación de que hay que hacerse perdonar el ejercicio de la autoridad. En fin, que

gobernar no es pecado» (1-6-74) o «todo es negociable menos el orden público», esa frase con la que

respondió a los afanes reivindicativos de los obreros de la SEAT. Hoy, al repetirle las frases, cabecea en

señal de asentimiento y las confirma «sigo con ello, sigo con ello».

—Concretamente, yo le diría que soy bastante abierto, diría que muy abierto, más de lo que la experiencia

en esta casa puede dejar ver, en el terreno de las ideas, y bastante, digamos, restricto, en el terreno del

orden. Y lo mismo, soy .digamos más avanzado en el terreno de lo social que en el de lo político, influido

en esto último por mi propio pensamiento y también quizá por mi oficio.

Lo social quiere decir política social —«ahí es donde soy avanzado, mejor dicho, más avanzado que en lo

político, precisemos, que luego es un follón»— y no otras conquistas sociales, que el aborto, el divorcio y

todo eso le pilla «mas conservador», por supuesto. Y maneja sus más y sus menos relativos con infinita

cautela y una especie de resignado fatalismo ante las criticas. Se considera, en suma, hombre de centro,

«sin que esto sea hacer propaganda de UCD», y hombre fiel a Suárez ante todo, «evidentemente soy fiel a

Suárez, no sabría ser de otra forma, si no, no estaría aquí; el primer día de infidelidad yo dejaría de ser

ministro de Gobierno, eso téngalo seguro, y esto de la fidelidad no quiere decir acomodación a todo lo

que dice el presidente. No sé cómo discurren los despacho»;

"Soy bastante abierto, diría que muy abierto..., en el terreno de las ideas, y bastante restricto en el terreno

del orden."

particulares del resto de los ministros, pero yo le discuto mucho al presidente, ese es otro tema, pero le

soy absolutamente fiel, en mi oficio están muchas cosas en juego y no puede uno actuar alegremente,

fíjese lo gordo que podría suceder si el ministro del Interior no le fuera Fiel al presidente de Gobierno».

Con Suárez, junto a él, Martín Villa siente la satisfacción de haber protagonizado la reforma y con talante

voluntarista un poco a lo boy-scout de lo político, añade: «Yo soy partidario de un proceso de reforma

desde la legalidad y paso a paso y consolidando, es decir, es muy difícil que pese a los problemas que

tengo aquí pase un solo día sin que me invente una preocupación nueva, seguramente no se me ocurren

preocupaciones revolucionarias, pero todos los días se me ocurren cosas que he de cambiar y reformar en

el campo de la administración local, del orden público, del gobierno provincial. De alguna manera eso

puede ser lo que me defina personal y políticamente.»

En realidad, lo más sorprendente quizá de Martín Villa sea el hecho de que lo supera todo, que siendo

director general de Industrias Textiles sucedió lo de Matesa, y aunque era una empresa de maquinaria y

no textil, el asunto le pilló de cerca porque en aquel entonces también era consejero del Banco Industrial

de Crédito, implicado en el caso. Y, sin embargo, Matesa no le rozó, «en un suceso de este estilo lo mejor

es que no le cojan a uno en medio», como tampoco pareció desmerecer su carrera el hecho de que siendo

gobernador civil de Barcelona fusilaran a Txiki en sus bosques de Cerdanyola.

-Hombre, el fusilamiento de Txiki, porque sucedió en Barcelona, pero no tuvo que ver ni de lejos con el

gobernador civil... Aunque, eso sí, si llega a tener que ver, pues a lo mejor...

—Pero usted era el representante del Gobierno.

—Bueno, eso sí, claro, y además hubo un artículo de un compañero suyo catalán (no me acuerdo quién lo

escribió para un periódico portugués) que me impresionó mucho, decía algo así como que qué grave el

destino de esta familia, que si se llega a quedar en Extremadura (porque eran extremeños, como sabe) a lo

mejor hubiera resultado que sus hijos eran guardias civiles... Por eso, cuando se analiza desde un punto de

vista excesivamente elemental el tema del orden público en el País "Vasco quizá no se tiene en cuenta que

partimos de unos hechos que son enormemente complicados.

Y ha superado Martín Villa, imbatible, a los grapas y a la matanza de Atocha, y el caso Blanco, y

Pamplona, y Rentería. Y es capaz de dormir cada noche fácilmente; «esa es mi salvación, el día que por

alguna razón no duermo mis siete horas estoy hecho polvo». Y, sin embargo, el Ministerio del Interior es

vértice de muertes y de odios. Sobre uno de los ceniceros de la mesa —que él no usa, puesto que no

fuma— hay una bola de piedra, perfectamente esférica, casi del tamaño de una pelota de tenis. Sobre ella

se lee en rotulador verde: «Recogida en Bilbao»; es un proyectil lanzado a los guardias.

—Me la dieron hace una semana o asi y se quedó ahí.

-¿Y por qué la guarda usted? ¿como amuleto, como recordatorio?

—No, la guardo porque es impresionante, ¿no?, al menos a mí me impresiona mucho.

Y ahí está la bola, pasando de cenicero en cenicero para dejar lugar a las colillas de los visitantes;

souvenir siniestro del que quizá Martín Villa extraiga consecuencias didácticas v de apoyo a su sentido

del orden. Lo cierto es que Martín Villa puede catalizar odios por su cargo, aunque «le aseguro que mi

familia está de lo más lejano a este tipo de cosas y yo... con esto no quiero presumir de valiente, que a lo

mejor no lo soy, pero le aseguro que no tengo demasiada sensibilidad de riesgo, por no decir ninguna.

Claro que una cosa es que uno no sea muy sensible y otra que sea un insensato. Mire, una de las cosas por

las que yo me sentiría enormemente libre y que casi me hace desear mi cese es prescindir de toda esa

gente que me vigila, que son estupendos, pero quisiera recobrar la libertad. Antes era muy libre, incluso

en Barcelona, allí era bastante libre y salía con mi mujer y paseaba por las Ramblas. Pero llevo tres años

que no he salido solo más que en dos ocasiones que me he escapado».

—Y si deja el cargo y le quitan la protección, ¿no tendrá miedo?

—Dios proveerá y en todo caso supongo que mi sucesor me dará la protección que él crea oportuna, la

responsabilidad sería de él, no mía, como yo lo hago respecto a mis antecesores.

Por razones de seguridad y de trabajo ha dejado su piso en el paseo de La Habana y ahora vive aquí, en

Castellana, 5, en el mismo palacio del Ministerio, con su mujer y sus dos hijos, Gonzalo, de seis años, y

Rodolfo, de nueve. Sobre ¡a mesa hay una foto a todo color de la familia, los niños y Maripi, sonriente y

rubia. Fue ella la que le obligó a estudiar oposiciones: «Mi mujer se ha opuesto siempre a que yo haga

política, desde su posición de mujer, lógicamente, quería que tuviera algo seguro. De modo que llegamos

a un acuerdo: si yo sacaba oposiciones en Hacienda me dejaría seguir en la política, y eso hicimos, yo

saqué las oposiciones ya mayor, casado y todo. Desde cuenta de que ella es de Soria y yo de León; en

nuestras tierras lo bueno es tener una carrera, y si encima has sacado oposiciones, eso es ya lo mejor de lo

mejor».

—¿Y por qué dice usted desde la posición de la mujer?

—Sí, porque creo que la mujer tiene una misión muy importante, sobre lodo desde unas circunstancias

como las mías, y es que tiene que cuidar más la seguridad de la familia.

La conversación es relajada, la moqueta mullida, el despacho tiene un aire ejecutivo y distanciado, pero

en este momento suena un timbre de teléfono por algún recoveco subterráneo de la mesa (¿una línea

directa?) y Martín Villa descuelga y escucha con expresión neutra e impenetrable, en su voz no hay

ningún cambio: «Dime... sí... vaya por Dios... ya, ya, ya... y le han matado... vale, vale, vale... y era un

comerciante... parabellum... ya... sí... hasta luego.» Descuelga otro teléfono: «¿Está el presidente? Sí...

Dígale que han matado a un comerciante en Vitoria.., que no se sabe nada todavía, que puede no ser la

ETA... Aunque los indicios... Muy bien.» Cuelga y en su rostro se pinta una expresión preocupada, es un

poco esa cara algo tensa y solemne que se pone en los funerales.

—¿Por qué sigue usted aquí?

—Habría que analizar las sucesivas etapas del proceso político último. La primera, la de la ley para la

Reforma Política, era una etapa que había que concluir. Comprenda que desde la pretensión de una

imagen política a mí me hubiera sido rentable salir en aquel momento. De alguna manera la situación no

era tan criticada en el campo del orden público como lo es ahora; había habido algunos éxitos

espectaculares, que podían haber sido fracasos espectaculares, pero fueron éxitos; en aquellos momentos

los asesinatos de la ETA, aunque importantes, no estaban al nivel numérico de ahora; se había hecho la

reforma política, y es evidente que el ministro de la Gobernación, no por ser yo, sino por ser ministro de

la Gobernación, había sido una pieza fundamental en aquella tarea, de modo que marcharme el día 5 de

julio del 77 me hubiera venido enormemente bien, desde la rentabilidad y la buena imagen política.

Hombre, y yo tuve esa tentación, y se lo planteé en una ocasión al presidente. Y lo que pasa es que

comprendí que iniciábamos otra etapa que tenía que culminar en la Constitución y se entendía que a lo

mejor no era aconsejable hacer ensayos en este ministerio. Y siempre está uno en definitiva un poco

cogido con la etapa subsiguiente.

Y si, seguramente cree estar cumpliendo su deber, puesto que de otro modo su supervivencia sería

difícilmente posible. Aquí está ahora Martín Villa, tanqueta resistente, eficaz y fiel que no pretende

eclipsar brillos ajenos, que sus ambiciones han sido escalonadas y discretas, desde la beca sindical hasta

este sillón del Ministerio que es su triunfo, «desde el punto de vista político, si se puede hablar de

realización, me considero completamente realizado, es decir, que mis aspiraciones no van más allá.

Mientras le retratan («mi mujer dice que cuando me fotografían de frente salgo gordo». «Ah, ¿entonces le

preocupa lo que pensarán los demás?» «No, me preocupa lo que pensará mi mujer») y a instancia nuestra

telefonea a sus hijos para que vengan a hacerse fotos («¿Están presentables los niños?... Bueno, póngales

el pijama a los dos y que vengan. Y péinelos antes») y mientras se espera su llegada vuelve a sonar el

teléfono con el aviso de una nueva muerte en Pasajes. En ese momento entran los niños enfundados en

sus pijamas verdes, juguetones, desternillados de la risa, y mientras su padre sigue auricular en mano,

ellos corretean por el severo despacho con la tranquilidad de quienes están acostumbrados a pisar esta

habitación. Y tan sólo sus discretísimos susurros y sus risas en sordina —no hacen ni un ruido— revela

que saben bien las reglas del juego ministerial, en esa ingenua cotidianidad con la muerte.

En la pared, enmarcada y en sitio de honor, está una de las caricaturas que le ha hecho Peridis —Martín

Villa con porra y casco— y se dice que el ministro ha hecho colección de ellas y que dejó de recortarlas

justamente cuando Peridis empezó a meterle en un puchero; «no, no, qué va, si me hace mucha gracia»,

dice él; además, ya se sabe que falsear resultados es imposible con la ley electoral actual, y por otra parte,

«hasta, si se quiere, aquellas críticas del puchero son críticas positivas en este país». Por último, añade

que no se considera irreemplazable:

—Podría ofrecer dos o tres personas que me sustituirían con enormes ventajas para el Gobierno, para

UCD y el país. Y yo como ciudadano dormiría mucho más tranquilo con ellos que conmigo mismo.

Y ahí queda Martín Villa, encerrado en su despacho de teléfonos mortales, esa jaula de oro de la que dice

estar cansado, pero también satisfecho. Y es que Martín Villa no es el triunfador: es el esforzado

silencioso, y quizá su ídolo secreto sea ese pastorcito con doce hermanos y padres paralíticos que al dejar

las ovejas estudia oposiciones a banca a la luz de un mortecino candil y bajo un cromo coloreado del

Santísimo. Es la fábula del niño de la Operación Plus Ultra que se convierte en ministro.

 

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