Autor: Ayerra, Ramón. 
   Sobre ciertos vascos que no aprietan el gatillo     
 
 Diario 16.    19/05/1982.  Páginas: 1. Párrafos: 15. 

RAMÓN ATERRA, EL TAMBOR

Sobre ciertos vascos que no aprietan el gatillo (*)

Para el autor, hay tres clases de vascos, según su ideología y forma de aceptar, respaldar o responder al terrorismo etarra. El lector puede ver a cuál de ellos pertenece cada uno de los que habitualmente ocupan los medios de comunicación.

Si las cosas de esta tierra, de este valle de lágrimas, como de manera tan hermosa pero siniestra la denomina el cristianismo, con su obsesión por las negruras, los envejecimientos prematuros y el fornicar poco, ordenada y familiarmente, si las cosas de esta vida, digo, pudieran aglutinarse de forma simple, sin más quebraderos de cabeza, yo aventuraría que son tres las especies de vascos, y de cara a su actitud para con el terrorismo, o sea, para con el desguace de semejantes a la sombra de banderas imposibles, que con relación a otros fenómenos -el vino, el amor, los asuetos, las carreras de grillos, la devoción a María o la afición al ciclismo el abanico de posibilidades se ensancha o se cierra obedeciendo a específicos y muy dispares criterios.

De una parte, y para quitarnos el cuidado, podíamos colocar a los vascos que matan, a esos reclutas flamantes y jovencillos no se hizo el terrorismo para el «carroza». Este busca entretenimientos menos violentos- de una nueva Patria en llamas.

Los asesinos

Es este un ganado tan facilón, que las desarticulaciones de comandos con que el Ministerio del Interior pretende asombrar a los ciudadanos parecen el remedo de aquellas desarticulaciones clamorosas de células comunistas con las que el triunfalismo de la dictadura festejaba a sus incondicionales cuando no tenía mejor forraje que echarles al corral.

Y es ganado facilón porque la cantera hay que situarla en sucesivas generaciones de penenes trágicos, de mozalbetes con el natural amor por la aventura y por unos ideales, que lo que para usted puede ser un mero asesino, un tipo de derecho común, un salvaje al que encerrar de por vida, invalidándole para cualquier suerte de trato, visto desde otro ángulo, el suyo, es un guerrero que combate y se juega el pellejo en una nobilísima empresa patriótica.

Con este hato de luchadores, sirviendo unos mitos y unas banderas, no cabe conversación, sería como tratar de convertir a una secta, la luterana, por ejemplo, a un rebaño de burros, con lo que por mucho que el valiente misionero se empeñase en desmenuzar los intríngulis de la Reforma, la panda de asnos miraría al reverendo con una indiferencia insultante.

Sólo cabe con estos vascos convivir amargamente, y aunque haya sangre por medio, y hasta el día en que, por pudrirse el asunto, por civilizarse los franceses,

por aburrimiento o por cambio de modas y de gustos, e! vacío engulla a esa macabra población y se desvanezca.

Los mejores

Una segunda clase de vascos sería la que abierta y sinceramente muestra su repugnancia ante las maniobras de los anteriores, o por-un «delicado)) españolismo, más cerca de cierto almacén de papel que de un instructivo librito que se llama Constitución, o por cordura, que es condición pareja a la del sentido común, del que se dice que es el menos común de los sentidos. Vascos éstos que merecen la más profunda consideración del personal que no requiere bozal para salir a la calle, del personal con sensatez y con algo distinto al serrín dentro de la mollera. Vascos de la mayor estima, gente honesta y de bien.

Y para furgón de cola, dejaríamos a un tercer y último grupo de vascos que merecen la atención de sociólogos finos, de zoólogos, de expertos en dobleces, vainicas, festones y felonías, vamos, algo así como un especialista en la historia del III Reich.

Los peores

Queremos hablar de los vascos que saben, que están al cabo de la calle, que conocen de qué va el percal, pero que jamás apretaron, y no apretarían, el gatillo -¡Corazón de Jesús bendito, qué enormidad!.

Vascos que amparan a otros vascos de los del primer grupo y que les regalan sus silencios, su cobijo -y no por miedo -, Vascos ciegos, sordos, mudos, cuando la autoridad les pregunta por la jeta de un colega de parranda o de uno que vivía pared con pared, hasta que cogió el tole con ocasión de aviar a tiros a un paisano. Vascos que tienen parientes, vecinos, conocidos metidos -basta el pescuezo en el lodazal de los peores crímenes y que se callan como putas — sí, señores, acaban de oír una monstruosidad que a mí me enternece, la de delatar a un familiar, a un amigo, a un conocido, que hay lazos y compromisos más fuertes que los de la sangre y el alterne.

A estos vascos, los peores, los únicos que no merecen el respeto de nadie, los que no aprietan el gatillo pero se regodean cuando escuchan la atroz cantinela de las armas, va el desprecio de servidor.

A cuenta de estas consideraciones, y por buscar un asueto a tanta parafernalia, les someto a un juego diabólico, pero de salón, el de que ustedes coloquen, a su leal saber y entender, y dentro de cada uno de los tres colectivos vascos citados, a los distintos personajes y organizaciones que ven a diario en los periódicos, desde vistosos miembros de las buenas familias peneuvistas, que sólo a partir de la escalada en Lemóniz se han puesto pero que muy nerviosos, ya que quizá rematen trocando sus confortables quintas de recreo por chozos de pastores, y podrá vérseles arreando en abarcas un buey o un grupillo de cabras, hasta las negras formaciones batasuneras, que avanzan por las calzadas pringándolas con las boñigas de su aquiescencia.

(*) El autor dedica estas lineas a cuantos le atribuyen un particular desafecto a la ultraderecha española.

19-mayo-82./Diario 16

 

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