ETA, sin santuario     
 
 Diario 16.    10/01/1979.  Página: 4. Páginas: 1. Párrafos: 5. 

ETA, sin santuario

El repentino cambio de rumbo de un Marcelino Oreja que, sin demasiado que hacer en Etiopía, se ve súbitamente obligado a pasar por París, pone dramáticamente de relieve la evaluación que el Gobierno de Madrid hace en estos momentos de la actitud francesa con respecto al tema del terrorismo vasco. Oreja llega hoy a París para, recordar al Gobierno francés, de parte y en nombre del Gobierno español, las promesas y certidumbres de las autoridades galas más caracterizadas y altas, asegurando el levantamiento de esa graciosa inmunidad que hasta ahora, pese a ciertos matices, continúan dispensando a los asesinos de ETA.

En el curso de los últimos meses el tema ha tenido alternancias diversas. Nadie hoy, sin embargo, puede afirmar que Francia siga siendo el «santuario» de las bandas armadas etarras que en otros momentos fue. Pero entre sutilezas administrativas, ignorancias benévolas y atenuadas culpabilidades, el hecho es que una buena parte del aparato logístico y político de lo que hoy constituye esa hidra llamada ETA se sigue encontrando en territorio francés y que a numerosos etarras se les mantiene la carta de refugiados políticos y se les permite residir en los departamentos fronteros con España. Como en territorio francés se sigue encontrando, al amparo de una peculiar comprensión de lo que son las leyes del asilo, esa fantochada no por patética menos delirante encarnada en el llamado Gobierno vasco en el exilio. ¿Sería imaginable que las leyes españolas ampararan el asilo en nuestro suelo de un Gobierno de Bretaña en el exilio?

Las relaciones hispano-francesas no pueden circunscribirse exclusivamente al tema de ia cooperación en la lucha antiterrorista, pero ni el Gobierno español puede pasar por alto ni el francés olvidar que ese tema, el exterminio de ETA, es cuestión hoy altamente prioritaria para los intereses de los dos países y de su futuro y satisfactorio entendimiento. Una cierta y malsana poesía, herencia de otros tiempos y de otras circunstancias, rodea en Francia al terrorismo vasco de un halo todavía generoso y valiente. Y no son pocos los franceses responsables que aún ahora parecen pensar que si el País Vasco muestra altos índices de abstención en un referéndum, p que si no son los mismos vascos los que acaban con el terrorismo, algo debe fallar en el planteamiento político global para que los vascos sigan mostrando un cierto grado de insatisfacción. Halo heroico, valentía, dureza..., extremos que todavía se aducen para justificar una actitud benevolente, un suave y cómplice guiño.

Francia no puede contentarse con la contemplación pasiva de lo que pueda ocurrir al sur de los Pirineos ni olvidar que muchas proximidades nos hacen mutuamente responsables de (as dialécticas de los puños y de las pistolas que aquí o allí circunstancialmente pudieran reverdecer. Pero tampoco quisiéramos que estas líneas, inspiradas en urgencias dramáticas y ciertamente nada banales, pudieran ser interpretadas como un deseo de poner toda la carga de la prueba en amigos y vecinos.

Necesitamos, y es una necesidad ultrapirenaica, que Francia deje radicalmente de prestar abrigo a la ETA, sus encubridores, sus asesinos y sus corifeos. Necesitamos al mismo tiempo que la acción policial propia alcance el grado de eficacia que parecía haber adquirido hace todavía pocas semanas. Porque no nos engañemos: en nosotros mismos debemos encontrar la fortaleza necesaria para aniquilar este regalo envenenado que puede acabar con la razón de nuestra libertad y de nuestra convivencia. Pero esa fortaleza necesita una efectiva ayuda de los que dicen ser nuestros amigos.

 

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