Autor: Bandrés Molet, Juan María. 
   Un juramento innecesario     
 
 El País.    04/03/1982.  Páginas: 1. Párrafos: 22. 

Un juramento innecesario

JUAN MARÍA BANDRES

El reglamento del Congreso de los Diputados, vigente hasta el próximo día 9 de marzo, no prescribía juramento alguno que debieran prestar los representantes de la soberanía popular. Tampoco lo hace la Constitución, aunque determina que las Cámaras establecen sus propios reglamentos.

El artículo 4° del nuevo reglamento, refiriéndose a la sesión constitutiva del Congreso, señala que "el presidente electo prestará y solicitará de los demás diputados el juramento o promesa de acatar la Constitución".

Hasta aquí, nada que objetar. El precedente histórico es constante. En la sesión -constituyente o en la primera a la que acude el diputado —que se supone que conocía el reglamento cuando se presentó a la elección— jura determinados acatamientos más o menos coyunturales en el curso de la historia.

Desde 1810 se juraba defender la santa religión católica apostólica romana, sin admitir otra alguna en estos reinos. Se juraba conservar la integridad de la nación española y no omitir medio para libertarla de sus injustos opresores. Se juraba conservar a nuestro amado soberano don Fernando VII todos sus dominios y hacer cuantos esfuerzos fueran necesarios para sacarle del cautiverio y colocarle en el trono. Se juraba guardar las leyes sin perjuicio de alterar, moderar y variar aquellas que exigieren el bien de la nación. Se juraba, finalmente, guardar secreto en todos aquellos casos en que las Cortes mandasen observarlo.

En 1813 se precisó que los diputados, "hincándose de rodillas al lado derecho del presidente, que estará sentado, y poniendo la mano sobre el libro de los Evangelios, dirán: "Sí, juro". Eran tiempos en que a las mujeres les estaba prohibido el acceso a las sesiones y los diputados debían vestir traje de ceremonia.

Según el nuevo reglamento del Congreso, los diputados habrán de prestar juramento o promesa de acatamiento a la Constitución. El acto tendrá lugar el próximo martes, y ante este nuevo precepto, el autor, diputado de Euskadiko Ezkerra, expone sus puntos de vista. Recuerda la serie de fórmulas que con motivo de sesiones constituyentes se emplearon en las Cortes española a lo largo de la historia y matiza, por su parte, que "acatar no es lo mismo que asumir".

En 1834 se juraba fidelidad, sumisión y obediencia al rey, guardar y cumplir las leyes de la Monarquía y haberse fiel y lealmente en el grave encargo que se iba a desempeñar. Desde 1838 se jura, siempre hincándose de rodillas, guardar la Constitución y fidelidad y obediencia a la reina legítima de las Españas y a quienes legítimamente le sucedieren. En 1847 se introduce Una novedad. Se puede jurar o prometer. Los que pusieren la mano sobre los Evangelios y se hincaren de rodillas dirán: "Sí, juro". Los que permanecieren en pie con la mano puesta en el pecho (en el suyo, supongo) dirán: "Sí, prometo por mi honor".

Durante la República, la liturgia se simplifica. "¿Prometéis cumplir con lealtad el mandato que la nación os ha conferido?" es la fórmula que lee uno de los secretarios. Los diputados se acercarán al presidente (ya dejamos las rodillas tranquilas) y prometerán, dice escuetamente el artículo 25 del reglamento de 29 de noviembre de 1934.

Durante las Cortes franquistas se juraba, como casi todos sabemos (algunos por haberlo hecho con reiteración digna de mejor causa), lealtad a los principios del Movimiento Nacional y a las leyes fundamentales del Estado.

Hasta aquí, insisto, nada que objetar. Pero la derecha berroqueña de Fraga ha introducido, y muchos —la mayoría— han aprobado, que "los diputados que lo fueren a la entrada en vigor del presente reglamento

cumplirán el requisito previsto en el artículo 20,1,3a, en la primera sesión plenaria a la que asistan" (se trata de que el diputado electo no adquiera la condición plena de diputado si no presta la promesa o juramento de acatar la Constitución).

Se ha introducido así Una disposición transitoria de discutible constitucionalidad, ya que en las pasadas elecciones de marzo dé 1979 nadie preveía esta obligación legal.

Fraga y sus cómplices han querido poner una zancadilla a unos y a otros. Es uno más de los síntomas de la derechización del sistema. Pero se han equivocado. Cada uno va a ser consecuente con sus profundas convicciones y con sus propios actos.

Los que no han venido al Congreso, probablemente van a seguir no viniendo y les importará un pito la disposición transitoria cuarta de un reglamento que nunca han utilizado y qué a lo mejor ni han leído.

Los que hemos vertido, vamos a seguir viniendo y sin ningún desgarramiento ideológico vamos a prometer (espero de don Landelino que sin hincarnos de hinojos y sin ni siquiera poner la mano en el pecho) acatar lo que ya estábamos acatando.

Por lo que a mí respecta, Euskadiko Ezkerra y yo tenemos las ideas claras. Acatar no es lo mismo que asumir.

Nosotros rechazamos la Constitución por razones de sobra conocidas que nos impedían su aceptación global: desconocimiento del derecho de autodeter-

minación, insuficiencia del título-VIII de las autonomías, sacralización de la economía de mercado, institución de un estado de excepción permanente e individualizado para determinadas personas o grupos, etcétera.

Nosotros sabíamos entonces, y no ignoramos ahora, que la Constitución es la regla de juego que en todo país y en todo tiempo impone la clase dominante a la clase dominada. Nosotros no desconocemos la situación social, la correlación de fuerzas y la presencia de oscuros poderes fácticos (todos nos entendemos) que presidieron los consensos constitucionales.

Nosotros, entonces y ahora, apreciamos lo mucho de positivo que contiene la Constitución y seguimos rechazando lo que, ha hecho que la Constitución no sea la carta magna que hubieran preferido los trabajadores de los distintos pueblos del Estado.

Pero nosotros aceptamos —hemos aceptado expresa y formalmente desde marzo de 1979— las reglas de juego, porque apreciamos la democracia como un valor en sí mismo, porque tenemos la seguridad de que con otra correlación de fuerzas esta Constitución variará y porque tenemos fe en la fuerza imparable del pueblo.

Por eso, resueltamente, sin ninguna duda, sin reservas mentales, porque acatar no es asumir, el próximo día 9, con el diputado de Euskadiko Ezkerra, prometerá acatamiento a la Constitución todo el partido, en la seguridad de que al "jurar la Constitución" se jura también su título X, que regula su propia reforma. Creo que hoy cabe decir: la Constitución no es permanente ni inalterable. ¡Viva, pues, la Constitución!

 

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