La pequeña historia. 
 El alzamiento visto desde el gobierno de Madrid  :   
 Sustos, vacilaciones, crisis y desenfreno del populacho. 
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LA PEQUEÑA HISTORIA

EL ALZAMIENTO VISTO DESDE EL GOBIERNO DE MADRID

Sustos, vacilaciones, crisis y desenfreno del populacho

NO PASA NADA

EL 18 de julio de 1936 era sábado. A las ocho y media de la mañana, el Gobierno

republicano que presidía Casares Quíroga, por medio de una nota difundida por la

radio, trataba de calmar la inquietud de los ma dril eños envueltos en un torba-

llino de rumores alarmantes y noticias de graves sucesos de Marruecos. La nota

comenzaba así: "Se ha frustrado un nuevo intento criminal contra la R

epúb1ica." Una parte del Ejército ¿e Marruecos se ha sublevado; se trataba "de

un movimiento in s e n sato y vergonzoso", sin trascendencia. Y si bien se a í 1

r maba que el Gobierno dominaba la situación, unas líneas después se decía "que

no tardarían muchas horas en dar cuenta al pais de estar dominada la situación".

A las dos de la tarde, otra nota del Gobierno insistía en que los sublevados

componían "una fracción del Ejército de Marruecos". En toda la Penüir sula

"reinaba absoluta tranquilidad". La acción del Gobierno—añadía—¡"será suficiente

para restablecer la normalidad". Se recomendaba al pueblo que desconfiara de las

noticias emitidas por la radio de Ceuta, "en poder de elementos facciosos" y que

"simula ser la radio de Sevilla".

A ías siete de la tarde, nueva nota oficiosa: "Continúan todas las provincias

españolas en absoluta obediencia al -Gobierno." Únicamente en Sevilla "el

general Queipo de Llano ha declarado de manera facciosa el estado de gusrra",

pero "las autoridades legítimas tisnen a raya a los sediciosos". No hay peligro.

El Gobierno reciba adhesiones de todas las guarniciones. "La Pasionaria" ante

los micrófonos, con oratoria frenética, ofrecía al Gobierno el apoyo del partido

comunista. La Unión General de Trabajadores ordena´ca la huelga general en

cuantas ciudades se produjera la sublevación. Los socialistas pedían armas. La

impresión en conjunto era de que las cosas no pasarían a más. porque el Gobierno

contaba con elementos sobrados para yugular el "intento", calificado con

insistencia de insensato.

UNA FALSA ALARMA

Era presidente de la República Manuel Azaña, y su cuñado, Cipriano Rivas Cherif,

memorialista y grafómano como aquél, refiere algunas anécdotas muy descriptivas

de las zozobras y miedos del presidente y de los ministros, a pesar de que e!

Gobierno dominaba con indiscutible autoridad.

"En las primeras horas de la sublevación, Casares Quiroga," aturdido, le

anunciaba a Azaña que el regimiento de Artillería de Carabanehel se dirigía

hacia Madrid y que nada quedaca que hacer sino ponerse a salvo. para lo cual

había reunido a su Cuarto Militar y aceptando la Invitación de Sai avia

(entonces su secretario particular), se disponía a refugiarse en casa de un

amigo de éste. Despidióse Azaña de ´los ayudantes, a quienes con el general

Masquelet a la cabeza encomendaba la última defensa de Palacio con estas

palabras no ´más:

—Y ahora, señores, ¡hasta la cuarta República !

Con el coche ya dispuesto, recibió la noticia de que Casares se habla equivocado

y que todo era una falsa alarma."

EL ARMAMENTO DEL PUEBLO

Periódicos y tribunos pedían sin más dilaciones el armamento del pueblo, a lo

cual se negaba el Jefe del Oobierno, Casares Quircga, por entender "que contaba

con fuerzas suficientes para aplastar a los sublevados" y por miedo a pansr en

grave peligro al rágimsn. Julián Zugazagoitia, director de "El Socialista", en

su "Historia de la guerra en España", refiere así las torturas y vicisitudes de

Casares Quiroga: "Impotente para dominar la situación, derrotado en todas sus

esperanzas y coaiflan-zas, continuaba resistiéndose a autorizar la entrega de

arrnas al pueblo. Se mantenía en esa negativa contra el consejo de tres

colaboradores y contra el mandato urgente de la necesidad. Posiblemente se

trataba de un acuerdo irreflexivo con el que pensaba imponer su voluntad... La

resistencia había trascendido y su nombre provocaba estallidos de cólera. 8u

impopularidad se agigantaba entre sus propios correligionarios.

Para los que buscaban ser justos con él, era un frivolo que haa disl.rulado con

bromas y chanzas la debilidad de su carácter, merecedor en un Estado de

exigencias elementales de un castigo ejemplar... Casares Quiroga pasó por unas

crisis rayanas en la pérdida de juicio. Sus reacciones ante las noticias de

nuevas adversidades estaban tan faltas de serenidad como sobradas de violencia.

La persona que me proporcionaba los informes de lo que sucedía en el Palacio de

Buenavista estaba atribulada.

-—Aquel Ministerio—me decía—es una casa de locos y el más furioso de todos es el

ministro. No duerme, no come. Grita y vociísra como un poseído. Su aspecto da

miedo y no me sorprenderla que en uno de los muchos accesos de furor se cayese

muerto con el rostro crispado por una última rabia no manifestada. No quiere oir

nada en relación con el armamento del pueblo y ha dicho en los términos más

enérgicos que quien se propase a armarlo

Por JOAQUÍN ARRARAS

por su cuenta será fusilado. La Impresión de conjunto no puede ser más

desalentadora."

Pero tal desaliento no se transparenta en las notas oficiosas, eufóricas,

escritas «n tono victorioso: "El pueblo de Madrid debe estar completamente

tranquilo, porque no ha ocurrido ci ocurre el menor incidente y tedas las

fuerzas as la Guardia Civil >y de Asalto tienen tomados todos los puntos

estratégicos de la capital, Los sediciosos están derrotados. Lema: serenidad,

serenidad, serenidad. Los soldados abandonan a sus oficiales traidores. ¡Viva la

República!"

CASARES QUIROGA DEJA EL PODER

El forcejeo a propósito de las armas continúa recio y enconado entre los

partidos republicanos y el jefe del Gobierno. Aquéllos las exigen con urgencia,

éste se aferra´ a su negativa. "El armamento del pueblo es la coronación de la

técnica del contragolpe da Estado", dice el diario "Política", crganb del jefe

socialista Largo Caballero. ´´Pedimos el armamento Inmediato para organizar la

ofensiva", reclama la´Federación Nacional de Juventudes Marxistas. secundada por

el Partido comunista y la Unión General de Trabajadores.

´´A Casares Quiroga—afirma Zugazasoitia—, que no podía prolongar por más tiempo

la figuración de la autoridad, se le escapó el Poder de entré las manos, en uno

de sus frecuentes desvanecimientos, producto, más que de dolencias físicas, de

pesadumbres morales... Las últimas horas de gobernante de Casares Quiroga fueron

para cuantos las vivieron con él o en su proximidad de una angustia indecible.

El espectáculo de aquella voluntad vencida y de aquella conciencia de

extenuadora agonía no dejaba de imponerse con su fuerza dramática... Agotada su

capacidad de reacción ante la adversidad, que no se fatigaba en asaltarle,

Casares Quiroga se de-cl3.ro vencido con palabras, dejándose hundir ´en un

derrumbamiento de todas sus ya débiles potencias físicas y anímicas. A las

reacciones ´furiosas ´había de suceder, fatalmente, un colapso sin remedio."

HUIDA DE MARTÍNEZ BARRIO

Cayó Casares Quiroga, se le encomendó la formacion del Gobierno a Martínez

Barrio. Su intento contemporizador fracasó en seguida, y fue recibido con

manifiesta hostilidad. "Me dejó .solo, dice Azaña. Cuando ´Vio que fracasaba el

Gobierno fantasma que él pretendía formar, echó i correr y no paró

hasta´Valencia." A Martínez Barrio le sucedió Giral, el cual constituyó´

Gobierno. Sus primeros actos fueron la liberación de los presos no sólo

políticos, sino también detenidos por ¡delitos comunes: y autorizar al Parque de

Artillería la entrega de armas al pueblo, entendiéndose por tal la patulea de

bribones y desalmados ´que sólo esperaban hallarse en posesión de un fusil para

cometer con mayor osadía- e impunidad sus fechorías. César Faltón describe la

escena: "José Díaz, diputado comunista, "en lo alto de un camión reparte fusiles

a los comunistas. ¡Qué expresión tan serena la de su rostro! Ni un gesto, ni un

ademán. Con la serenidad sonriente de quien engrana en ese momento los profundos

períodos de la historia, va entregando una a una las armas del pueblo a los más

decididos combatientes populares."

MADRID, EN PODER DE LAS HORDAS

LA sublevación de la guarnición de Madrid había sido aplastada a costa de can-

tenares de muertos y heridos. Especial* mente el Cuartel de la Montaña y la

defensa de los cantones de Carabanchel, Getafe y Leganés había supuesto enormes

sacrificios. Desaparecido este peligro, armado el populacho y dueño de la calle,

Madrid penetró en la espantosa noctoe de un delirio criminal. La hacienda y la

vida del vecindario estaban a merced de las bandas de sicarios que se

organizaron para repartirse las expoliaciones y asesinatos, con plena libertad

en sus excesos.

"Azaña, refiere su cuñado, estaba impresiona dlsimo por los "paseos" que el

Gobierno presidido por Giral era impotente para reprimir. Cundía la indisciplina

y el querer cada cual hacer su guerra1 particular, autonómica o de partido.

Entre Giral y Largo Caballero se produjo en el Ministerio de la Guerra un

vivísimo altercado. Largo Caballero, a quien se llamaba entonces el Leaín

español, abogaba por la supresión del Ejército, sustituyéndolo por miliciaj.

revolucionarias. El presidente de la Rapú.´lica y con él los republicanos y

mucha parte de los socialistas de Ja llamada "tendencia Prieto" opinaban que

h.bía que defender la integridad de la Constitución republicana. No parecía

tolerable que nadie aprovechara en beneficio de su partido la debilidad del

´Estado. El asalto al Estado por parte ds los Gobiernos de la Generalidad y

vasco, con evidente abuso transgresor de su Estatuto aquél y de la implantación,

incluso de su ley autonómica el de Euzkadi, dado el momento elegido para

obtenerlo, era uno de los motivos más razonables para el desengaño. "Lo más

repugnante de cuanto vengo pasando —decía Azaña—desde que soy presidente,

incluyendo el hecho de la rsielión militar, ss el asalto al Estado por parte de

´estas gentes de la. Generalidad y de Bilbao, aprovechándose >de la guerra

misma."

SOLUCIONES CATASTRÓFICAS

"Incapacitado—continúa el memorialista—el ministra Giral para gobernar en tales

condiciones, fuimos muchos los que nos adelantamos a los pareceres obligadamente

expuestos por los consultados al abrirse la crisis. Nc había sino encargar el

Poder a Largo Caballero. Si resultaba, en efecto, que Largo Caballero era el

Lenín español, no podríamos desear cosa mejor as la guerra sino que alumbrase un

hombre ús talla semejante, cualquiera que fuese su Ideal político. Si fracasaba,

porque Quedaba deshecho el encanto taumatúrgico de la esperanza mítica cifrada

en el nombre del secretario asi Partido Socialista."

"No puedo acompañarte en esas alegrías fáciles, replicó Azaña. Fracasará y con

él íracasareimos todos y se perderá la guerra. Las soluciones catastróficas no

son talas soluciones. No resuelven nada..."

Largo Caballero seria presidente del Gobierno y lo serían Prieto y Negrín.

Soluciones catastroficas todas ellas. Y, en efecto, perderían la guerra.

MADRID, EN PODER DE MONSTRUOS

iPero el desenfreno del populacho no habla quien lo contuviese • o impidiera.

Las tandas armadas continuaban sus pesquisas y rapiñas, se Instalaban en los

hogares "de los enemigos de la República", incendiaban templos, se incautaban de

conventos, palacios, casinos, fábricas, sociedades. Quien trataba de oponerse a

su frenesí era eliminado. Montaron sus tribunales populares, fusilaban sin

contemplación, rotaban a mansalva.

Nadie prestaba atención a las notas de la Dirección General de Seguridad y del

Ministerio de la Gobernación prohíbiendo a los milicianos "los servicios de

vigilancia nocturna, los registros domiciliarios y las detenciones de personas".

Incluso se autorizó a los .vecinos para oponerse, a tales registros, requiriendo

el auxilio de la autoridad. La noche que sé publicó tal nota ´hubo una verdadera

mortandad en las calles y en los aire-dadores de Madrid.

´El Gobierno se consideraba impotente para contener aquelh orgía de sangre que

él mismo había desatado, y no sabiendo a qué medios apelar para evitarla,

resolvió qu3 el ministro de la Gobernación, general Pozas, requiriese a "La

Pasionaria", verbo del comunismo y la máxima autoridad sobre los asesinos, a fin

de que los llamase a capítulo, pidiéndoles que frenasen sus criminales

arrebatos.

Desde los micrófonos, "La Pasionaria", que en el fondo celebraría aguedlas

saturnales revolucionarias, les reconvino con las sig-uientes palabras: "¡Pueblo

de Madrid! Que nuestra victoria no sea malograda. Sois los djgnos descendientes

de los heroicos luchadores del Dos de Mayo! Todos, todos habéis cumplido como

buenos. Ahora «s necesario sa-c-er administrar la victoria: que .vuestra

disciplina y vuestra vigilancia sean tan grandes como vuestro ´heroísmo.

Comprendemos vuestra indignación, pero no os dejéis arrastrar por el camino de

la destrucción, del robo vergonzoso, del incendio a que os quieran llevar...

Nosotros, comunistas, de cuya conciencia revolucionaria nadie puede dudar, os

decimos que frente al caos a la que intentan llevarnos nuestros enemigos, es

preciso crear el orden de la República, de la democracia, del pueblo. Destruid y

denunciad a los provocadores o quienes detrás de una fraseología revolucionaria

actúan para favorecer los planes de nuestros enemigos. ¡Disciplina, serenidad,

vigilancia para impedir k provocación!"

Apelaciones inútiles. Madrid había caído en poder de los monstruos, y únicamsnta

sería rescatado para la civilización y la dignidad humana por el Ejército

Nacional.

J. A.

 

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