Autor: Saralegui, Francisco José de. 
   Jaungoikoa eta lege Zarra  :   
 Dios y Leyes viejas. 
 ABC.     Páginas: 1. Párrafos: 29. 

COLABORACIONES «JAUNGOIKOA ETA LEGE ZARRA»

(DIOS Y LEYES VIEJAS)

LA geografía y la historia son como el cuerpo y el alma de los pueblos; su

influencia recíproca es inextinguible y patente.

No se pueden mover los grandes ríos, camino y matriz de tantas civilizaciones.

Ni los desfiladeros, sciar de batallas. La magnificencia de las cordilleras —

frontera natural— cien veces se na convertido en frontera política. Y hoy, a

pesar de la técnica, del trabajo de los hombres y de Luis XTV sigue habiendo

Pirineos.

Esa silenciosa lección de la geografía tiene —a mi juicio— cierto paralelo en la

historia. En el devenir de cada sociedad hay ríos fecundos y transitables, y

desfiladeros que evocan las armas y montañas que no suelen moverse —sólo— con

late.

Así en el País Vasconavarro. En aquellas tierras tan antiguas, nunca fáciles de

gobernar, hoy expectantes, la prudencia política aconseja apoyarse en la

tradición, orientarse en la historia.

SÁNCHEZ ALBORNOZ

Escribo esto después de haber leído «Vascos y Navarros en su Primera Historia»,

de don´ Claudio Sánchez Albornoz, publicado por Ediciones del Centro en 1974.

También después de sufrir las peticiones de régimen especial —innumerables y, a

mi juicio, desmesuradas— que brotan de todos los rincones de España.

Cuenta el autor, en 415 páginas, la dura vida de las tierras del Norte en los

siglos VIH, IX y X, hace mil años. Ya entonces el genio de Roma había construido

ciudades y caminos, cultura e idioma. La calzada de Zaragoza a Galicia seguía el

Valle del Ebro, y luego Nájera, Briviesca, León y Astorga hasta la antigua

Brigan-tiuin.

Otra, de Briviesca a Burdeos, subía por Pancorbo hasta cerca de Vitoria y luego

—por Araquil, Pamplona y el hueco de Roncesvalles— hasta las Galias. Al norte

quedaron las Asturias, la Montaña, las Vascongadas, Navarra y el Aragón de Jaca

y San Juan de la Peña.

La idea directriz de Sánchez Albornoz es que esas regiones del Norte, por

dificultades geográficas y resistencia de sus naturales (también porque no eran

ricas ni estratégicas) fueron romanizadas con macha menos intensidad que la

Tarraconense o 1» Bética —costas del Mare Nostrum— y qae las llanadas del

Centro, cerealistas y de fácil acceso a las legiones. El mismo proceso se

repitió, al ceder el Imperio a la monarquía hispano gótica. Casi tres siglos de

áspero resistir.

Pero la sólida construcción de Roma, deteriorada en las invasiones visigóticas,

se vino abajo con la conquista mahometana, a partir del 711. La guerra relámpago

de los árabes, golpeando una estructura agrietada, destrozó las Españas en una

década. En 718 habían caído Tudela y Pamplona. Los invasores siguieron —hacia

Vrauria— por Roncesvalles. Hasta que la rot.i de Poitiers (732) cerró para

siempre al Islam los caminos de Europa.

ACCIÓN Y REACCIÓN

Fue por esas fechas, al parecer, cuando comenzó la reacción expansiva de la

España antigua del Norte, hasta entonces presionada por todos. Aquellos núcleos

fuertes, los menos romanos del país, con hábitos y estructuras militares, ante

un entorno que se debilita inician a su vez el ataque.

Las Asturias descienden hacia León, Falencia y Valladolkl. Las tierras

vascongadas —no invadidas por encima de Ordu-ña— siguen a la Monarquía de

Oviedo. Y en la llanada, de Álava, en Treviño, entre Pancorbo y Briviesca, el

empuje vasco y montañés empieza a cuajar la Castilla histórica; entonces «harto

pequeño rincón», nueva frontera de las Españas.

Mientras, Navarra vacila. Del 800 al 900 está dividida entre la Monarquía de

Pamplona —los Arista— y sus parientes los Banu-Muza, católicos convertidos a

Maho-ma, que dominan el Valle del Ebro desde Tudela, Borja y Tarazona. Pactando

entre sí. Aristas y Muzas, se defienden de los dos poderes de la época: Córdoba

y el Aquisgrán.

Sólo a partir de 905, Navarra se alia a Asturias y León contra los musulmanes y

contribuye al nacimiento de Castilla y al contraataque feroz de la reconquista,

que en 1085 llega a Toledo.

Las Vascongadas forman parte esencial de la Castilla de Fernán González. Sólo un

siglo (a partir de Sancho Mayor, en 1029) Vizcaya, Álava y Guipúzcoa se integran

en la Monarquía navarra. Pero desde fines del XII basta hoy, las ´tierras

vascongadas han sido, ininterrumpidamente, Corona de Castilla.

LA CUÑA VASCO – CASTELLANA

Es, pues, la España menos romanizada, autocrítica, rural y militar, la que se

abre hacia el Sur como las varillas de un abanico. La cuña de que habla Menéndez

Pidal, penetra en la Meseta, atraviesa el sistema Central, invade Levante y

Andalucía y divide la Península dejando a Este 3 Oeste las dos regiones más

romanas de las Españas: Cataluña y Lusitania, hermosos nombres.

Todavía hoy estas dos regiones creo que son —para el resto de la Península—

diferentes. Sin embargo, en vascos y navarros, montañeses y astures; en su

tradición y su folklore; cr su talante igualitario, militar y un poco soberbio,

reconocen todos los españoles (y aun los americanos nuestros) su más antigua

raíz, la fuente vigorosa de su origen, el arquetipo —para bien y para mal— de lo

hispánico.

DIOS Y LEYES VIEJAS

«Jaungoikoa eta lege Zarra». Grito vasco-navarro tradicional, difícilmente podrá

ser —creo— emblema de separatismo.

Pues les vieja es, para vascos y navarros, la de integrarse en grandes unidades

políticas, por pacto. Reservando su propia personalidad, pero participando

siempre, con gallardía, en las grandes empresas de las Españas. Apelo a la

Historia.

VASCONGADAS

Las Vascongadas —dice Sánchez Albornoz— «desde el siglo XII al XIX no han alzado

una sola pretensión secesionista; y se han sentido muchas veces sacudidas por un

entusiasta fervor español».

Pero la historia es terriblemente humana. Durante esos setecientos años, las

grandes tareas colectivas (Reconquista, América, el Turco, Fiandes, la

Independencia) atraen a los vascongados al destino común. Luego llega la

decadencia nacional, y las guerras carlistas, que significan un largo

enfrentamiento con Madrid, después el 98 y el primer difícil tercio del siglo.

Entonces comienzan los problemas: no hay una tarea común, una ilusión histórica

que valga ila pena; separatistas y separadores tienen el campo libre.

Por otra parte, esas décadas, malas en conjunto para el país, son buenas —en lo

económico— para Guipúzcoa y Vizcaya y coinciden con los astilleros, las minas,

los bancos, los ferrocarriles y los hornos; con el crecimiento de la industria,

la población y la riqueza en las tierras vascas de la frontera y la costa.

NAVARRA

Navarra es diferente. Abierta al Valle del Ebro, camino de Francia, Reino hasta

1515, sabe desde siempre que las purezas raciales empobrecen la sangre y las

ideológicas el espíritu.

Ha sabido pactar a tiempo; y en las contiendas civiles de España ha tenido el

talento —o la fortuna— de estar con el vencedor. Salvo en las guerras carlistas,

en que apoyó al vencida; y del abrazo de Vergara salió el sistema foral —

pacciona-do— que todavía conserva.

Separada de los valles vascongados por Andía, Urbasa y Aralar —la geografía— ha

sido distinta también por la historia; y por la diferencia económica y social.

Hasta los años 60; en que Navarra —como Álava— se urbaniza e industrializa con

rapidez; y el áspero recuerdo de 1936-37 se diluye.

LA VERDADERA CUESTIÓN

En estos años nuestros todos los grandes asuntos son mundiales: la inflación, el

terrorismo, la droga, las multinacionales, la rebeldía universitaria, la

polución de las aguas y del aire, las armas atómicas, el tercer mundo, el

marxismo y la subversión.

Estos problemas universales, ¿cómo combatirlos con Estados nacionales, snbdimen-

sionados, pequeños y obsoletos?

En Europa occidental las más ilustres naciones de la tierra, construidas en los

siglos XVI y XVII, han revelado su insuficiencia. Y es una vergüenza histórica —

y un peligro grave— que en las cuestiones más vitales, desde lo económico y lo

militar a lo cultural e ideológico, dependamos de U. S. A. y de la U. R. S. S.

Esa desilusión colectiva, el sentirse no actores, sino espectadores en el drama

de la historia, es caldo de cultivo de todos los separatismos europeos.

La verdadera tradición —la «lege zarra»— sería, ahora, integrar a España en

Europa, con respeta a la personalidad nacional. Eso trata de hacer Areilza,

vasco universal. Y antes Castiella. también vasco.

Quizá incluso, ese empuje desde el Sur •—desde el país menos europeizado— podría

ser una nueva cuña que precipitase las vacilaciones de los que son —aún— Estados

Desunidos de Europa.

Entonces sí, las regiones históricas serían viables: en una Europa Federal. Hoy,

en el estrecho ámbito de las naciones, excesivas autonomías locales sólo

servirían para solidificar privilegios, alentar rencores, eternizar

desigualdades.

Francisco José DE SARALEGUI

 

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