ETApm: ¿fin de la tregua?     
 
 El País.    18/02/1982.  Páginas: 1. Párrafos: 5. 

ETApm: ¿fin de la tregua?

Los EXTENDIDOS rumores de que una fracción, tal vez mayoritaria, de ETA Político-militar se propone tomar de nuevo las armas, enterradas o almacenadas desde febrero de 1981, invierte las expectativas de los últimos meses acerca de un descenso del nivel de violencia en el País Vasco y en el resto de España. Si se recuerda que los responsables de esta banda terrorista se sintieron ofendidos ante la obvia afirmación de que el secuestro del doctor Iglesias significaba la ruptura de la tregua, hay serias razones para temer que la vuelta de los poli-milis a la senda del crimen pueda desembocar en una orgía de asesinatos y atentados dirigidos tanto contra las Fuerzas Armadas y los cuerpos de seguridad como contra la población civil. Baste con recordar, a este respecto, la matanza, en julio de 1979, en las estaciones de viajeros madrileñas y la campaña de bombas en la costa mediterránea durante el verano de 1980.

No hay razón alguna para tener que elegir entre la peste y el cólera o entre ETA Militar, ETA Político-militar y los comandos autónomos. Aunque las justificaciones ideológicas o los proyectos delirantes de quienes aprietan el gatillo o colocan la gomados sean diferentes en algunos matices, según sean las siglas bajo las que se amparan esos crímenes, la significación objetiva de las acciones terroristas y las consecuencias implicadas en su perpetración son prácticamente idénticas. En el caso de los poli-milis tal vez sea, sin embargo, especialmente aborrecible la arrogancia doctrinaria con la que explican sus asesinatos. Aunque siempre resulte absurda la tarea de buscar coherencia y racionalidad en los discursos de los terroristas que confunden una sociedad democrática y un país desarrollado con una dictadura bananera, ETApm bate todos los récords imaginables de incongruencia a la hora de tratar de enlazar sus análisis de la situación política general con unas conclusiones prácticas no incluidas en las premisas que supuestamente las justifican.

La tregua o el alto el fuego adoptado unilateralmente por los poli-milis después del golpe de Estado frustrado del 23 de febrero fue por su parte una confesión , no por implícita menos rotunda, de que el terrorismo de las diversas ramas de ETA no habían tenido otra función histórica que servir de fulminante y de coartada para el asalto al Palacio del Congreso. Pero incluso desde dos años antes, ETApm había aceptado, aunque fuera a regañadientes, a remolque de los acontecimientos y sin renunciar a la violencia terrorista, que las instituciones democráticas, el sistema constitucional y el estatuto de autonomía abrían caminos seguros y perspectivas ciertas para la pacificación del País Vasco y la reparación de errores o injusticias procedentes del pasado. La tregua, por lo demás, sirvió no sólo para ahorrar vidas humanas sino también para ayudar subsidiariamente a la creación de una nueva dinámica política en el País Vasco. Porque únicamente la desaparición de la violencia permitirá a la sociedad vasca asumir su propias responsabilidades ciudadanas y alcanzar, a través de cauces pacíficos y democráticos, la consolidación de las libertades y de las instituciones de autogobierno.

La decisión de ETApm de regresar al sendero del crimen, justo en vísperas del comienzo del juicio del 23 de febrero, les convierte en cómplices declarados de los golpistas y en simples acólitos o palafreneros de ETAm, cuya táctica apocalíptica de provocar con sus asesinatos y atentados el derrocamiento por la fuerza de la Monarquía parlamentaria tendrá desde ahora en los poli-milis unos fieles y miserables lacayos. Las limitaciones que la LOAPA o la política de transferencias gubernamental signifiquen para la autonomía vasca pueden suscitar muchas críticas y discrepancias pero en modo alguno justifican la violencia. Antes por el contrario, una escalada del terrorismo que enarbolara como bandera pirata de sus crímenes el rechazo de la LOAPA solo serviría para dificultar la discusión y la negociación políticas en torno a los contenidos del Estatuto, en tanto que el afianzamiento del sistema democrático llevaría siempre en su seno las garantías necesarias, a través de las vías electorales y de las combinaciones parlamentarías o de gobierno, para que las instituciones vascas alcanzaran o recuperaran, antes o después, los objetivos compatibles con el ordenamiento constitucional. Una nueva ofensiva de ETApm, además de transformarla en una marioneta de ETAm, cerraría, con el estrépito de las metralletas y la gomados, algunas puertas trabajosamente abiertas, en buena medida gracias al esfuerzo y a la inventiva política de Euskadiko Ezkerra, desde la aprobación del Estatuto de Guernica.

Los poli-milis retornan, así pues, al maniqueísmo de reducir la vida publica vasca, esto es, los conflictos y problemas de una sociedad compleja, industralizada y madura, al enfrentamiento —característico de países subdesarrollados sometidos a feroces dictaduras— entre una minoría violenta y los cuerpos de seguridad del Estado. En suma, a la criminal utilización del mecanismo, tan elemental como el funcionamiento de un chupete, de la espiral acción-represión-acción, abocada, en el caso español, a servir de pretexto para una nueva intentona golpista. La lógica infernal de las vanguardias violentas, tan certeramente criticada por Pertur en unas patéticas cartas inmediatamente anteriores a su asesinato, se ha impuesto en ETApm, como antes en ETAm, a cualquier otra consideración. La utilización de la retórica y de la fraseología marxiana o tercermundista apenas puede ocultar la desnuda realidad de unos dirigentes que no se resignan a perder su privilegiada condición de héroes de la historia, aunque la sangre y el cieno les cubra de la cabeza a los pies, y se resisten a incorporarse a las tareas y a los esfuerzos de quienes trabajan y viven en una sociedad democrática. Estos fanáticos no dudan en proclamar en sus documentos la importancia de la retaguardia exterior, eufemismo para designar a esos líderes que viven en el sur de Francia, que necesitan autojustificar ideológicamente su confortable exilio y que compensan su atroz mala conciencia respecto a los presos a quienes embarcaron en sangrientas aventuras con campañas en favor de una amnistía tanto más lejana cuanto más tarde en desaparecer la violencia. No parece demasiado aventurado predecir que los poli-milis, lanzados a la polarización de posiciones que la dinámica de la violencia comporta, terminarán, como los bereziak de Apala, cuyas responsabilidades en la muerte de Penar nunca han sido dilucidadas, en la misma cuadrilla que sus actuales rivales de ETAm.

 

< Volver